06 de mayo de 2018
06.05.2018

El frigorífico

05.05.2018 | 20:43

La carta sigue ahí, muerta de risa en el buzón. Es un buzón de esos típicos de las películas, clavado en el césped de casa de mis padres. Abro su puertecita metálica cada día desde que viese el sobre con tu nombre en el remitente, como quien se asoma al horno para ver si está listo el pastel, así con miedo, por si al abrir la puerta el bizcocho se asusta. Miro otras veces con el anhelo de que haya desaparecido, o con cierta ilusión, a ver si por arte de magia la carta se ha convertido en otra cosa: unas flores quizá, unas entradas para un concierto, unos billetes de avión.

Pero nada de esto ocurre y es mi madre quien rescata la carta y la deja sobre la mesa de la cocina, mientras tomo este café descafeinado.

La cojo con manos temblorosas y la abrazo, sin querer, antes de desgarrarla. Recuerdo que al principio solías escribirme aunque nos viésemos a diario, aunque viviésemos bajo el mismo techo, y yo abría aquellos sobres con sumo cuidado sin dejar una sola señal de que habían sido mancillados y los conservaba como auténticos tesoros, dentro de su propio cofre del tesoro, su cofre abandonado, como tantas otras cosas en nuestra casa.

Sé que cuestionaré cada palabra escrita. Sé que cada letra llegará tarde. Sé que te leeré con rencor. Odio las personas que hemos llegado a ser y odio que nos rindiésemos.

Leo, no obstante:

"Nunca tuvimos un bebé. En su lugar, compramos electrodomésticos baratos que frustraron nuestro descanso despertándonos en mitad de la madrugada.

La nevera pitaba por las noches como una alarma existencial. Los turnos para levantarnos, ir a la cocina y darle al botón que apagaba la alarma eran asunto sagrado, y el que se levantaba y perdía el sueño lo pagaba con el otro al día siguiente. Luego cambiábamos de turno y viceversa.

¿No lo recuerdas así? Yo prefiero verlo así y quiero que tú también lo veas de esta manera: ¿y si fueron los electrodomésticos los culpables de nuestra separación?

Te confieso que por un tiempo pensé en recuperar nuestra relación a través de aquellas forzadas excursiones nocturnas. Pensé en dejarte notitas deseándote un buen día en la oficina o ir registrando la cuenta atrás para las vacaciones. Pensé en dejarte una botella de champán y una bandeja de ostras y después pensé que no era buena idea, que el que quería una botella de champán y una bandeja de ostras era yo.
Pensé muchas cosas. Nunca hice nada.

Le daba al botón, bebía un trago de leche y me volvía a la cama.

Por cierto, la nevera dejó de pitar cuando te fuiste. Creo que dejó de pitar porque tú ya no estabas y era tarde para dejar notas, ostras o champán. Lo asumo, dejé pasar la oportunidad. Nunca supe entender el idioma de aquella nevera.

Y ahora es discreta y silenciosa, tal y como prometía el folleto. Ahora la maldita nevera funciona perfectamente".

Me quedo mirando la última frase fijamente y recuerdo ese gesto tan característico tuyo pasándome una mano de arriba a abajo por la cara. En esta ocasión, quien me saca del embelesamiento es la alarma de mi móvil. Hora de tomar el ácido fólico. Ya sabes de mi mala cabeza. Pongo alarmas para todo. También lo hago con los frigoríficos para que suenen a horas intempestivas. Sé que mis estrategias nunca han sido muy elaboradas, pero ya no sabía cómo salvar lo nuestro y se me ocurrió ese extraño aliado.

Las noches en las que me tocaba a mí la guardia, al despertarme, tenías tu mano sobre mi vientre, la estrechaba y la besaba y me abrazaba un rato a ti, hasta que el pitido del frigorífico me reclamaba cada vez más insistente. A mi regreso a la cama, me gustaba mirarte un buen rato. Lo hacía en silencio, para no espantar los recuerdos que se asomaban mostrando que algún día fuimos felices. Y si me encontraba en mis días fértiles, te despertaba y teníamos sexo.

Finalmente funcionó. Lo nuestro no, lo otro. Y ahora tengo un pequeño alien en mi interior que ha hinchado mis tobillos, me hace llorar por cualquier tontería, ha aumentado dos tallas mi sujetador y ha ensanchado mis caderas. Y no sé si decírtelo o callarlo como tantas otras cosas y me descubro deseando que sea niño y lleve tu nombre o que camine como tú y se enfade por tonterías, como cuando protestas por el tráfico, y que sea ingenioso y ocurrente como tú y que vea la realidad a su manera, una realidad en la que incluso los electrodomésticos se rebelan.

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