El Comtat: A pie de Benilloba a Millena
Entre Alcoi y Alacant discurre un mundo de almendros y humo, de nieve y tierra calcinada, de pueblos muy pequeños vueltos sobre sí mismos.

Castell de Penella. | L-EMV / POR EMILI PIERA
Emili Piera
Al abandonar la autovía no solo dejas atrás el mundo de los cagaprisas, entras en otra dimensión. Crecen, robustos y saludables, los pinos en los primeros kilómetros de la carretera de Benilloba, y a la altura de la venta Nadal ponemos pie a tierra para disfrutar de las vistas que preside el castillo de Penella, espectacular masía fortificada, cristiana pese a las apariencias. Algo de nieve se acumula en el regato junto a la carretera, pero el frío no ha podido con los narcisos que se plantan amarillos al sol. Cuelgan del techo de la venta los pimientos secos imprescindibles para la pericana.
Benilloba es el pueblo más grande de los tres del recorrido, y hasta incluye entre sus laureles el haber rechazado una incursión del rey castellano en el siglo XIV. Es domingo y hay misa en el templo parroquial, de oro y rosa, como el maqueo de los toreros sin complejos: aquí se venera a San Joaquín con el apelativo cariñoso de Sant Txotxim (La vinya de Sant Txotxim/ mirava jo de reüll/ calculant quant de raïm/ cabria dins d’aquell trull). Dicen que el casino prepara una deliciosa pilota de dacsa, pero esta vez no va a poder ser, ya hemos reservado mesa. La Benilloba morisca tuvo más o menos el mismo número de fuegos que la cristiana. Entre el caserío, algunas casonas de trapío con voladizos de fantasía. Un cartel anuncia conferencia y libro sobre Camot (Acabarem com Camot!), famoso bandolero ajusticiado en la Governació de Xàtiva.

Molí del Salt en Benilloba. | L-EMV / POR EMILI PIERA
También era de Benilloba el miliciano que cae herido de muerte en la archifamosa foto de Robert Capa, disparada al principio de la lucha contra el golpe fascista. Se apodaba Taino.
Entre Alcoi (o Concentaina) y Alacant (o Benidorm) discurre un mundo de almendrales y humo, de nieve y tierra calcinada, de pueblos muy pequeños vueltos sobre sí mismos
Salimos hacia Gorga entre cielos de turquesa que solo se alteran con las nubes enredadas en el pico Aitana. Cambio de valle, pero no de paisaje. Los árboles desnudos se cubren de musgo dorado. Pocos pueblos tendrán tantos retablos devocionales en cerámica como Gorga, y salen todos los seres celestiales, de la Mare de Déu de Gràcia, a Santa Anna, pasando por la Santísima Trinidad, que siempre tiene algo de teorema. Un paisano nos cuenta que la hermosa casa azul que ha llamado nuestra atención no está restaurada, como parece, sino de nueva planta: es para su hijo. Pasamos del valle de Seta al de Travadell, y aunque tengo acumulados muchos kilómetros en las plantas de mis pies, nunca había estado en Millena, un pueblecito encantador, descubierto por una docena de británicos que se han establecido allí. Junto a la iglesia, un olmo que resistió a la grafiosis: muchas otras cosas debe de haber aguantado en los más de mil años de vida que le atribuyen. Aquí, como en Planes, se celebra (en julio) la plantà del xop, un ritual fálico que no han podido enmascarar siglos de hisopazos. Y tiene un aceite ecológico muy premiado. La almazara está impregnada de los aromas del bálsamo sagrado.
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