11 de marzo de 2018
11.03.2018

Ante un nuevo orden mundial

11.03.2018 | 13:44
Ante un nuevo orden mundial

Asistimos al final de las tradicionales líneas de fractura política y del modelo de partidos heredado del mundo bipolar de la guerra fría, dando paso a otras nuevas que confrontan globalización y nacionalismo. Mientras sociedad y política están muy disociadas, se descomponen las alianzas políticas tradicionales y la política se vuelve muy volátil. A partir de ahora, hacer política es gestionar la complejidad, el malestar social, fuertes polarizaciones, la incertidumbre, el fin del bipartidismo ante unos escenarios muy fragmentados y una falta de mayorías para gobernar. Y triunfa el perfil del político outsider, en su versión histriónica desde Duterte hasta Trump, y en la no populista desde Trudeau hasta Macron. La no canalización de las demandas ciudadanas mientras se inocula la precarización, la desconexión entre políticos y sociedad, están dando lugar a la emergencia de movilizaciones con liderazgos colectivos, no personalizados, y sectorizados a lo largo y ancho del mundo, que fuerzan cambios legislativos desde la periferia de unas estructuras políticas que ya no los integran.

La crisis económica ha socavado las bases de la paz social que se instauró en Europa tras la Segunda Guerra Mundial: creación de clase media y Estado del bienestar. Mientras en Europa se destruye, en el Sudeste Asiático se está generando una creciente clase media al albor de la transición tecnológica, aunque tengan aún pendiente el desarrollo de los derechos humanos y las libertades públicas. La política exterior de muchos gobiernos está cada vez más militarizada y regida por guerras comerciales que por la diplomacia. Pasamos a hegemonías compartidas, a un mundo multipolar donde el poder se desplaza al sureste asiático y donde otros grupos regionales pujan por tener su influencia: los BRICS, la UA, la Unasur, los Asean. China y Rusia nos compiten en lo comercial, y hasta comprando nuestra deuda, desplazando el poder occidental.
Asistimos a unas ansias de mayor democratización de la población mundial, en especial de los jóvenes árabes-musulmanes, motor del cambio en sus países. A la emergencia de la democracia 2.0 como respuesta a la obsolescencia de una administración rígida que no atiende los problemas ciudadanos, donde cada vez tendrá menos valor el voto electoral y más la democracia deliberativa como un proceso en que a través de movimientos paralelos –lo que Rifkin llama «poder lateral»– ciudadanos y movimientos sociales, pero sobre todo los medios, demandan cada vez más rendición de cuentas y transparencia. Donde se inician consultas ciudadanas, que en España emergen desde el municipalismo, y se legisla con la previa participación de expertos y colectivos. Se empieza incluso a plantear la sectorización de las elecciones, en sanidad, educación, etcétera. Ulrick Beck ya nos adelantó a finales de los noventa, en Un mundo desbocado, que las democracias representativas iban a dar paso a las participativas. Asistimos a la emergencia de movimientos de dignidad representados en colectivos que estaban discriminados y pujan por romper su invisibilidad.

Ante este período de la historia en que nos sobrevienen cambios globales de forma rápida, aquellos países que no introduzcan reformas corren el riesgo de caer en el autoritarismo y de sufrir un auge de los extremismos. En España preocupan el aumento de las manifestaciones y delitos de odio, y la congelación del conflicto catalán. Mientras Occidente adolece de grandes líderes y estadistas, otros inician ambiciosos planes de reforma con una hoja de ruta:

El Plan 2030 saudí, que pretende pasar del 40 % de privatización actual al 70 %, diversificar la economía teniendo en cuenta que el 80 % está basada en el petróleo, agotable, y ante el auge de las renovables, y con un 70 % de jóvenes que quieren vivir mejor y modernizar sus vidas, pretende abrirse a éstos y a las mujeres, aunque tenga aún que hacer frente a las resistencias de la policía religiosa y del sistema de justicia wahabita.

China ha impulsado el programa 2020 para sacar a 30 millones de habitantes de la pobreza en las zonas rurales y reconvertirlos a profesiones con futuro como el turismo. Cada vez más comprometida con la agenda del cambio climático y apostando por los vehículos eléctricos y la sustitución de combustibles contaminantes. Mientras, Trump quiere devolver a EE UU a la economía de los años ochenta y tiene una oposición muy endeble. Tanto el brexit como Trump, y los recientes brotes en Túnez y en Irán, movilizan a las clases más desfavorecidas del interior, de las zonas rurales o periféricas, dispuestas a apostar por opciones políticas novedosas y rompedoras. En Irán, con una tasa de paro general del 40 % y juvenil del 25 %, la reciente revuelta fue por las carestías de las clases trabajadoras del interior, en ciudades y provincias secundarias, más de minorías étnicas del oeste, afectadas por las deudas familiares y que sufren tanto los recortes sociales como los subsidios para el pan y el combustible. Han estallado tras conocerse las filtraciones sobre las partidas presupuestarias que beneficiaban a las elites e instituciones religiosas. No tiene nada que ver con el movimiento verde de Musavi y las clases medias. Las recientes elecciones italianas nos muestran una vez más, y como un fenómeno imparable, el hartazgo con la clase política y el modelo de partidos tradicionales. Parece que el mundo afronta un progresivo reemplazo del modelo político.

Mientras todo esto ocurre, China ha iniciado la sustitución de los pagos en metálico por los digitales y le han seguido algunos países nórdicos, pero también los africanos. África se quiere digitalizar, en Kenia una cuarta parte de las actividades económicas de su PIB se generan por apps. Pero con África vamos a tener que gestionar más de 180 millones de subsaharianos que acabarán migrando por el cambio climático. Y es en los países del Golfo y del mar de China donde se va a centrar la agenda de riesgo bélico a través de actores interpuestos. Por lo que las estrategias de seguridad nacional de los países deberían incluir indefectiblemente los efectos de la precarización, de la transición tecnológica, y la apuesta por las energías renovables.

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