12 de octubre de 2019
12.10.2019

Leer, escribir, pensar

12.10.2019 | 18:52
Leer, escribir, pensar

Se aproxima la IV edición del día de las escritoras y para su celebración se ha programado la lectura de varios textos escritos por mujeres. Como en las anteriores convocatorias, la fecha del evento coincide con el lunes más próximo a la festividad de Teresa de Jesús. De tal modo que mañana tendrá lugar su conmemoración en este año. Esta iniciativa la promueve la Biblioteca Nacional de España, la Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (Fedepe) y la Asociación Clásicas y Modernas para la Igualdad en la Cultura (CyM). Ante una celebración de estas características no está de más recordar que durante mucho tiempo el intelecto quedó asociado a la masculinidad y ni leer, ni escribir, ni pensar fueron actividades consideradas propias de la feminidad. Sin embargo las mujeres han leído, escrito y pensado, por sí mismas, desde siempre. Muchas veces a hurtadillas porque lo tenían vetado por consejo e imposición de sus padres, hermanos y maridos. Como mucho, solo podían leer aquellos libros seleccionados que no perturbaran su lugar en el ámbito doméstico, no fuera que albergaran alguna ínfula de igualdad y aspiraran a otros proyectos vitales diferentes al cuidado de la familia. Se comprende bien este temor puesto que la lectura es una puerta de acceso a la cultura que cumple una función iniciática crucial en el desarrollo de la propia conciencia y que puede inocular ideas contrarias a la sumisión a la que las mujeres están destinadas por socialización de género.

Dicho esto, me viene a la memoria que hace unos años, ya más de una década, Stefan Bollman escribió dos libros de título revelador que fueron prologados por Esther Tusquets. El primer libro lleva por título Las mujeres que leen, son peligrosas y el segundo, Las mujeres que escriben también son peligrosas. El recorrido que hace el autor en su primer libro, muestra la afinidad y complicidad aún contracorriente que ha habido siempre entre las mujeres y los libros. En realidad se trata de una historia ilustrada de la lectura desde el siglo XIII hasta el siglo XXI y para ello el texto se acompaña de una serie de imágenes, pinturas y fotografías, que reflejan el hábito de leer entre las mujeres en muy distintas circunstancias ya fueran momentos de ocio o de intimidad. Por otra parte, el segundo libro, que se refiere a la escritura, trata de la dificultad que han tenido las mujeres para compaginar la tarea intelectual y las labores propias de la maternidad y del cuidado de la casa. Pero también, incluso en esta situación de desventaja, las mujeres han escrito a escondidas, la más de las veces cuando todos dormían en el domicilio familiar. Su obra o bien ha quedado anónima, por citar a Virginia Woolf, de quien es la célebre cita «para la mayor parte de la Historia, Anónimo era nombre de mujer», o bien han publicado bajo un pseudónimo siempre masculino. En este segundo libro, desfilan mujeres que han escrito en las más insospechadas condiciones y con variadas razones. Escriben para vivir, para resistir, para descubrirse y descubrir todo cuanto tenían prohibido por el hecho de ser mujer.

En resumidas cuentas, la pregunta, tal como la plantea Esther Tusquets, es más bien saber si ¿son peligrosas las mujeres que leen? ¿Acaso no lo serán más aquellas que no leen? Claro está que depende de aquello que leen, y de cómo lo aplican a su propia vida. Pensemos por ejemplo en el ambiente revolucionario del siglo XVIII. En aquel siglo Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft denunciaron la contradicción que existía al proclamarse la igualdad universal y dejar sin derechos civiles y políticos a las mujeres. En esta situación, las mujeres lucharon por ellas mismas para conseguir unas condiciones que les hicieran la vida digna de ser vivida. Fueron las mujeres parisinas quienes, tras la toma de la Bastilla, protagonizaron la marcha hacia Versalles y el traslado del rey a París. Fueron ellas quienes, al mismo tiempo, comenzaron a demandar mayor participación política y empezaron a escribir sus propios «cuadernos de quejas». Sin embargo pronto tomaron conciencia de que se les reservaba solo el papel de ser madres y esposas de los ciudadanos. Por este motivo, en aquellos pliegos de papel, doblados y cosidos a mano a modo de libro, las mujeres redactaron sus exigencias de igualdad que presentaron por primera vez como una cuestión política. Ni que decir tiene que en estas reivindicaciones se concentra el inicio del pensamiento feminista moderno que desafortunadamente quedó truncado porque, entre 1793 y 1794, los jacobinos cerraron los clubes de mujeres y prohibieron su presencia en cualquier actividad política. Es más, a aquellas mujeres que se rebelaron ante tales injusticias, les esperaría la guillotina, el exilio o la represión. Ese fue el caso de Olympe de Gouges que, al oponerse a la represión jacobina, fue acusada de reaccionaria y guillotinada en París en 1793. De su prolífica carrera literaria que contiene obras de teatro, artículos y discursos, su texto más difundido es la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791) donde defiende la igualdad y la libertad de pensamiento y expresión para hombres y mujeres. Tal como lo dejó escrito en el artículo X y donde dice que «nadie debe ser molestado o molestada por sus opiniones incluso fundamentales; si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna» (art. X). Una afirmación trágica como pocas por cumplirse en su persona la parte más cruel, la de su ajusticiamiento. Por otro lado, Mary Wollstonecraft escribió novelas, tratados y breves relatos aunque murió joven debido a complicaciones en el parto de su segunda hija, Mary Shelley, la autora de la famosa novela gótica Frankestein. Su libro fundamental es Vindicación de los derechos de la mujer (1792), donde argumenta que las mujeres no son por naturaleza inferiores al hombre y que si lo parecen, es debido a que no han podido acceder a una educación apropiada pues se les educaba solo para agradar, coquetear y casarse bien. El mismo título de su libro ya indica claramente que las mujeres tienen derechos y que el derecho a la educación es uno de los más importantes. Por ello, las mujeres han de ser educadas racionalmente para que puedan contribuir a la sociedad de manera activa, como sujetos de razón y de derechos. Años antes, había tratado el tema de la educación en Reflexiones sobre la educación de las hijas (1787) e Historias originales (1788) interesándose por la situación de la mujer y rechazando la idea de debilidad e inferioridad asociada a la feminidad. En su última obra, María o las injusticias que sufre la mujer (1797), describe las penurias y las injusticias que sufrían las mujeres en la Inglaterra del siglo XVIII, señalando que las mujeres, de diferentes nivel económico y posición social, tienen los mismos intereses por el hecho de ser mujer.

A cargo de estas mujeres valientes, escritoras y pensadores, surgió lo que se conoce hoy como la otra Ilustración, llamada feminista. Es esa otra Ilustración la que impugnará el paradigma patriarcal de concebir la universalidad de derechos sin las mujeres. Estas obras son el germen del feminismo moderno e inspiraron a sus lectoras la vindicación de la libertad e igualdad no excluyente. Está claro que leer, escribir y pensar, es una triada potente. Permite estar al día de lo que ocurre, de aquello que se comenta, de la última noticia, para ponerlo en cuestión o no. Ayuda a ser espectadora y actora de la propia vida. Por eso mismo, considero una buena ocasión sumarse a esta IV conmemoración del día de las escritoras. Ánimo, pues, que leer, escribir y pensar, todo es empezar.

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