11 de abril de 2017
11.04.2017

Debate en Princeton

11.04.2017 | 04:15
Debate en Princeton

Tenía ganas de estar en Princeton. El hispanismo norteamericano, y los españoles en general, le deben mucho a esta universidad, que ofreció su hogar a Américo Castro y también, tan relevante para nosotros, a Vicente Llorens, cuyo legado y libros están en nuestra Biblioteca Valenciana. Quería pasearme por su campus, tan histórico que lo usó el mismísimo George Washington como casa presidencial y, a ser posible, habitar por un instante en alguno de los seminarios que a buen seguro acogiera a tan nobles sabios. Por supuesto, hay más huellas de James Stewart o de Michelle Obama, célebres antiguos alumnos, que de estos grandes eruditos. Pero para nosotros es muy emocionante que, gracias a catedráticos como Ángel Loureiro, el estudio de nuestro exilio republicano siga allí tan presente. En realidad, nuestro seminario para doctorandos, que incluía algunas jóvenes exiliadas económicas españoles, versó sobre ese tema, que María Zambrano supo elevar a categoría central de la existencia humana, mucho antes de que su amigo Giorgio Agamben pusiera de moda el concepto de homo sacer, que tanto debe a la española. Sea como sea, la fenomenología que Zambrano llevó a cabo de tipos humanos como el refugiado, el desterrado, el exiliado, y sobre todo el bienaventurado, parece realizada para analizar nuestro presente y los destinos existenciales que en él nos conmueven. Esa reflexión de los españoles exiliados sobre su experiencia sigue siendo un testimonio que ilumina nuestra condición actual. Y Zambrano, al abordarlos desde una filosofía que, tras Nietzsche, asume el imperativo de superar el resentimiento, alcanza niveles de precisión y belleza que superan los testimonios doloridos y desolados de Cernuda.

Hablar de todo ello bajo los arcos estilo Tudor del campus de Princeton fue estimulante, como defender que Zambrano es el fruto más maduro de la llamada Escuela de Madrid. Ella encarna el diálogo filosófico más intenso de la filosofía española con la europea. Ortega era un hombre informado, desde luego, pero Zambrano, siempre ambulante, supo tejer un tapiz dialogo a veces secreto con figuras intelectuales tan dispares como Caillois, Camus, Sartre, Kolnai, Rank, Freud, Lezama Lima, sin olvidar al genial arabista Massignon, el más grande estudioso de la mística islámica, que no puede sino fascinar a los intelectuales del país de Miguel de Molinos y sobre todo al amigo de Zambrano y gran poeta José María Valente.
Pero en realidad, el asunto que nos convocó a Princeton fue una conferencia sobre Populismos, que moderó Loureiro junto con Rachel Price, una vieja amiga de la que recuerdo con admiración algunos trabajos sobre nuestro siglo XVII. Y fue muy interesante comprobar cómo los jóvenes universitarios miran a España, sean o no sea españoles, y todavía siguen interesados por el destino de Podemos. Es comprensible que miren con la más radical indiferencia lo que pueda pasar con el PP o con el PSOE. Por supuesto apenas tienen interés en el mensaje de Cs, que les parece una formación de jóvenes con mentalidad de viejos. Lo único que les interesa es el futuro de Podemos, a pesar de que todos confiesan su decepción en el presente. Es como si no estuviera cerrado el proceso, como si esperaran alguna señal para volver al entusiasmo. Desde luego, sólo así se comprende su actitud. Todos tienen su versión acerca de lo que ha pasado. Esa militancia hermenéutica tan activa y expectante no puede proceder de la indiferencia. Al contrario, tras cada interpretación siempre hay un intento de identificar las condiciones de lo que podría suponer un regreso, el retorno del vínculo.

Frente a este fenómeno, la versión que circula en los profesores de Iberoamérica es muy diferente. Lo confirmamos con Maristela Swampa, una investigadora argentina que acaba de publicar un gran libro titulado Debates latinoamericanos, dedicado a mostrar la evolución del ciclo progresista de los regímenes del hemisferio sur, desde Argentina a Ecuador. Swampa nos confesaba que para la mentalidad latinoamericana ha pasado lo debido. Nadie debe disputar con el líder. Puede estar equivocado, pero no se le discute. Eso es todo. Muy crítica con la izquierda oficial, Swampa no comparte esta actitud, pero la ve natural, dada la tradición caudillista latinoamericana. Los estudiantes de Princeton tienen una idea muy diferente. Iglesias ha forjado un partido convencional y muchos jóvenes me decían que lo más decepcionante para ellos fue haber comprendido que había un discurso para dentro y otro para fuera. Se decía luchar por una correcta política más eficaz, pero en realidad se luchaba por el poder interior, algo que a ellos no parece interesarle mucho.

En realidad, la juventud sólo se vincula a los procesos en los que hay ideas implicadas y por ahora las ideas de Iglesias no se identifican. Pensar lo que se debe hacer, identificarlo, reflexionar con pasión, ayudar a definir el rumbo, todo eso forma parte de la militancia juvenil. Sólo en ese bullicio de las ideas se sienten parte de un proceso y por eso no se enrolan en las propuestas que solo tienen palabras vacías que ofrecer. Para dejar las cosas claras me vi obligado a defender que lo que habíamos visto en Podemos fue una lucha desigual entre una forma nueva de comprender el partido y una forma convencional que lleva por sí sola a la mediocridad y a la carencia de ideas. No se podía considerar bajo ningún concepto que Errejón había sido incoherente al no presentarse a secretario general. Quería un partido con una forma nueva de entender la relación entre el líder y la militancia. Él no quería ser líder convencional, pero quería que nadie lo fuera de esa manera antigua, arcaica y estéril.

Por supuesto, la discusión más intensa fue con Alberto Moreiras. Como hemos hablado mucho de este asunto, es inevitable pasar por alto los acuerdos. Lo más relevante de su propuesta me pareció residir en que obligaba a repensar todas las categorías del populismo desde lo que él llama el anarco-populismo, que abandone toda idea de hegemonía. El centro de nuestras diferencias está, sin embargo, en que el modelo desde el que yo creo que hay que pensar el populismo para sociedades avanzadas y reforzadas institucional no es el pensamiento anárquico sino el pensamiento republicano. Moreiras tiende a pensar que ambos modelos son convergentes. Estamos de acuerdo en que la res publica es un asunto de presente y futuro, mientras que la nación es un asunto cerrado del pasado, como lo muestra el libro de Verstringe. Pero el republicanismo no puede vivir sin algún tipo de sentido de la comunidad, por débil que sea. Y si es así, difícilmente se puede pensar desde el punto de vista anarco y de algún modo ha de abrir el paso a lo común. Todos los conceptos políticos sufrirán declinaciones diferentes tan pronto se someten a campos gravitatorios tan diferentes como estos dos modelos.

En todo caso, no podemos dejar de considerar que el populismo, como teoría acabada, se aleja demasiado de la finalidad sustantiva de todo pensamiento político: limitar tanto como sea posible el dominio del ser humano sobre el ser humano. Por mucho que esta meta pueda coincidir formalmente con la premisa anarquista, en realidad, se elimina todo lo productivo que encierra cuando se plantea al modo tradicional como si el republicanismo fuera el medio, y el anarquismo el fin. Desgraciadamente esto es ingenuo y estéril, como toda filosofía de la historia. Lo decisivo es que sólo con las mejores instituciones posibles se disminuye al máximo la dominación. Y las mejores instituciones posibles son las más abiertas, las de líderes más temporales, más objetivos, menos personalistas, más capaces de definir su posición tras el más amplio debate, de tal modo que sus decisiones sean lo menos pulsionales posibles. Pues el dominio intolerable de un humano sobre otro es siempre una pulsión desnuda. Eso es lo que el portador de la pulsión entiende como poder. En realidad es humo. Combustión de la sangre. Nada real.

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