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MÚSICA CRÍTICA

Gustav es Gustavo

Gustavo Gimeno.

«Ha entrado publicidad, ajústate a 750 palabras. Tú puedes». Las palabras del jefe ponen en brete al crítico. ¿Cómo contar la eternidad en 750 palabras? ¿Cómo explicar en tan rácano espacio que el jueves Gustav se transfiguró en su tocayo Gustavo?, fusionados en una Tercera de Mahler que Gimeno hizo suya con el sencillo argumento de seguir al pie de la letra, fervorosamente, cada indicación, matiz y acotación de la inmensa partitura. Mahler quiso, y así lo dejó escrito, volcar el «universo entero» en su más extensa sinfonía. Una universalidad sin fin que Gustav Gimeno, Gustavo Mahler, quiso prolongar hasta la eternidad, con ese calderón imaginariamente sin fin en que se prolongó el acorde último.

Y sí, las 1500 conmovidas, estremecidas personas que abarrotaron el Auditori del Palau de les Arts, anhelamos y sentimos la ilusión de prolongar ese acorde hasta el infinito: que el mundo, crudo y feliz, se hubiera congelado en ese instante eterno y supremo, abismalmente tristanesco. Sin límites de palabras ni nada ajeno a la luminosidad en la que recalaron el austriaco y el valenciano en una noche de laica comunión. La «felicidad celestial y sin fin» de la que cantan y se regocijan los alborozados niños coristas en el quinto movimiento. También la paz serena que, en el cuarto, invoca la mezzosoprano con palabras del Zaratustra de Nietzsche: «Todo placer quiere eternidad, ¡quiere profunda, profunda eternidad!».

No hubo misterio en una versión de poderosa impronta personal. Nueva y novedosa. Gustavo elude cualquier artificiosa originalidad para redescubrir, quizá descubrir, el monumento mahleriano con la clave de la extrema fidelidad. Pronuncia las voluntades de la partitura, y agiganta su lenguaje y consecuencias al límite, quizá hasta donde Gustav no se atrevió 120 años atrás. Milimétricamente leal a la letra, pero sobre todo en comunión anímica con el espíritu que en ella subyace. Extremó algunos tempi y acelerandos hasta acercarlos al paroxismo, y, prodigiosamente, siempre sin jamás romper la lógica natural de la hilvanada partitura que, en su anarquía, tan finamente hila Gustav en sus seis movimientos.

Con gesto elegante y natural, preciso y claro, hizo partícipe de su convicción a una en todos los sentidos muy crecida Orquesta de la Comunitat Valenciana que, digámoslo una vez más, no tiene parangón: ni en España ni en muchos otros lugares. Sonó tan soberbiamente como cuando interpretó esta misma sinfonía con Zubin Mehta, en junio de 2011. Todo fue sobresaliente. Ni una fisura, ni un punto bajo. Más que sobresalientes fueron las intervenciones, todas, del trombón invitado, Jörgen van Rijen. Alguien ha dicho que después del concierto tendría que haber sido «paseado a hombros por toda la Ciutat de Les Arts». No exageraba.

Sobresaliente cum laude también para el trompeta Rubén Marqués, que, además, estuvo genial con la trompa de postillón, en sus lejanos y comprometidos solos interno del tercer movimiento; para el trompa Bernardo Cifre (y con él toda la brillante sección detrás); el oboe de Christopher Bouwman, que cantó y deletreó como los ángeles sus solos coprotagonistas del segundo movimiento (y todos los demás); la flauta encantada de Magdalena Martínez, flautín, la corno inglés… Sobresalientes sin reservas también para los dos espectaculares timbaleros y para la formidable sección de percusión en pleno, tanto como para el concertino Gjorgi Dimcevski, líder de una empastada sección de cuerdas (desde los violines a los contrabajos) de muy primera categoría.

En la definitiva redondez del concierto mucho tuvo que ver la breve pero esencial participación de la gran Violeta Urmana, una de las voces más queridas y frecuentes en el Palau de les Arts y en los mejores escenarios y teatros internacionales. Mahleriana de raigambre y esencias, dijo, expresó y cantó desde su vocalidad de mezzosoprano los poemas del Zaratustra y de Des Knaben Wunderhorn con esa convicción y hondura tan propia de quien ha sido y es una de las artistas más auténticas y genuinas de la escena internacional.

Diez sin reservas ni peros a la sección de féminas del Cor de la Generalitat, a las que, músicas aparte, sí podría pedírseles un poquito de quietud cuando no cantan. Precisamente la que, sorprendentemente, sí lucieron los disciplinados niños cantores de la Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats, que entonaron el célebre Bim Bam! del penúltimo movimiento con la misma alegría, afinación y brillantez que invocaron la «felicidad celestial sin fin» de la que el jueves nos hablaron Gustavo y Gustav. Esta Tercera de uno y otro sigue y seguirá vivo, hasta siempre, en la memoria emotiva y el oído afectivo de las 1.700 personas que, a ambos lados del escenario, escuchando o interpretando, compartimos la ilusión de la eternidad. 753 palabras. Sobran tres. ¡Casi pude!

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