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Segundas oportunidades

Fin de la aventura. Y con ella, el regreso a la monotonía, a las obligaciones. A la temida, casi aburrida y abrumadora realidad. Pocos días llevan asociados tantos sentimientos como el 31 de agosto de cada año. Es el momento exacto en que el calendario social marca el fin de una etapa y el inicio de otra, una sensación heredada con la que crecemos y maduramos, y que perpetuamos aún en los tiempos donde ya tenemos nuevas necesidades y circunstancias como compañeras de viaje. Septiembre es el mes en que regresamos a la dinámica que nos acompaña durante 11 meses, esa en la que parar y huir más de una semana, bien sea del trabajo o de los estudios, es harto complicado para la inmensa mayoría. Siguen las altas temperaturas pero miramos de reojo a las bolsas que guardan la ropa de invierno, casi deseando que ahora que ya estamos en la siguiente etapa del año, la última, el sol se marche a otra parte, allá donde no podamos verlo ni recordar sus bondades. Septiembre es el mes en que nos percatamos inevitablemente de muchas cosas. Que hemos ganado unos kilos de más y gastado dinero de más. Que de todo lo que nos proponíamos el 1 de enero aún nos queda realmente mucho por hacer.

Regresamos de un paréntesis y nuestra faceta de consumo llega marcada por dos aspectos clave a la vuelta del verano -la época del año que acaba en realidad cuando se acaban nuestras posibilidades de disfrutarlo-. Ese primer condicionante es el económico. Es el mes en que somos más conscientes, casi a la par que enero, de cuál es el estado de nuestra cuenta bancaria, y sacamos la calculadora para empezar a sumar nuevos gastos, los que van de la mano del regreso a esa vida «normal». El otro aspecto que nos empuja fuera de nuestra comodidad es la frustración. Porque el paso del tiempo, de dos tercios del año, se nos abalanza con dureza, de golpe. Una sensación negativa que, por barrios, se convierte y transforma en energía para ser capaces de dar el último sprint en la dirección de nuestros retos antes de que llegue el inexorable examen de fin de año.

Es un mes de movimiento en el consumo con la economía y la frustración como elementos imprescindibles del cóctel. Por eso, premiamos y estamos más receptivos a esas empresas y marcas que ante nuestros apuros económicos responden con empatía, ya sea fingida o sentida. Y nos entienden, nos apoyan, nos escuchan, son capaces de ponerse en nuestra piel y ayudarnos con nuestra segunda particular 'cuesta' del año.

También es el mes donde muchos sectores económicos sacan especial rédito de nuestras frustraciones. Los gimnasios se llenan de gente que ha sido suficientemente valiente de mirarse fijamente al espejo para reconocer en su estómago casi al milímetro cada cóctel y helado de más de las últimas semanas. Es el mes de los cambios de hábito alimentario, de las dietas depurativas, de las tortitas de arroz, de todo lo que lleve algo de verde o empiece por 'bio'. También es el mes de la educación, no solo por el evidente regreso a las aulas, sino por ser la segunda oportunidad de acabar el año con buen sabor de boca en temas de crecimiento personal: libros, cursos, idiomas o nuevos hobbies centran su mirada en nosotros, como queriéndonos hacer recordar todo aquello que queríamos y estamos a punto de dejar escapar. El mercado nos pone la solución a nuestro alcance, de nuevo nos cubre la necesidad que él mismo creó para nosotros, para hacernos más interesantes y distintivos hacia los demás.

Septiembre, un mes para tomar nota y observarnos, conocernos y entendernos. Un mes sin fiestas ni celebraciones, sino que nos lleva de resaca hasta más momentos de ilusionante consumo en el futuro, no dentro de mucho, cuando recuperemos el bolsillo y nos marquemos nuevos retos ilusos que tal vez nunca cumplamos. El mes que nos empuja hacia el final del año con el repetitivo deseo de las segundas oportunidades, tras las primeras que no funcionaron, porque nunca funcionan. Porque todo cambia excepto lo que -tal vez- nunca lo hará, quién sabe si porque así somos, o así nos hacen.

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