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Tierra de juegos: el hermoso trabajo de ser Ibi

Con un mantenido centro histórico, la Plaça de la Palla o el Mercat son pequeñas joyas para disfrutar

El entorno de Ibi. | L-EMV

El entorno de Ibi. | L-EMV

Cuando oyes la palabra Ibi piensas en industria (Payà, Famosa, los juguetes y el museo que tienen dedicado, ahora en obras) y por eso recorremos el viejo distrito industrial, separado del pueblo, como debe ser, que tiene bajas las constantes vitales. Sólo después de ir hacia Onil vemos que hay nuevos polígonos con otras pujanzas y nuevas crisis. Como dice Josep Sorribes, «la joguina és, al cap i a la fi, una qüestió de matriceria del metall o del plàstic, el que calia era aplicar aquest know how a un fum de productes». Ibi duplicó su población en los sesenta: heladeros, hojalateros, jugueteros, ebanistas o metalúrgicos, tanto da. Muchos acentos del sur. Hay tantas sociedades culturales y deportivas como festeras. La disciplina industrial.

Aventura en Ibi. | L-EMV

Aventura en Ibi. | L-EMV POR EMILI PIERRA

Lo imprevisto son las tiendas cercanas al Carrer Major con ropa de excelente factura. O el bien mantenido casco antiguo con calles que trepan. O La estupenda Plaça de la Palla y el Mercado Central, premio de excelencia: por fuera es de una banalidad atroz, pero tiene un interior de arcos de madera, cálido y limpio, la cándida matriz menestral de las salazones en muestrario panorámico, los mil embutidos (compramos morcó indígena y morcilla dulce andaluza), la tienda de flores, los dos bares y el puesto de comidas preparadas, las pescaderías pulcras y bien aliñadas, todo transmite tino y buen gusto.

La ermita de Ibi. | L-EMV

La ermita de Ibi. | L-EMV POR EMILI PIERRA

Como nuestro país es más mariano que cristiano, la Geperudeta ha desplazado a la Transfiguración del monte Tabor. La iglesia es un poco francesa con una lujosa columnata y unas cúpulas altas y de impecable dibujo. Barroco razonante. Trepamos a Santa Llúcia y después a Sant Miquel, mucho más interesante. Junto al barrio de chalets y unifamiliares, un espacio urbanizado y vacío, una trama de sueños con farolas y viales. El delirio del ladrillo y su lógica de manicomio. Mansiones alpinas estilo Heidi en Ibi. Respiro hondo. El pinar corona esta colina orientada hacia el suroeste, de donde vino la lluvia. Musgo como terciopelo. El capitán de arcángeles que señorea la ermita ha impuesto la paz y pasan por el cielo blancas ganaderías con una estrella azul en la testuz.

Frente al mismo ayuntamiento (no tiene pérdida) sale una carretera (CV- 802) que, por el piedemonte, lleva a la Font Roja y, por otro ramal, a Onil. Es el viejo camino y por él desfilan, como en cinematógrafo, las estallantes aliagas en amarillo cromo, el violeta modernista de las diminutas orquídeas del romero, los almendros con la verde crestería de sus diminutas hojas nuevas, plantadas como escamas, los ciruelos en flor, el olivo circunspecto.

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