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Necrológica

Muere la diva imbatible

La cantante de ópera Edita Gruberová. | EFE/ULI DECK

Edita Gruberová, la «diosa de la coloratura» y mucho más, falleció el lunes en Zúrich, donde vivía. Había dejado los escenarios en 2019, tras una carrera de medio siglo plagada de éxitos y acontecimientos. Eslovaca de 1946, debutó en 1968 en Bratislava, su ciudad natal, como Rosina en El barbero de Sevilla. Pronto llegarían sus roles emblemáticos, la Reina de la noche de La flauta mágica, Zerbinetta de Ariadne auf Naxos, o los grandes personajes de Bellini y Donizetti. Con su muerte, el mundo de la lírica pierde a uno de sus más admirados mitos. Profesional, trabajadora, dotada de una técnica perfecta, querida, admirada y respetada por todos, su carrera estuvo marcada por la máxima exigencia profesional y artística.

«Antes, cuando era más joven me preocupaba por la técnica y pensaba poco en el personaje. La técnica ya la tengo, ya va conmigo, empecé a despreocuparme de ella cuando ya llevaba quince años de carrera. Desde entonces, solo me intereso por la música y por trasladar mi emoción al público», dijo en 2001, cuando ya era una diva admirada por todos. «Mujer dulce, de cara redonda y risa fácil», al decir de Jesús Ruiz Mantilla, era imbatible en los registros agudos y sobreagudos, en los que su voz se movía con facilidad pirotécnica, sin perder nunca el color ni el timbre. Menos, la afinación.

Pero detrás de esta asombrosa perfección, de su capacidad para moverse con aérea ligereza en los más agudos registros, se encontraba el gobierno de una inmensa artista; de una inteligencia musical forjada con el conocimiento y el rigor, algo que le permitía adentrarse con hondura y referencias en los grandes personajes de raigambre histórica. Aportó empaque, humanidad y grandiosidad vocal a personajes como Maria Stuardo, Anna Bolena, Elvira, Lucrezia Borgia, Elisabetta o Julieta, y fue ideal intérprete de papeles tan diversos como Konstanze, Donna Anna, Amina, Norma, Gilda, Violetta, Manon o Adele. Apenas explotó su poco conocida vis cómica, que volcó en representaciones inolvidables de La fille du régiment, tanto en Zúrich como en Barcelona y Niza, bajo la dirección escénica de Giancarlo del Monaco.

Cantó y grabó con los grandes directores de su tiempo, desde Karajan, con el que trabajó en Don Carlo en el Festival de Salzburgo, o Karl Böhm -legendario es el vídeo de su grabación muniquesa de Konstanze de El rapto en el serrallo-, a Sawallisch, Muti (Don Giovanni en La Scala), Sinopoli (celestial Cuarta de Mahler) o Riccardo Chailly, con el que encarnó a Gilda en la famosa filmación de Rigoletto, firmada en 1983 por Jean Pierre Ponelle, con Ingvar Wixell y Pavarotti. Referencial es también la grabación de Lucia de Lammermoore, registrada en Londres, en mayo de 1983, junto a un Alfredo Kraus que siempre empatizó con la diva eslovaca, con la que comulgaba en el rigor, virtuosismo y perfección técnica de sus interpretaciones belcantistas.

El tenor Ismael Jordi, que estos días ensaya Doña Francisquita en el Palau de les Arts, no ocultaba después de enterarse de su muerte, la consternación por la desaparición de una «compañera» con la que compartió cartel en Dresde y Múnich, en dos títulos donizettianos tan emblemáticos como Lucia de Lammermoor y Lucrezia Borgia: «En Dresde cantamos Lucia. Fue muy gracioso, porque cuando ella terminó la escena de la locura, hubo más de diez minutos de aplausos. A mí me quedaba aún el último acto. Cuando nos cruzamos en el escenario después de interrumpirse casi la función por los aplausos y vítores, me dijo, guiñándome un ojo: ‘Anda, guapo, ahora te toca a ti’».

«Era una antidiva y una profesional como la copa de un pino», recuerda el tenor jerezano: «La primera en llegar al teatro, para vocalizar con tiempo entre función y función, siempre estaba allí, estudiando, trabajando. Me sorprendía que, pudiendo estar ya de vuelta de todo, fuese siempre la primera: estudiando, vocalizando, perfeccionándose». ¿Y eso que se decía de que era «una gran técnica, pero fría en el escenario»? Ismael Jordi contesta categórico: «Es lo de siempre cuando un cantante es muy técnico. La misma tontería que pasaba con Kraus».

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