06 de diciembre de 2009
06.12.2009

«Pensiones, consumo y muchos trabajos sin cubrir»

05.12.2009 | 20:19

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Si bien resulta interesante vaticinar el impacto de una huelga de inmigrantes, aún más relevante es averiguar si existe un caldo de cultivo para que los ciudadanos extranjeros afincados en la Comunitat se rebelen y opten por esta protesta a la francesa. Desde su atalaya del observatorio de migraciones, Luis Die alerta de que la paz social no siempre es sinónimo de buena convivencia, integración, igualdad y satisfacción. A veces hay un clamor soterrado que puede estallar en cualquier momento.
Sin embargo, la Generalitat no contempla el escenario francés. En el último año, la Conselleria de Inmigración y Ciudadanía (ahora Solidaridad y Ciudadanía) ha promovido abundantes iniciativas destinadas a favorecer la integración de los extranjeros. Entre ellas, destacan la Ley de integración de las personas inmigrantes en la Comunitat Valenciana (la primera de este tipo en España); el Pacto valenciano por la inmigración; o el más reciente Plan Valenciano para la prevención de la discriminación interétnica, el racismo y la xenofobia (específicamente diseñado para prevenir posibles conflictos). Además, cada vez pesa más la red territorial de Agencias de mediación para la integración y la convivencia social, con más de 70 oficinas por toda la Comunitat.

«Imprescindibles»
¿Qué piensan ellos? «En este momento, no se puede prescindir de los inmigrantes», considera la colombiana Selena Garavito, coordinadora de desarrollo social de la ONG inmigrante Emcat. Garavito, que lleva diez años en Valencia, justifica su afirmación con tres argumentos: «las pensiones estarían en juego, el consumo disminuiría y muchos trabajos no cualificados quedarían sin cubrir».
Sobre la integración, en cambio, es más escéptica. Igual que Andrea Russu. Esta abogada rumana, que preside la Asociación para el desarrollo personal y profesional de la población inmigrante, advierte de que «la integración es cosa de dos, y acercar mentalidades es muy difícil todavía», lamenta. «Sin los rumanos —dice—, Castelló se pararía, pero sus ciudadanos no lo valoran», afirma.
Ésa no es ahora la principal preocupación de los extranjeros, sino cómo recolocarse en el sector servicios tras el desplome de la construcción o si deben regresar a su país o resistir en España. No obstante, en momentos críticos como el actual, con las sensibilidades a flor de piel, es cuando más en guardia deben estar ambas partes para evitar conflictos que salpiquen a todos.

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