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Opinión

Tiempo al tiempo

No hace demasiado, el domingo era ese día donde resultaba imposible comprar otra cosa diferente a un periódico o a una barra de pan. Incluso poner gasolina era una aventura en mitad del desierto del comercio dominical. Era ese descanso merecido para el pequeño comercio, y también para el no tan pequeño pero que imitaba comportamientos tan acordados socialmente. De lunes a viernes, hacia la mitad de la tarde el ruido de las persianas contra el suelo recordaba que era ya momento de recogerse, de irse a casa a cenar y a dormir. Existían pocos canales y programas de televisión, los contestadores eran las madres y en las citas la gente aparecía o no, pero nunca se sabía cuánto le faltaba para llegar hasta que llegaba. Cuesta reconocernos ahora en ese mundo. Somos la generación de inmigrantes digitales y de maduros analógicos los que hoy sentimos cierta melancolía comparativa de un pasado donde la ausencia de lo digital hacía que todo fuera más «auténtico», como si no lo fuera ahora esta realidad tecnológica para quienes solo han conocido esta circunstancia, los nativos digitales. Nos cuesta reconocernos que hemos cambiado y que el ritmo al que va todo ya hace tiempo que se nos escapó. Y esa falta de reflejos nos aboca en la empresa y en el comercio a desear que aún sobreviva un presente estable, como un niño que cierra los ojos y a fuerza de repetirse algo acaba creyéndose una circunstancia imposible; nos lleva a empeñarnos en mantener argumentos que en el fondo sabemos que ya no son aplicables a esta vida distinta.

Basta con viajar a otro lugar del mundo, cualquiera, para percatarse de algunas cosas que ocurren allí y que muchas veces no son tan distintas que las que ocurren en nuestro aquí más cercano. Pero esos ojos que, para captar cada instante, tenemos tan abiertos en un viaje, nos llevan a detenernos en los detalles que no vemos con las pupilas habituadas a la luz de nuestro día a día, y que ahora se nos alborotan mientras nos imaginamos cómo es vivir en otro sitio al espiar a personas en su hábitat. Una de las cosas más diferenciales de cualquier país o ciudad, algo que todos observamos y que nos da material para eternas tertulias, cenas y cafés, es su ritmo. El estrés de algunos, la tranquilidad de otros, el tiempo invertido en el transporte público para la mayoría, o cómo la ausencia de tiempo para muchos acaba dando vida a una generación de soluciones destinadas a proporcionar al consumidor respuestas a su ritmo cambiante. Se tangibiliza en más comidas preparadas, en posibilidades de pago por internet, en productos nuevos que dan soluciones portátiles y en otros «háztelo tú mismo» que sustituyen a servicios menos autónomos. También en pedidos a domicilio, en horarios de apertura más amplios, y en ausencia de esos domingos de fútbol y siesta, pues ese es ahora el día en el que muchos de esos consumidores encuentran la libertad anhelada para poder hacer compras sin agobios. Soluciones lógicas para un ritmo cambiante, acabamos conviniendo. Un ritmo que, por mucho que nos pese a veces, no es propio solo de otros lugares, sino que es una realidad que ya estamos viviendo, en nuestras carnes de ciudadanos, de consumidores? y también en la de empresarios dirigidos a esos ciudadanos y consumidores.

Ante estos cambios que hacen temblar nuestra estabilidad como empresa, surgen competidores laterales que satisfacen la misma necesidad que cubrimos en nuestro consumidor, y también otros que miran a esos cambios y deciden actuar saliendo de su zona de confort empresarial para acercarse a la zona donde camina su cliente del mañana. Una situación que solo nos deja dos posibles respuestas: aferrarnos a la idea de una estabilidad destruida, o tratar de cambiar con el cambio. La obcecación en la primera se desmonta rápido en un ejercicio de autocrítica y de análisis del consumidor. Pero, sin embargo, la apuesta por la segunda recibe zancadillas e incomprensiones por los colegas del sector, aferrados a la calculadora para querer perpetuar una idea que fue válida alguna vez. En ese tiempo en el que podíamos esperar a que apareciera la persona con la que habíamos quedado hasta que hartos y no antes buscábamos una cabina de teléfono; en ese tiempo en el que se fichaba en la salida; en ese tiempo en el que en un domingo se acumulaba más horas de sueño que de vigilia; en ese en el que como consumidores podíamos esperar, porque ni teníamos prisa ni posibilidad de elección. En ese tiempo que ya quedó atrás. Tiempo al tiempo para quienes aún no lo aceptan.

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