06 de enero de 2016
06.01.2016

«Sonidos» de Valencia

06.01.2016 | 04:15

Soy vecino de Valencia desde hace más de 20 años. Me gusta mi ciudad y su gente. Pero no entiendo porqué la diversión de unos implica la molestia de los demás. Escribo estas líneas a las 6.50 de la mañana del 1 de enero en mi apartamento cerca de la Ciudad de las Ciencias. Anoche conseguí dormirme en un receso de la música de la fiesta de fin de año en el Umbracle. Pero a las 5.30 la mañana me ha despertado el alto ruido ambiental. Era imposible seguir durmiendo. El disc jockey decía que se tenia que ir... Pero apareció otro que continuó con la fiesta.
Me levanté y con un sonómetro medí los niveles de contaminación acústica: en la terraza de mi apartamento, a unos 250 metros de distancia del fiestorro, había un nivel medio de unos 85 dBs con picos de 98 (equivalente a tener una motocicleta funcionando en la terraza) y en la habitación donde duermo el nivel medio era de unos 58 dBs con picos de 70 (equivalente a dormir con una aspiradora moderna funcionando). La legislación vigente permite niveles máximos de ruido de 55 dBs en bares y terrazas exteriores, cuando el nivel de ruido de los altavoces del fiestorro debían andar por más de 120 dBs.

No entiendo como aún se permiten estos atropellos. Pero esta perplejidad se torna en estupor cuando se tolera por un Ayuntamiento gobernado por un alcalde de un partido (Compromís) que promueve medidas ecologistas. Aunque me temo, por la evidencia, que la enorme contaminación sonora no la consideran punible, ya que parece estar en la línea del espíritu valenciano más casposo. No estoy contra las fiestas, pero aborrezco aquellos eventos en los que la diversión de unos implica no dejar dormir al resto de la ciudadanía. Bueno eso tiene la ventaja de que me ha despertado a las 5.30 de la mañana he podido pasear al perro, muy temprano y ser testigo de que el espíritu de nuestra anterior alcaldesa sigue muy vivo con el mismo paisaje después de la batalla: las calles llenas de botellas rotas y vasos tirados en la vía pública y cerca de las papeleras que, por cierto, permanecían vacías. Francisco J. Meseguer. Valencia.

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