02 de octubre de 2010
02.10.2010

Por qué nuestra desafección

Alejandro Mañes

02.10.2010 | 07:30

Hoy, con una situación financiera delicada en nuestras arcas autonómicas y municipales, y con mayor dificultad para acceder a las exiguas del Estado, y con cerca de uno de cada cuatro de los puestos de trabajo, de nuestra sociedad, en paro, hay que recuperar la capacidad de promover iniciativas, que, en un pasado reciente, alentaron la recuperación de un país, que una guerra de símbolos se llevó por delante, recuperando los ideales de quienes las promovieron en lugar de consolidar las posiciones de quienes la propiciaron. Hace ya unos años, con motivo del libro publicado por Rafael Navarro, «Los nuevos burgueses valencianos», abordé el tema, cuestionando la propia condición, de burgueses y/o valencianos de algunos de ellos, haciéndome eco de la provocativa reflexión literaria que un grupo de notables valencianistas, Arnal, Bayarri, Dolç, Jardí, Mollà y Piera, acababan de publicar «Nosaltres, ex valencians».
Pasado un cierto tiempo de aquellos hechos —y quizás ahora mejor que nunca, con motivo de otro 9 d´Octubre— cabe volver a repensar el tema. Analizar la curiosa evolución del electorado progresista valenciano —aquello que fue y hoy no se encuentra— y sobre la misteriosa desaparición de aquella burguesía valenciana, con la que se compartían criterios democráticos, que llegaron a fructificar en iniciativas ciudadanas conjuntas, como, el Diario de Valencia, La Marina, Noticias al día, o Valencia-Semanal, por citar algunas de ellas.
Dónde quedó aquel empresariado dinámico que alentaba iniciativas financieras, como el Banco de la Exportación, Promobanc, la Corporación Financiera del País Valenciano, la Corporación Industrial del País Valenciano, y que competía por la concesión de importantes operaciones de infraestructuras, como, por ejemplo, la adjudicación de las obras para la explotación de la autopista del Mediterráneo, hoy AP-7. Dónde, aquella burguesía, que promovía realidades como la de la sociedad cultural Studio S.A. y asistía a las representaciones que esta sociedad llevaba a cabo en sus locales, o, más tarde, en el Teatro Valencia hasta su desaparición.
Y yendo más allá, dónde quedó aquella progresía valenciana que, por entonces, alentaba los estrenos teatrales del grupo Els Joglars, asistía a los recitales de Viglietti, o coreaba las letras de Raimon cuando advertía, «qui perd els origens, perd identitat». Aquella generación de jóvenes, universitarios y no, de la que muchos formamos parte, que nos acercamos hasta Portugal para celebrar su revolución democrática, la de los claveles de abril del 74, y que hoy nos resistimos a admitir una sociedad valenciana cada vez más despersonalizada, menos consecuente y carente de aquellas reivindicaciones que la canción «No és aixó, companys» se adelantó a denunciar.
La respuesta está en el viento, que dijera Dylan, y no sólo es imputable a la actuación más o menos desalentadora de unos políticos conservadores, que poco o nada han hecho para evitar la desafección o desapego de los ciudadanos del compromiso social y la actividad política, sino que va intrínsecamente unida al deterioro en la evolución del conjunto de la sociedad valenciana que, aún recuperada en las décadas de la transición democrática, vuelve a serle de aplicación el término coent que nuestro paisano Eduard Escalente acuñara en «Tres forasters de Madrid», para referirse a la actuación de las clases dirigentes valencianas.

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