Opinión | La espiral de la libreta
Saber lo que no habrías querido
Un domingo normalito, el último, tirando a insulso a pesar de la Diada. Tumbada en el sofá, a la hora de las frigorías irremediables, con un ojo cerrado y el otro puesto con intermitencias en la película de la tele, en la actrizHelen Mirren haciendo de Isabel II, mejor que la misma difunta. De repente, en la molicie de la tarde, estalla la muerte de Javier Marías. ¿¡Cómo!? Je hais les dimanches, cantaba Juliette Gréco. No parece posible deglutir que alguien desaparezca de golpe, a los 70 años, con la bayoneta del talento aún afilada. Se marcha el mejor. De un portazo. Y el resto de la jornada se convierte en uno de esos «domingos desterrados del infinito» (la frase es suya). Rafael Chirbes se murió a los 66 años, un sábado de 2015, aunque, para el caso, también resultó una especie de domingo doble: el 15 de agosto, el día de la Ascensión de la Virgen, el páramo axial del verano. Los mejores se van a deshora.
Marías me intimidaba. Lo vi en un par de ocasiones, de reojo y a cierta distancia, sin atreverme a abordarlo, aunque estudiándole a conciencia el rostro, el parpadeo, el mínimo gesto, por si se le caía algo al suelo, una observación intensa, como suelen escrutar sus narradores a los personajes. La mirada tomográfica: esa es una de sus armas infalibles, junto con el discurso errabundo y la narración conjetural.
Aunque ya lo frecuentaban los escritores del siglo XIX, Marías me deslumbró con el uso de un ‘truco’ de carpintero: el ‘eavesdropping’, término inglés que traducido al español significa escuchar secretamente, de forma furtiva y deliberada (para las escuchas casuales o indeseadas, los ingleses utilizan otro verbo: ‘to overhear’). Sus personajes son a menudo ‘espías’ que saben lo que no habrían querido saber: la palabra puede tener efectos devastadores.
En una ocasión, se me juntaron los dos verbos ingleses: escuché algo de forma azarosa, pero enseguida pegué la oreja intencionadamente, para no perder ripio. Algo que había preferido no escuchar. Estaba en la consulta del ginecólogo, en ese cuartito pequeño, como el de las escobas, donde te vistes tras despojarte de la bata que se ata por detrás. No he tenido el cuajo de exorcizarlo en ficción. Qué más da. Ni lo apunté en la libreta del momento. «Todo lo que no se puede anotar ni siquiera en un diario íntimo», escamoteó Francisco Umbral en uno de los suyos.
Umbral, por cierto, calificó en una ocasión a Marías de «anglosajonyjodido» por sus querencias inglesas... Ay, los celos, la pelusilla, lo que cuesta soltar el cetro.
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