15 de diciembre de 2012
15.12.2012

Corrupción municipal

15.12.2012 | 03:07

Jesús León

El pasado día 9 se celebró el día internacional contra la corrupción, sin que haya oído ni leído a ningún partido político comentario alguno a la declaración del Colegio de Secretarios, Interventores y Tesoreros de la Comunitat Valenciana, reclamando volver a depender de la Administración General del Estado, a fin de trabajar con más independencia en las administraciones locales.
Su presidente reclama que el Gobierno mantenga la reforma que había prometido el PP durante la campaña electoral, cuyo objetivo es no depender disciplinariamente de los presidentes de las corporaciones locales (ayuntamientos y diputaciones), puesto que «no tiene sentido que nos pueda sancionar el alcalde porque es la misma persona a la que estamos controlando». «El régimen disciplinario tiene que volver a la Administración estatal», aseguraba Javier Biosca. Como tampoco tiene sentido que les pague el sueldo el propio ayuntamiento al que están fiscalizando, añadía.
Tiene razón el presidente de este Colegio, pues resulta urgente acometer un eficaz control de estas instituciones tan cercanas a la ciudadanía para regenerar la vida pública. Si desde la base de la Administración pública se lleva a cabo un riguroso control de la actividad administrativa de los políticos en el poder, se habrá dado un ejemplo de buen hacer a las demás instituciones de mayor nivel estatal. Si por el contrario, se mantiene la actual subordinación legal de interventores, tesoreros y secretarios a los presidentes de las administraciones municipales, esto es tanto como su neutralización, al menos parcial, lo que es inadmisible. No es cierto que exista peligro de interferencia en la labor política de los alcaldes y presidentes. Esto es una burda excusa. Su labor es estrictamente técnica, no política. Y en caso contrario, para eso está el régimen disciplinario de la Administración General del Estado.
Tan múltiple es la corrupción que padecemos, que es preferible dedicarse a enunciar los instrumentos que deben servir para impedirla que describir, siquiera sea someramente, los reiterados desaguisados de toda índole que salpican la geografía española en general y la valenciana en particular.
¿Alguien puede entender que un interventor sea pagado por el ayuntamiento al que debe fiscalizar, y que pueda ser sancionado por el presidente del ayuntamiento o diputación en la que desarrolla sus servicios y ejerce sus altas facultades? Si la intervención está para controlar las finanzas de los municipios y resulta que actualmente es posible designar libremente al funcionario que ha de controlar este aspecto esencial de la administración, el nombramiento puede recaer y recae en un conocido o incluso amigo del alcalde o del presidente de la diputación. Y si esto es así, ¿puede este funcionario llevar a cabo su labor con eficacia? La respuesta es no. Debe ser absolutamente incompatible. Entonces, ¿por qué el ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, tan diligente él para aplicar amnistías fiscales y recortar salarios y pensiones por doquier, es incapaz de cumplir lo prometido a estos fiscalizadores cualificados de la administración local? Sería una desazón más para la ciudadanía.

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