14 de mayo de 2018
14.05.2018

La herencia del maestro

14.05.2018 | 04:15
La herencia del maestro

y aron Traub ha dicho que no volverá a dirigir la Orquesta de València. El maestro israelí (Tel Aviv, 1964) ha querido cerrar definitivamente su relación con el conjunto sinfónico que ha liderado durante una docena de años (2005-2017). Apenas dos días antes de dirigir su último y exitoso concierto, el viernes, culminado quizá no casualmente con una sinfonía inacabada –la Novena de Bruckner-, se lanzó a declarar que no «dirigiré más la Orquesta de València». Rotunda decisión que, pese a la entrañable despedida, con emotivos abrazos a músicos sobre el mismísimo escenario del Palau de la Música mientras escuchaba una ovación de esas que únicamente se producen en las grandes ocasiones, entraña un evidente desacuerdo y distanciamiento con el incierto rumbo que parecen tomar la Orquesta de València y su casa matriz, el Palau de la Música.

Yaron Traub ha salido mal parado de toda la movida que entrañó el cambió de dirección política y técnica del Palau de la Música. Hizo lo que nunca ha de hacer un músico: jugar en un bando, aunque, como en su caso, fuera el del poder. Y salió bien escaldado de ser la bisagra errónea e involucrarse en un espacio en el que jamás debió entrar. Fue un último, legítimo –aunque equivocado- e inútil intento de recomponer una situación –la suya como director titular de la OV- que estaba ya irremediablemente carcomida.

El más grave pecado de Traub como titular de la orquesta ha sido no aceptar en su momento –como siempre recuerda el maestro Josep Pons- que «los directores de orquestas somos como los yogures: llevamos marcada en la frente la fecha de caducidad»-, y que su tiempo había expirado. Su cerrazón en no admitir la evidencia de que su trabajo al frente de la OV no daba ya más de sí recuerda la deteriorada etapa final de Manuel Galduf.

Otro pecado relevante ha sido haber generado dentro de la orquesta camarillas de músicos afines y amigos, algo absolutamente impropio de cualquier maestro que se precie, y que, como era previsible, fracturó gravemente el equilibrio interno de la orquesta, además de romper un parámetro esencial de la siempre delicada relación maestro-profesores. Como era previsible, este hecho se transformó finalmente en un arma arrojadiza que se volvió contra él mismo en los momentos precisamente más delicados de su gestión. Tales errores devalúan pero en absoluto enturbian algunos aspectos de su titularidad sin duda muy positivos, tanto para la Orquesta como para el Palau de la Música. Frente a sus antecesores inmediatos –Manuel Galduf y Miguel Ángel Gómez Martínez-, Traub supo ganarse el cariño y apoyo del público. Utilizó para ello su estupenda presencia escénica, una gesticulación sobre el podio más efectiva para el auditorio que para los músicos y una locuacidad que sedujo a muchos espectadores que se sentían encantados de que «el maestro» se dirigiera a ellos con su «simpático» acento extranjero para, micrófono en mano, contarles alguna anécdota.

Con estos bien utilizados resortes extramusicales logró incrementar muy considerablemente el número de abonados, y hacer así que en casi todos los conciertos de la Orquesta de Valencia el Palau presentará los mismos llenos y parecido ambiente que reservaba para las grandes orquestas invitadas de antaño. Y en un tiempo de crisis, en el que cada vez eran y son más infrecuentes estas anheladas visitas, Traub ha hecho diana al convertir a su ya ex-orquesta en válida alternativa.

También ha conseguido vincular a una serie de señalados nombres internacionales de la música con la Orquesta de Valencia. Naturalmente, y como siempre ha sido, estos reconocidos artistas (que, sabido es, no son precisamente la Madre Teresa) venían y vienen por un caché, pero no es menos cierto que han sentido más próxima y palpitante la relación con la OV gracias al vínculo personal con su hasta ahora titular. Muchas de las grandes noches de Traub en València han estado así compartidas y reforzadas por la presencia activa de artistas como Waltraud Meier, Daniel Barenboim o Nicolaj Znaider, entre otros muchos.

En el ámbito del repertorio, y tras el apreciable «saneamiento» clasicista de la época de Gómez Martínez (1997-2005), Traub retomó e incrementó la presencia de las grandes obras del repertorio romántico y post-romántico, con clara incidencia en las más impactantes y de mayor dispositivo instrumental. Las sinfonías de Mahler y de Bruckner, o los poemas sinfónicos de Strauss y, por supuesto, el universo sinfonismo y vocal de Wagner, han ocupado lugar muy preferente en sus programas. Como también, y de acuerdo con la sana y afianzada costumbre de la Orquesta de València, la ópera en concierto, bien con la interpretación de actos sueltos o de óperas completas.

Yaron Traub se ha equivocado al asegurar que no volverá a dirigir la orquesta con la que él ha crecido como Maestro al tiempo que la ha hecho crecer. Con sus defectos y errores, con claros y sombras, su prolongada titularidad deja un saldo claramente positivo. Es evidente que la Orquesta de València es hoy mejor, más profesional, dinámica y activa que ayer, que anteayer y que en 2005. Su desarrollo y evolución son irrefutables. Los afectos -y el público que asistió el viernes a su último concierto pudo constatarlo muy claramente- son intensos y francos. De todos, no solo de las camarillas. Pasará el berrinche y la tristeza de la separación. Y las aguas volverán a su cauce, y el Maestro se reencontrará más pronto que tarde con sus músicos valencianos y con su propia herencia. «Hay un dicho que dice 'nunca digas nunca jamás'», se cubrió Traub las espaldas al anunciar su decisión de no volver a ponerse al frente de la OV. Pues eso, al tiempo, que mata todas las penas y cicatriza casi todas las heridas.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook