Nunca lo habría imaginado, pero el asesinato de su hija, ese desgarro incurable que la ha matado en vida, le ha inyectado al mismo tiempo la fuerza casi inhumana que la empuja a levantarse cada día con un solo objetivo en la vida: continuar «el legado que ha dejado Marta Calvo» y que no es otro que «impedir que su asesino vuelva a ver la luz del día» para que nunca más pueda hacerle daño a una mujer. Él, y cuantos sean como él. Primera pregunta. ¿Qué le diría si lo tuviera ante usted? «Que voy a luchar hasta el final, me cueste lo que me cueste, aunque me cueste la vida. Voy a luchar para q ue cumpla su condena íntegra y que personas como él no puedan salir de donde están. Que no salga de la cárcel ni un solo día antes de lo que diga la condena. De hecho, voy a luchar hasta el final por la prisión permanente revisable, para que cumpla esos 20 años de manera íntegra y luego, ya nos veremos en la revisión. No voy a parar hasta conseguir eso». Y sentencia: «Voy a ser su peor pesadilla; su error fue hacerle daño a mi hija». Marta, su hija, era también su amiga „incluso iban a montar juntas un centro de estética y compartían cada confidencia„ y es su primer pensamiento cada mañana. Han pasado 10 largos meses desde aquel 7 de noviembre en que Marta Calvo encontró la muerte en la casa de Manuel alquilada por su presunto asesino, Jorge Ignacio P. J., en prisión a la espera de juicio desde el 6 de diciembre. A estas alturas, Marisol tiene claro que «es un asesino en serie un psicópata» y que hay más chicas que no se han atrevido aún a denunciarle. «Tengo claro que son crímenes machistas», resume. El de Marta, pero también los de Arliene Ramos, Lady Marcela Vargas y las agresiones a las ocho supervivientes que han declarado hasta ahora contra él. Y precisamente para poner cara a esa lucha ha roto el silencio y se ha decidido a salir en los medios de comunicación.

Esta es la primera vez que habla para un medio escrito, y ha querido que fuese en Levante-EMV. Desde el principio, el de Marta Calvo se convirtió en uno de esos casos mediáticos que bombardean al espectador mañana, tarde y noche. Pero Marisol se ha mantenido siempre en un discreto segundo plano. Si había que atender a los medios, lo hacían sus abogados, Vicente Escribano y Pilar Jové. Después, designaría un portavoz , el psicólogo clínico especializado en duelo y emergencias Mariano Navarro, su sanador. Nunca ha querido protagonismo. Ahora tampoco. Busca visibilidad para su lucha personal, después de meses de trabajo psicológico para cargarse de fuerza. Mantiene la serenidad, pero no puede evitar emocionarse, romperse y llorar. Demasiado dolor. Pero es fuerte. Y tenaz. ¿Cómo se puede vivir tras una experiencia tan extrema como esta? Guarda silencio. No necesita ordenar sus ideas; necesita respirar. Coge aire.

«Es difícil, muy difícil vivir así. Lo fácil sería no levantarme de la cama cada mañana, pero no? Mi hija ha pagado con su vida. Ella ha dejado un legado, muy importante, que ha sido encerrar a este delincuente. Y su legado continúa, porque ahora soy yo quien lleva el testigo para que ese no salga de donde está y no vuelva a ver jamás la luz del sol sino es desde detrás de los barrotes. Y lo voy a cumplir hasta el final». Primer propósito: «Estoy convencida de que hay más mujeres víctimas de este individuo, y lo que busco es darles fuerza para que den la cara, para que salgan a la luz y se atrevan a denunciar. Ojalá sea así y se decidan, porque estamos hablando de un asesino en serie, de un auténtico psicópata, a quien hemos conseguido parar gracias a mi hija. Ella lo ha pagado con su vida. Si no hubiera sido por Marta, no sabemos hasta dónde habría podido llegar. Y ahora está donde tiene que estar, en la cárcel». Segunda propósito: «No puede ser que una persona, además de matar a otra, encima se acoja a su derecho a no declarar para no revelar qué hizo con el cadáver».

Era viernes, 8 de noviembre, y Marta llevaba 24 horas sin dar señales de vida. Con la ubicación que le había enviado a las 2.30 horas del día 7, se plantó ante la casa alquilada por Jorge Ignacio P. J., en Manuel. «Fui al salir del trabajo, en busca de mi hija gracias a que ella me había enviado la ubicación. No iba con miedo, pero sí con mucha ansiedad, porque llevaba 24 horas sin saber nada de ella, y eso no era normal. Yo no tenía en el pensamiento que iba a encontrarme con una mala persona. Solo quería encontrarme a mi hija y a este chico y decirle: "Marta, hija, enciende el móvil y dime que estás bien". Solo pensaba eso, que ella estaría allí y me diría "no te preocupes, que estoy bien". Cuando llegué, había luz dentro, pero nadie respondió al timbre. Vi a dos chicos un poco más abajo y les pregunté quién vivía en la casa. Me dijeron que un chico solo, un poco raro, que a veces no estaba y que no se daba a los vecinos, que no era sociable. Volví a llamar y siguió sin abrir. Seguí buscando y encontré un señor mayor, al que pedí ayuda. El hombre me acompañó, porque pensó que algo pasaba, y volví a llamar. Habían pasado unos 20 minutos desde la primera vez. Cuando abrió, le pregunté por Marta, y, sin mirarme a los ojos, contestó que no conocía a Marta. Le volví a preguntar: "¿No conoces a Marta Calvo"? Y me contestó, igualmente sin mirarme a mí: "No. La verdad es que vengo ahora mismo de trabajar y me iba a duchar. Por eso no abría". Fue entonces cuando le dije que tenía la ubicación porque mi hija me la había enviado, así que sabía que mi hija había estado ahí, y que estaba desaparecida. Si llego a estar sola y me hubiese dicho que entrase con la excusa de que Marta estaba dentro, habría entrado. Cualquier madre lo habría hecho. Y tengo claro que no habría salido de allí con vida, porque a él se le complicó mucho la vida cuando me vio allí, con la ubicación en el teléfono. Tal vez pensaba que Marta estaba sola. Y Marta no está sola, eso, que lo tenga claro».