27 de mayo de 2017
27.05.2017

¿Por qué la violencia machista se llama violencia de género?

27.05.2017 | 04:15
¿Por qué la violencia machista se llama violencia de género?

Para muchos, el término violencia de género pasa por ser una forma de no llamar a las cosas por su nombre, una manera de expresar con suavidad las brutales agresiones machistas. Sin embargo, esta expresión marca un salto cualitativo en la forma de considerar el maltrato que históricamente han recibido las mujeres por el hecho de ser mujeres. Para explicarlo conviene remontarse a la expresión en sí misma que no es más que la traducción de la expresión inglesa «gender-based violence» o «gender violence» y que se refiere a la violencia, tanto física como psicológica, que se ejerce contra las mujeres por razón de su sexo y basada en su supuesta inferioridad biológica frente al varón.

Aun conociendo su procedencia, esta expresión nos resulta extraña porque en español no usamos la palabra género como sinónimo de sexo, al contrario de lo que sucede en el mundo anglosajón. De este modo, para señalar la condición biológica por la que distinguimos a los seres vivos en masculinos y femeninos, empleamos el término sexo. En suma, en nuestra gramática las palabras tienen género (masculino, femenino y neutro) y no sexo, mientras que los seres vivos tienen sexo y no género. Estas consideraciones lingüísticas explicarían el desconcierto con el que fue recibida la expresión violencia de género, que no parecía ser la traducción más adecuada y que solía sustituirse por violencia contra las mujeres, violencia machista o discriminación por razón de sexo.

Sin embargo, la expresión violencia de género fue la que difundieron los medios de comunicación a partir del Congreso sobre la Mujer celebrado en Pekín en 1995 y desde entonces se ha extendido su uso tanto en el ámbito cotidiano como académico. Pero lo realmente importante es que con la expresión «gender violence» se hace referencia al tipo de violencia sistémica que han vivido las mujeres por una situación tradicional patriarcal de sometimiento al varón, que las ha considerado personas de segunda fila, situadas en el mundo doméstico, alejadas del espacio público, sin derechos de ningún tipo. De hecho, en la Antigüedad el varón era considerado el superior natural de la familia que actuaba como un déspota en casa, con poder absoluto sobre su mujer y su familia, sus esclavos y sus animales, y a nadie le importaba lo que hiciese con ellos. Esa convicción que considera la subordinación de la mujer al hombre se aceptó socialmente durante mucho tiempo y todavía perdura en las inercias sexistas contrarias a la igualdad. Ahora bien, con el término violencia de género se hace hincapié en que no se trata sólo de algo que ocurre en el ámbito doméstico o intrafamiliar, entre familiares de un hogar o entre personas que, sin ser familiares, viven bajo el mismo techo. Se incide en que este tipo específico de violencia es una violencia sistémica que perdura en el imaginario social y que en la actualidad se extiende en forma de micro y macromachismos. Por ello no es algo que esté superado o que pertenezca al mundo antiguo y a la Edad Media.

Por desgracia, el maltrato y los asesinatos de mujeres no pertenecen al pasado, a situaciones arcaicas, sino que ocurren también en nuestra época. Y ahí radica el acierto del término violencia de género, que supuso el reconocimiento de los comportamientos violentos contra las mujeres como un fenómeno social sistémico y sistemático que sigue existiendo en el mundo moderno. Cuando la tendencia era pensar que la violencia contra las mujeres era anacrónica y algo esporádico en la sociedad moderna, en la década de los noventa del siglo pasado se enfatizó lo contrario recordando que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 no contemplaba la violencia física, sexual, psicológica y patrimonial del hombre hacia la mujer en la familia, en el trabajo, en las instituciones y en la sociedad en general. Y no fue hasta diciembre de 1993 cuando la Asamblea de Naciones Unidas aprobó la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer. Más tarde, en 1995, en el mencionado Congreso sobre la Mujer de Pekín se defendieron los derechos de las mujeres como derechos humanos y un año después, en 1996, la Organización Mundial de la Salud adoptó la definición de violencia de género o violencia contra las mujeres para desarrollar programas de salud preventivos, dado el aumento de lesiones intencionales que afectaban a mujeres y niñas.

Por primera vez en la historia, el concepto violencia de género planteaba la violencia contra las mujeres como un problema social y de salud pública que pervive aún hoy en el mundo, en mayor o menor medida, tanto en sociedades poco como muy desarrolladas. El solo hecho de considerar el maltrato a las mujeres como una epidemia de salud pública, con las serias consecuencias que a corto y a largo plazo tiene para el desarrollo psicológico y social de las personas y de la sociedad, fue fundamental para plantear bien el problema. Analizar y tomar conciencia de este problema en sus dimensiones reales fue crucial para afrontarlo con eficacia. Y eso es lo que hizo el concepto de violencia de género. Por vez primera, la violencia contra las mujeres dejaba de ser un asunto privado, doméstico o pasional, para ser tratado como un problema de Estado contra el que era necesario luchar mediante medidas legislativas, educativas y asistenciales.

Es evidente que cuando se tiene bien planteado un problema, se tiene ya parte de la solución. Por este motivo, utilizar el concepto de violencia de género es comprender que los crímenes contra las mujeres no son sucesos pasionales, sino un problema de Estado que concierne a toda la sociedad. De esta forma, el concepto de violencia de género supera los conceptos de maltrato, violencia doméstica o violencia familiar. Y, por supuesto, puede utilizarse conjuntamente con el concepto de violencia machista, pero lo fundamental es que la expresión violencia de género nos remite a no escatimar esfuerzos en tratar de enfocar bien el problema de la violencia contra las mujeres, pues solo así podrá atinarse en combatirla y en eliminarla. Y es en ese sentido en el que el término «gender violence» es más un principio esperanzador que un eufemismo.

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