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Especialización comercial para aguantar en tiempos de crisis

En pleno auge de precios y con los efectos de la covid aún presentes, el pequeño comercio fía su supervivencia a ofrecer productos que otros no otros no tienen

Especialización comercial para aguantar en tiempos de crisis

Poco tiene que ver la situación económica actual con la que se respiraba hace tan solo tres años. La pandemia de la covid-19 impactó globalmente durante meses en cada eslabón de las cadenas de suministros, dejando una herencia de encarecimiento de materias primas, escasez de contenedores marítimos y un largo etcétera de consecuencias que todavía se sienten hoy. Porque sin aún disiparse, a ellas se ha sumado en los últimos tiempos una subida de la inflación –y con ella de los precios hasta registros no vistos en décadas– acrecentada por la guerra en Ucrania que deja un horizonte plagado de incertidumbre. Mucho más para aquellos pequeños comercios de barrio que, en muchos casos en activo durante décadas, tratan de capear el temporal para evitar bajar definitivamente la persiana. Según los últimos datos anuales oficiales de Pateco, la unidad especializada del Consejo de Cámaras de Comercio de la Comunitat Valenciana, a 1 de enero de 2021 resistían 57.799 locales comerciales con 9 trabajadores asalariados o menos en la autonomía un 2,4 % menos que en la misma fecha de 2019 (59.230), una cifra que previsiblemente ha seguido creciendo en los últimos meses a pesar de las ayudas desplegadas por las instituciones públicas (como los Erte o el soporte para autónomos) para paliarla. Sin embargo, en este horizonte de incertezas que se suma al de una competencia cada vez mayor por la presencia de las gigantes multinacionales en una venta que no hace tanto era de proximidad, el pequeño comercio busca cada vez más encontrar una vía de subsistencia hacia el futuro a través de un producto y servicio especializado y diferenciado del de las grandes superficies. Modelos de resistencia, encarando nuevos retos como el de la digitalización para encontrar nuevos mercados fuera del tradicional, para aguantar en tiempos de gran crisis.

El globo

"No nos vemos haciendo otra cosa. El futuro solo lo veo aquí"

Poco tiene que ver la situación económica actual con la que se respiraba hace tan solo tres años. La pandemia de la covid-19 impactó globalmente durante meses en cada eslabón de las cadenas de suministros, dejando una herencia de encarecimiento de materias primas, escasez de contenedores marítimos y un largo etcétera de consecuencias que todavía se sienten hoy. Porque sin aún disiparse, a ellas se ha sumado en los últimos tiempos una subida de la inflación –y con ella de los precios hasta registros no vistos en décadas– acrecentada por la guerra en Ucrania que deja un horizonte plagado de incertidumbre. Mucho más para aquellos pequeños comercios de barrio que, en muchos casos en activo durante décadas, tratan de capear el temporal para evitar bajar definitivamente la persiana. Según los últimos datos anuales oficiales de Pateco, la unidad especializada del Consejo de Cámaras de Comercio de la Comunitat Valenciana, a 1 de enero de 2021 resistían 57.799 locales comerciales con 9 trabajadores asalariados o menos en la autonomía un 2,4 % menos que en la misma fecha de 2019 (59.230), una cifra que previsiblemente ha seguido creciendo en los últimos meses a pesar de las ayudas desplegadas por las instituciones públicas (como los Erte o el soporte para autónomos) para paliarla. Sin embargo, en este horizonte de incertezas que se suma al de una competencia cada vez mayor por la presencia de las gigantes multinacionales en una venta que no hace tanto era de proximidad, el pequeño comercio busca cada vez más encontrar una vía de subsistencia hacia el futuro a través de un producto y servicio especializado y diferenciado del de las grandes superficies. Modelos de resistencia, encarando nuevos retos como el de la digitalización para encontrar nuevos mercados fuera del tradicional, para aguantar en tiempos de gran crisis.

Cómodos (calzados)

"Sobrevivimos en parte por la bajada del alquiler"


En una zona clásica del comercio de barrio valenciano como el de la Avenida del Oeste, la zapatería Cómodos es uno de esos locales que llegaron más recientemente. Miguel, segundo dueño del establecimiento, explica que llevan «ya siete años». Sin embargo, casi en la mitad, el contexto económico no ha sido favorable primero con la pandemia y, actualmente, con la incertidumbre social y la subida de precios energéticos. Como explica Miguel, ellos han logrado sobrevivir «en parte gracias a la bajada del precio del alquiler». «[La dueña del local] se está portando muy bien, entendiendo que la situación no es igual que la de prepandemia y que está costando mucho volver a unos índices normales», añade. En este sentido, como sintetiza el responsable de este local de la calle Adresadors, vienen «de dos meses de subida en las ventas, pero porque llevamos dos años sin que la gente salga casi a la calle». Durante este tiempo, una de las claves de su subsistencia ha sido como, en muchos otras ramas de actividad del pequeño comercio, la especialización. En su caso, esta se ha dado desde el principio con «un zapato de comodidad, de horma ancha» que, asegura Miguel, les hace no tener «tanta competencia» como en otras zonas de la ciudad, aunque pese a ello las obras en los alrededores del local y el desvío de varias líneas de autobuses, afirma, han limitado su clientela. En la actualidad, el dueño de Cómodos asegura que vende de media «entre 15 y 20 pares al día» y tras el verano cree que «la gente que tenga que comprar seguirá comprando y la gente que tiene cinco zapatos aguantará a que vengan rebajas». De momento, eso sí, «han mantenido los precios» porque aunque los costes por proveedores se incrementen «no podemos avanzar más allá de un punto, sino el público no lo paga».

Alberola

"Si quieres resistir debes dar un servicio diferente"

«Hoy si quieres sobrevivir debes dar un buen servicio, diferente». Quien habla es Alfredo, miembro de la cuarta generación que regenta Alberola, un negocio familiar especializado en lencería situada desde sus comienzos hace casi un siglo –cumplirá 100 años en 2023– en los alrededores del Mercado Central . Con más de la mitad de sus 47 años en el negocio, Alfredo tiene claro que en un momento como el actual no se puede mantener la persiana abierta sin ofrecer una diferenciación, «una especialización y un buen trabajo impulsado en lo que hemos aprendido durante generaciones». En su caso, Alberola se dedica no solo a esta venta de ropa interior que se percibe en cada centímetros de una de sus tiendas –situada en la calle Calabazas– sino también a elaborar, entre otros, «corsés y corpiños de fabricación propia», un «nicho de especialización» necesario, asegura Alfredo, «porque para lo demás ya están las multinacionales». A diferencia de lo que ha sucedido en otros sectores, Alfredo remarca que después de la pandemia las ventas «fueron subiendo» e incluso este verano, en un momento marcado por la inestabilidad, «está siendo bueno», aunque eso no quita que se esté incrementando los costes «en las facturas de la luz». Ello, de momento, no ha repercutido en sus precios, ya que cuando empezó la inflación «nosotros las campañas las habíamos comprado ya y no hemos tenido subida de precios», aunque intuye que esto si repercutirá en la de este año. No obstante, pese a ello, hoy en su horizonte perfila solo una palabra, la «ilusión», la misma con la que mira al futuro a través de una digitalización del negocio que ya está planteando. «Debemos aprovechar toda esta especialidad para no quedarnos solo en València. Intentemos llegar lo más lejos posible», enfatiza.

Droguería central

"Tenemos que subir precios aunque no queramos"


Mucho ha cambiado los alrededores del Mercado Central de València desde que Charo comenzara a trabajar en Droguería Central, uno de esos escasos negocios que ya superan el siglo y medio de existencia. Oficialmente, cuenta, lleva tras el mostrador «desde los 17 años», pero en realidad su experiencia es la de toda una vida en la que ha visto como su tienda se ha quedado como la única que «resiste» en la actualidad a la ‘revolución turística’ en la que se ha convertido la calle de Palafox y sus cercanías. Charo, que ya tiene la sucesión garantizada para su local con sus sobrinos tomando las riendas, asegura que hoy aguanta abierta «por la especialización de mis productos». En su caso la afluencia de clientes, explica la veterana propietaria, varía dependiendo de la jornada porque «hay días que entran 40 personas y otros que son 70 u 80», una realidad actual que asegura que está marcada no solo por el turismo –«que aquí no suele venir», remarca– sino también por las obras y la falta de conexiones con transporte público que se ha dado en la zona en los últimos años. «Eso sí que afecta mucho, pero al final es lo que hay», destaca con resignación Charo. A ello se ha sumado la pandemia –«un palo para todos», enfatiza– que ha podido aguantar «a base de lo que tienes guardado de antes» y una inflación que «nos está matando a todos». «No se pueden mantener los precios, nos sube para todos y no tenemos más narices que subirlos aunque no queramos. No hay otra salida», esgrime. En esta misma línea se pronuncia su sobrino Carlos, quien insiste en que al no poder «competir con los volúmenes de grandes empresas o supermercados», sus productos deben incrementarse aunque «los clientes no se lo tomen bien». «Algunos productos han subido unos céntimos y otros valen casi el doble que hace un año», resalta antes de resumir en una sola palabra cómo ve el futuro: con «incertidumbre» por no saber cuando cambiará este contexto económico.

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