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'Macbeth', de Joel Coen: Shakespeare vuelve a sumar

Una adaptación del cásico a la vez reverente y rebelde, precisa e impulsiva, fría como el acero y ardiente como el infierno, que saca partido a las raíces teatrales de su modelo pero también a todas la posibilidades expresivas que el lenguaje cinematográfico ofrece.

Fotograma de ’Macbeth’, de Joen Coen.

'Macbeth'

Dirección Joen Coen

Intérpretes Denzel Washington, Frances McDormand, Alex Hassell, Corey Hawkins

Estreno 12 de enero de 2022 (en salas de cine limitadas) y 14 de enero de 2022 (en Apple TV+)


Es legítimo cuestionar que una nueva película basada en ’Macbeth’ realmente haga falta a estas alturas, especialmente porque el melodrama más perverso de Shakespeare ya ha generado varias adaptaciones a la pantalla magistrales, entre ellas la dirigida por Orson Welles en 1948 y la que Akira Kurosawa firmó en 1957. Es una película que no admite respuestas fáciles. De cualquier modo es cierto que su protagonista, a quien la ambición conduce al crimen y la locura, tiene pleno sentido si se la considera en el grueso de la filmografía que Joel Coen ha contruido a medias con su hermano Ethan -esta es la primera ficción que firma en solitario-, repleta de conspiradores maquiavélicos que quedan atrapados en sus propias obsesiones y cuyos planes siempre acaban fracasando de forma apocalíptica.

Entre todas las decisiones creativas tomadas por el director, quizá la más llamativa sea la de haber situado al noble y a su esposa cerca de la vejez. La edad dota su afán de poder de urgencia -la pareja tiene la sensación de haber sido reiteradamente menospreciada y de que esta es su última oportunidad de obtener lo que merecen, y su desesperación es el principal nutriente del relato-, pero a cambio priva a la película de la lujuria asesina por el trono que ambos exhiben en el texto original, y que rima con la sienten el uno por el otro. Pese a ello Denzel Washington apabulla en el centro de la historia mientras sumerge al personaje titular en un torrente de sentimientos en conflicto, de la determinación a la furia al fatalismo, y logra pronunciar los diálogos de Shakespeare de forma increíblemente orgánica, como si acabaran de ser creados en la mente de su personaje en lugar de llevar siglos impresos con letras de oro en la historia de la literatura.  

Fotograma de 'Macbeth', de Joen Coen

Ese mismo tipo de energía es lo que da fuelle a la película en su conjunto. Coen la hace avanzar briosa, evitando divagaciones y manteniéndola pegada a la esencia de la historia, respetando sus momentos y soliloquios más icónicos pero ignorando sin reparos pasajes completos de la obra original, y haciendo saltar chispas dramáticas a través del contraste: es a la vez reverente y rebelde, precisa e impulsiva, fría como el acero y ardiente como el infierno, y saca partido a las raíces teatrales de su modelo pero también, al mismo tiempo, a todas la posibilidades expresivas que el lenguaje cinematográfico ofrece.

En ese sentido cabe destacar la estética magníficamente sombría y suntuosamente árida de ‘Macbeth’, vehiculada a través de una fotografía en blanco y negro y unas composiciones de simetría exquisitamente cruda que evocan tanto los presupuestos del expresionismo alemán como la citada película de Welles, que de hecho también bebía de esa misma fuente. Coen sitúa su narración en un espacio de minimalismo impresionista formado por arquitectura brutalista, y niebla constante, y sombras tan afiladas que pinchan, y rumores de curvos cuyos graznidos anuncian la catástrofe. Cada imagen y cada sonido comunican tormento psicológico, pero por otra parte eso no impide que, por momentos, las palabras de Shakespeare estén a punto de funcionar solo como un andamiaje para las deslumbrantes virguerías formales, y que la película corra el riesgo de convertirse en un mero ejercicio de estilo. En todo caso, menudo estilo.

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