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Stefan Zweig, la asombrosa historia de su adiós a la vida

Hoy se cumplen 80 años de la muerte del escritor y del hallazgo de su famosísima “Declaração” de despedida, último texto que escribió, documento que, tras mil peripecias, se guarda en la Biblioteca Nacional de Jerusalén

Stefan Zweig.

Se cumple hoy, 23 de febrero, el 80 aniversario de la muerte de Stefan Zweig y su segunda esposa Lotte en 1942, en la ciudad brasileña de Petrópolis, adonde habían llegado tras un enrevesado laberinto de huidas, países, exilios y renuncias de todo tipo. Ambos ingirieron barbitúricos al acostarse la noche anterior, y sus cuerpos, ya rígidos, fueron encontrados muchas horas después por su asistenta, sorprendida de que tardaran tanto en levantarse. En la sencilla habitación dejó cuidadosamente ordenados manuscritos sin publicar, instrucciones, 20 cartas a amigos y familiares, y, sobre la mesilla de noche, un documento fundamental: una breve Carta de Despedida escrita en alemán de su puño y letra, pero titulada “Declaração”, y en la que Zweig explica al mundo las razones del suicidio. Ese famosísimo texto dice lo siguiente:

“Antes de que yo, por libre voluntad y en plena posesión de mis sentidos, abandone la vida, me siento obligado a cumplir un último deber: agradecer desde lo más íntimo a este maravilloso país, Brasil, que me haya ofrecido a mí y a mi obra un lugar tan magnífico y acogedor. Cada día pasado aquí ha contribuido a querer más a este país, en ningún otro lugar hubiera deseado reconstruir mi vida de nuevo, después de que el mundo de mi propio idioma se derrumbó y mi hogar espiritual, Europa, se autodestruyó. Pero tras cumplir los sesenta hacen falta muchas fuerzas para comenzar totalmente de nuevo. Y las mías están agotadas por tantos años de errar sin patria. Por eso considero mejor cerrar a su debido tiempo y con actitud erguida una vida en la que el trabajo intelectual y la libertad personal me han dado las mayores alegrías y me parecen el más alto bien de esta tierra. ¡Saludo a todos mis amigos! ¡Ojalá lleguen a ver la aurora tras esta larga noche! Yo, excesivamente impaciente, me adelanto a todos ellos”.

Toda esa desfondada etapa final es un inmenso río amazónico lleno de derivaciones y afluentes que no podemos navegar aquí por razones de espacio. Los sucesos de sus últimos días de vida están llenos de datos contradictorios, aspectos sin aclarar y misterios por explicar, como puede comprobar cualquiera en un documentado libro de Alberto Dines, publicado en portugués y traducido años después al alemán.

Pero esta dramática y novelesca historia no acaba con este punto final, sino que alcanza su apogeo años después. En mayo de 2020 el “Frankfurter Allgemeine Zeitung” publica un artículo de Robert Schild en el que se cuenta la asombrosa historia de esa “Declaração”. Esto es, según su autor, lo que pasó.

En 1935 un judío alemán fabricante textil en Stuttgart, Philipp Weil, recomienda a su hijo, Friedrich, que, visto el negrísimo panorama que estaban tomando los acontecimientos alemanes, emigre a Brasil con su mujer. Así lo hacen estableciéndose en Río de Janeiro, donde contactan con un fabricante de tejidos de Petrópolis. Poco después Friedrich se asocia con él y fundan en esa ciudad una empresa. A continuación el hijo trae a Brasil a su hermana, padres y suegros.

Friedrich era desde niño un fervoroso lector de Zweig y tenía la costumbre de regalar a sus amigos brasileños traducciones portuguesas de sus obras. Al atardecer del 23 de febrero de 1942 llaman a su puerta. Es el vecino de enfrente, el Comisario Jose de Morais Rattes, quien lleva en su mano una carpeta. Este le cuenta que, unas horas antes, habían encontrado muertos en su dormitorio a Zweig y a su esposa. Y que, en la mesilla de noche, había un texto manuscrito en alemán titulado “Declaração”. El Comisario le ruega a su vecino que haga el favor de traducirle el texto al portugués porque no entienden lo que dice.

Tras traducirlo, el Comisario agradece el favor a Weil y éste entonces le ruega al oficial que, tras cerrarse la investigación, le entregue el manuscrito, ya que sería para él el regalo más valioso de su vida. El Comisario responde que eso no es posible porque por motivos legales el documento debe permanecer al menos treinta años en el Archivo Estatal. Pero que, pasado ese tiempo, le daría el manuscrito si lo quiere. Y así quedaron las cosas.

Sorprendentemente, a finales de febrero de 1972 Weil recibe una misteriosa llamada de un desconocido que asegura tener la “Declaração”. Y le informa de que quiere venderla. Al principio el empresario piensa que es una broma. Pero, pocos días después, el desconocido vuelve a llamar y le indica que le puede enviar una foto del documento, que será suyo por 10.000 dólares. Weil piensa que, por sentido del deber, por carácter y por otras razones, quien le llama no puede ser el entonces Comisario Morais Rattes, de quien no sabe nada desde hace años, pero que entretanto se ha convertido en un conocido juez en Brasil. Deduce que el desconocido tiene que ser uno de los policías participantes en la causa. Weil regatea algo el precio, y el desconocido le pide encontrarse en el bar del elegante Hotel Serrador de Río de Janeiro aunque cumpliendo dos condiciones: que lleve el dinero en un sobre grande y que se siente en una mesa en el fondo oscuro del bar.

Weil sigue las instrucciones. De pronto, aparece en su mesa un hombre con mucha barba y unas enormes gafas negras. El desconocido, o su mensajero, comprueba el sobre del dinero, mientras Weil se cerciora de la autenticidad del manuscrito que había traducido treinta años antes. Resuelto todo, cada uno se va por su lado, y Weil, dos horas después, guarda el ansiado documento en la caja fuerte de su casa. Este empresario trabaja todavía muchos años. En ese tiempo su mayor alegría consiste en enseñarles a sus invitados y amigos de confianza la carta manuscrita de Zweig y narrar cómo había llegado a sus manos. En el 2000 fallece, y se supone que la carta seguía en la familia.

Pero en enero de 2020, Stefan Litt, Responsable de Ciencias Humanas de la Biblioteca Nacional de Jerusalén, escribe al autor del artículo del “Frankfurter Allgemeine Zeitung” comunicándole esto: “La Carta de Despedida de Zweig la recibimos en 1992 como donación de Friedrich Weil de Petrópolis. Donó la valiosa pieza en recuerdo de sus familiares Philipp Helene Weil [sus padres], así como de Adolf Flora Emrich. Este es uno de los más valiosos documentos de nuestra colección, no precisamente ‘pobre’ en tesoros, y la figura de Zweig es una de las más valoradas y por eso ocupa lugar preminente en nuestra Biblioteca”.

Y allí “descansa” hasta hoy el famosísimo documento después de mil peripecias, con las últimas letras escritas por Zweig. Ese final en Brasil, donde reposa, no es más que uno de los miles y miles de destinos trágicos de escritores e intelectuales judíos de la época (J. Roth, Broch, Benjamin,…), huidos apuradamente de Alemania y que vieron derrumbarse sus vidas y soportaron tragedias indescriptibles, y para ellos inexplicables, entre ellas Auschwitz, debido a “aquella sucursal del infierno en la Tierra” (Roth) que fue la Alemania nazi. Nazismo que, en definitiva, empujó al suicidio a Zweig, que muere separado de sus amigos, libros, idioma, y de todo lo que había sido su vida, cosas más valiosas para él que su propia existencia. Un dolor que le pesó mucho más que ser uno de los autores de más éxito de la época, ser traducido a decenas de idiomas, y haber hecho mucho dinero. Aparte de ser, en mi opinión, el mejor divulgador histórico-literario del siglo XX. Pero nada de todo eso pudo llenar el vacío de aquel desgarro de su lengua, amigos y libros. Como recordó otro famoso emigrado, Thomas Mann, “su fama mundial fue muy merecida y es trágico que la resistencia de esta capacitadísima persona se quebrase bajo el peso de esta época. Lo que más admiraba de él era el don de revivificar, literaria y psicológicamente, las épocas y las figuras históricas”. Aunque tampoco le faltaron críticos: como HofmannsthalMusil, o su ácido compatriota Karl Kraus, quien dijo que Zweig había logrado dominar todos los idiomas del mundo… excepto uno, precisamente en el que escribía, el alemán.

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