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Enfermedades

María Martinón-Torres, paleontóloga: "La selección natural ha apostado por la tercera edad porque es útil para la crianza"

La paleontóloga explica en un libro el origen de las enfermedades que padecemos

María Martiñón-Torres.

Desde que dejó la medicina para sumergirse en los laberintos de la paleontología, a María Martinón-Torres (Ourense, 1974) le persigue una duda: si somos la especie mejor adaptada del planeta, ¿por qué seguimos acogotados por tantas dolencias y limitaciones físicas? La respuesta la ha encontrado analizando las enfermedades contemporáneas bajo el prisma de la teoría evolutiva.

Sorpresa: los infartos, las pandemias, el cáncer y la ansiedad que hoy sufrimos son la consecuencia de nuestro éxito como especie. En ‘Homo imperfectus’ (Destino), la directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), miembro del equipo de investigación de Atapuerca, explica lo que somos a la luz de lo que padecemos.

En 2020 murieron en España 60.000 personas de Covid, 30.000 por problemas cardiovasculares, 22.000 de cánceres respiratorios y 20.000 de demencia. ¿Estos son nuestros límites como especie?

Esas cifras nos recuerdan que la muerte forma parte de la vida y que las maneras de morir cambian a lo largo de la historia. Somos los mismos humanos que hace 200.000 años, pero fallecemos por motivos muy diferentes. Luego hay muertes extraordinarias, como las de la pandemia, pero estas también están relacionadas con nuestra forma de vida y con el éxito evolutivo que hemos alcanzado. Somos una especie muy numerosa, vivimos en áreas muy densas y estamos en continuo contacto con animales. Esto facilita el salto de patógenos entre especies y la posterior propagación entre los humanos.

¿Qué explicación evolutiva tienen las demás causas de muerte?

La mayoría son consecuencia del desajuste que hay entre nuestra biología y la forma de vida que hemos adoptado. Fuimos diseñados para evitar la muerte por hambre en entornos de escasez, pero hoy llevamos vidas sedentarias rodeados de abundancia. Ya no necesitamos tantas calorías, pero nos sentimos empujados a desear los azúcares, las grasas y las calorías que nos garantizaban la supervivencia en el Pleistoceno. El resultado son los infartos, los problemas cardiovasculares, las diabetes y los cuadros de sobrepeso que padecemos.

¿Llevamos vidas contra natura?

Somos protagonistas de dos evoluciones, una biológica y otra cultural. El problema es que no avanzan a la misma velocidad, por eso enfermamos. Nuestra biología choca con la vida que llevamos porque no estamos hechos para ella, pero no coincido con los 'paleomelancólicos' que demonizan el progreso, porque la misma tecnología que hizo posible la vida sedentaria que nos causa tantos problemas de salud, también fabrica vacunas que nos salvan la vida.

"Ya no necesitamos tantas calorías, pero nos sentimos empujados a desear los azúcares, las grasas y las calorías que nos garantizaban la supervivencia en el Pleistoceno"

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¿Entonces?

Nos falta reflexionar sobre cómo queremos vivir, de forma que podamos mantener un cierto equilibrio con nuestra biología, pero debemos tener siempre presente que la evolución humana es una historia de éxito. Ya no morimos en la infancia ni en las etapas reproductivas de la vida, que es lo que le preocupa a la evolución, sino por dolencias asociadas a nuestra longevidad, como el cáncer o los cuadros neurodegenerativos. Es la otra cara de la moneda de nuestro éxito, el precio a pagar por vivir tantos años.

¿Esas enfermedades tienen solución?

Si se refiere al cáncer, me temo que estamos condenados a convivir con él, sobre todo si seguimos alargando nuestra longevidad. Con una salvedad: antes moríamos de cáncer, ahora morimos con él. Sé que es poco consuelo para quienes lo padecen, pero convertir una enfermedad mortal en una dolencia crónica es un gran avance. Se lo debemos a la investigación. 

¿Cómo influyen nuestros hábitos en ese propósito?

Mucho. Hoy sabemos que hay tumores vinculados a tóxicos que no estaban en nuestras vidas en el Pleistoceno, como el tabaco, y a los nuevos ritmos reproductivos que hemos adoptado. Hace 100.000 años, las mujeres tenían muchos hijos y los parían muy jóvenes. Esto les permitía tener menos reglas, que es cuando los tejidos de los órganos sexuales se ven sometidos a una hiperestimulación que está relacionada con la aparición de tumores de mama, útero y endometrio. 

"Estamos condenados a convivir con el cáncer. Con una salvedad: antes moríamos de cáncer, ahora morimos con él"

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¿Todo lo que nos ocurre tiene una explicación evolutiva?

Debemos tener presente un hecho: a la selección natural le tiene sin cuidado nuestro bienestar, ella solo busca que nos reproduzcamos. No en vano, la mayoría de las patologías graves se desencadenan cuando ya hemos cumplido con la etapa reproductiva. Las que ocurren antes se ven siempre sometidas a la misma ley, que prima todo lo que esté a favor de la supervivencia de la especie.

¿Qué ventaja evolutiva aporta la senectud?

Importante paradoja: ¿para qué vivir cuando ya no podemos reproducirnos? Según la ‘hipótesis de la abuela’, la selección natural ha apostado por la tercera edad porque la ha visto útil para colaborar en el cuidado de la crianza, aparte de las ventajas que ofrece el solapamiento generacional para la transmisión de saberes. Somos una especie muy dependiente, sobre todo en las primeras etapas de la vida. Los abuelos están ahí porque los necesitamos, son útiles para la supervivencia de la especie.

¿La ansiedad y el insomnio también tienen una razón de ser evolutiva?

La ansiedad es como ese detector de humos hipersensible que salta sin motivo: es una lata soportar sus falsas alarmas, pero es peor sufrir un incendio. A lo largo de la evolución, el exceso de preocupación nos sacó las castañas del fuego en más de una ocasión, y ese impulso se ha quedado en nosotros. Con el insomnio pasa algo parecido: a las primeras comunidades de homínidos les vino muy bien contar con un individuo que dormía mal y pudo avisar de peligros que acechaban en la noche.

"Los más inteligentes tienen más posibilidades de padecer depresión, ansiedad, asma y alergias"

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¿Es cierto que la inteligencia y el sistema inmune están relacionados?

La historia de la evolución está llena de casos de pleiotropía, que es lo que ocurre cuando la modificación de un gen tiene efectos positivos en un área y negativos en otro. Cuando el beneficio es superior al perjuicio, lo habitual es que ese cambio genético se consolide en la evolución de la especie. Se ha observado que los mecanismos que activan al cerebro afectan a la vez al sistema endocrino. El resultado es que personas con el coeficiente intelectual elevado, y que por tanto tienen un cerebro hiperactivado, suelen padecer más trastornos del ánimo, como ansiedad y depresión, y problemas del sistema inmune, como alergias y asma. La ventaja de saber esto es que, tratando un síntoma, se puede ayudar a corregir los demás. 

¿Por qué ha incluido a la adolescencia entre los trastornos que analiza en su libro?

Somos la única especie que vive esa etapa marcada por el caos físico, anímico y hormonal, que a menudo se expresa con conductas de riesgo, agresividad y trastornos afectivos. El sentido de tanto sufrimiento es que en esos años nos dedicamos a ensayar prácticas humanas que vamos a necesitar de adultos. La agresividad nos ayudará a defendernos de mayores y las técnicas de cortejo, que son tan importantes en esa edad, nos servirán para encontrar pareja. Además, en ese momento tiene lugar una poda neuronal que reajusta el cerebro. Es como si le diéramos una segunda oportunidad al aprendizaje. 

Vista desde la teoría evolutiva, la enfermedad cobra un sentido distinto al que solemos darle. ¿Erramos cuando la despreciamos o nos empeñamos en esconderla?

Sí, porque, en realidad, una enfermedad es la historia de una lucha. A través de ella, nuestro cuerpo trata de reparar el daño que padece. Deberíamos hacer una lectura positiva de esa experiencia, porque mientras hay enfermedad, hay vida. Solo cuando nos rendimos, morimos.

Somos la única especie que es consciente de su muerte. ¿En términos evolutivos, qué consecuencias tiene conocer ese dato?

Nos mueve a actuar pensando en el mundo que dejaremos a las próximas generaciones. Un ejemplo es la lucha contra el cambio climático: estamos dispuestos a sacrificarnos para que el mundo sea mejor cuando ya no estemos aquí. El único modo que tenemos para combatir la angustia de saber que vamos a morir es hacer cosas que merezcan la pena. Dejar un buen recuerdo en los vivos es una forma de no morir del todo.

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