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Lorenzo Silva

Lorenzo Silva: "El actual rey sabe que debe servicio al reino y ejemplaridad. El anterior no lo tenía tan claro"

«Si Castilla hubiera mandado en España ahora veríamos ahí los centros de poder. La influencia de catalanes y vascos se ha notado mucho más»

El escritor Lorenzo Silva en el salón de plenos del Ateneo Mercantil de València, donde el jueves recibió el Premio de las Letras. | GERMÁN CABALLERO

El Ateneo Mercantil de València reconoció el pasado jueves al escritor Lorenzo Silva con su Premio de las Letras. Un rato antes, conversó con Levante-EMV sobre las futuras aventuras de Bevilacqua y Chamorro -solo adelantó que se desarrollarán en dos lugares, «uno en el que he estado varias veces y en otro en el que no he estado nunca»-, y sobre ‘Castellano’, una mezcla de relato histórico, análisis identitario y viaje personal que Silva ha publicado este año y que cuenta la brutal represión de Carlos V contra los comuneros hace ahora 500 años.

¿Existe la identidad castellana o la de cualquier otro sitio?

La identidad es un concepto personal, el problema es que hemos dejado que cuatro listos lo colectivicen en su beneficio. Rara vez encuentra uno una identidad pura y yo, si la encuentro, me produce escalofrío. En el caso de Castilla, no creo en la identidad como una seña colectiva porque me parece totalitario, pero sí creo en un cierto carácter de Castilla que tenemos todos los que participamos de su cultura y que viene dado por su historia. ¿Cómo no va a dejar algo de carácter una existencia histórica forjada en la frontera, en la dureza climática y en el combate? En este libro he buscado más una reivindicación de la identidad poética que de la identidad política. Quizá el favor que nos ha hecho la Historia a los castellanos ha sido deshacer la nación castellana, que está troceada en cinco o seis comunidades autónomas.

¿España es demasiado castellana o demasiado poco?

Si Castilla ha mandado en España en estos 500 años, se ha notado poco. El imperio lo dirigió una corte en la que había espabilados y pícaros de todo origen y condición. Si Castilla hubiera mandado en España ahora veríamos en Zamora o Ávila los polígonos industriales y la renta per capita disparada y la población apiñada en los grandes centros de poder. En cambio, uno va a Castilla y, a excepción de Madrid, que es la Corte, lo que ve son ciudades que han ido a menos. Históricamente se ha notado mucho más la influencia de la burguesía catalana o vasca, no solo en la toma de decisiones sino en el reparto de recursos.

Pero todas las regiones se quejan del reparto de recursos. ¿Dónde está el fallo?

En que se ha construido un Estado con un núcleo central de poder que ha estado muy pendiente de las reclamaciones de las élites dirigentes de muchos territorios. Tengo la sensación de que se ha invertido mucho en satisfacer a las élites caciquiles de cualquier territorio y muy poco en la cohesión y la solidaridad territorial y en la construcción de un espíritu común.

Ha nombrado a caciques y pícaros, dos figuras constantes en la historia política española.

Caciques y pícaros siempre se han retroalimentado. Con retribuir bien a media docena de pícaros, el cacique queda exento de contribuir al bien común. En su obra sobre el caciquismo, Joaquín Costa ya decía que esa es la constitución natural de España, pero yo me niego a aceptarlo, deberíamos de ser capaces de rebelarnos contra eso.

Se quejaba en otra entrevista de que en Cataluña se hubieran celebrado más los 500 años de una revuelta como la de las Comunidades de lo que se ha hecho en Castilla. Aquí se cumplen 500 años de las Germanías y tampoco hay mucha celebración.

Quizá porque tanto el levantamiento de las Germanías como el de las Comunidades acaban en derrotas, que no son muy celebrables. Son, además, episodios supercomplejos, en los que hay puntos muy oscuros. Pero también son acontecimientos que han conformado el tejido social de Castilla y de València y fueron la manifestación de cierta idea de buen gobierno en la medida en la que Carlos V faltó a él. Valencianos y castellanos le afean a Carlos V su poder arbitrario y sus decisiones en contra del interés del reino. Esa idea, la de la interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos, después la estampan los políticos liberales y está en el republicanismo español hasta llegar a la Constitución del 78.

¿Cómo se traslada a la España del siglo XXI esa idea de que vasallaje y libertad no pueden ir juntos?

Las Comunidades reconocían la monarquía pero no querían estar sometidas a su arbitrio. Y esa diferenciación entre tener un monarca y ser un vasallo es la que se traduce en nuestra actual monarquía constitucional. Tenemos un monarca pero no le debemos lealtad. Es él el que debe ejemplaridad y servicio al reino para merecer la jefatura del Estado. Es algo que el actual titular de la institución no pierde ocasión de recordar pero que probablemente el anterior titular no lo tenía tan claro.

¿Imagina cómo hubiera sido España si comuneros y «agermanats» hubieran ganado?

No lo tengo claro, pero sí sé qué pudo pasar. El cardenal Adriano de Utrech, al que Carlos V dejó como virrey, le advirtió de que la rebelión en Castilla era tan profunda y los errores políticos tan graves, que corrían el riesgo de perder Castilla y comprometer todo el imperio. Quizá así los reinos españoles hubieran seguido otro camino al del Norte de Europa, Aragón hubiera continuado su expansión por el Mediterráneo y Castilla hubiera mantenido su área de expansión y riqueza en América. Parece un futuro más prometedor que dilapidar todo el oro de América en guerras de religión en Alemania.

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