La puglia italiana

Viaje a los confines de la Corona de Aragón

Otranto, la ciudad más oriental del antiguo Reino de Nápoles que dominó el Magnànim, conserva nombres de calles, escudos de piedra y memoria viva de la confederación que dominó el Mediterráneo

14.05.2013 | 02:09
Monumento a los muertos en la batalla de Otranto delante de las fortificaciones que protegen la población más oriental del antiguo Reino de Nápoles.
Monumento a los muertos en la batalla de Otranto delante de las fortificaciones que protegen la población más oriental del antiguo Reino de Nápoles.

Una densa bruma matutina envuelve la ciudad italiana de Otranto y ése parece el clima idóneo para ambientar esta ciudad-fortaleza enclavada justo en el tacón de la bota itálica que divide los mares Adriático y Jónico y que ha quedado inmortalizada como el escenario de la primera novela gótica de la historia (El castillo de Otranto, de Horace Walpole). Pero esta bruma de aires fantasmagóricos que hoy impide avistar la cercana costa balcánica de Albania „a sólo 70 kilómetros de distancia y visible en días normales„ no sólo encaja a la perfección con el terror literario de Walpole, sino que también se acomoda con la nebulosa memoria de la Corona de Aragón, aquella potencia mediterránea liderada por el Reino de Valencia en el siglo XV que implosionó con la desfeta de 1707 para integrarse definitivamente en España.

Aquí, en Otranto, fue donde la Corona de Aragón llegó a su punto más oriental del Mediterráneo con una solidez duradera, más allá de la efímera quimera medieval de los ducados de Atenas y Neopatria nacidos y extinguidos en el siglo XIV. Y aunque medien 1.612 kilómetros de distancia con Valencia en línea recta, ese legado histórico aún palpita en esta ciudadela medieval.

Nada más cruzar la puerta de las murallas que protegen la ciudad de Otranto, la huella de la Corona de Aragón se hace visible. «Via Alfonso d´Aragona, liberatore del secolo XV», luce en la placa de una de las calles principales de esta ciudad turística. «Piazza Alfonso d´Aragona», se extiende en el otro extremo de la población. «Torre Alfonsina», aparece al pie de unas de las fortificaciones más destacadas. Por aquí y por allí aparecen escudos de piedra de la Corona de Aragón. Son todo homenajes al nieto homónimo de Alfons el Magnànim, el rey que abanderó el periodo de máximo esplendor histórico de Valencia y que conquistó el Reino de Nápoles para la Corona de Aragón tras liberarlo del dominio francés de la dinastía Anjou.

Porque la Terra d´Otranto „su antiguo nombre„ formaba parte de aquel reino napolitano tan hermanado con Valencia. De hecho, debido a su proximidad con el mundo de los turcos otomanos, el puerto de Otranto era clave para controlar que los piratas musulmanes no invadieran el territorio italiano, que tenían a tiro de piedra, y vigilar que el infiel no llegara a Europa por su parte más cercana. «Siempre ha sido una tierra de mezcla de culturas marcada por el intercambio entre las dos orillas del mar», explica por las calles de la ciudad Giuseppe Giordano, escritor, trotamundos y buen conocedor de la región italiana de la Puglia.

Se entiende así que la Unesco la haya declarado «Ciudad mensajera de la cultura de la paz», como presume una placa fijada frente a los muros de Otranto ante la que se paran los ríos de escolares que han venido de excursión a esta ciudad dominada por mesápiros, griegos, romanos, bizantinos, normandos, suabos, angevinos y aragoneses.

Un mar de calaveras
La convivencia entre culturas en la bella Otranto, sin embargo, sufrió una traumática herida en 1480 bajo el dominio de la Corona de Aragón. Una cicatriz de la que pervive un recuerdo escalofriante que atrapa a todos los viajeros. El símbolo son 800 calaveras. Son los restos óseos de los llamados «mártires de Otranto», que serán canonizados el próximo domingo en el Vaticano. Las calaveras se exhiben en el ábside de esta catedral, famosa por sus mosaicos del siglo XII, mientras los alumnos de la excursión escuchan boquiabiertos la reflexión de su profesora: «Estas personas dieron la vida en nombre de Jesús. ¿Cuántas personas estarían hoy dispuestas a hacerlo?».

En medio de las siete vidrieras que contienen los osarios con las 800 calaveras otrantinas „una macroreliquia con aires macabros„, el ábside está presidido por una inscripción que resume aquel sangriento episodio histórico que arranca en las primeras horas de la mañana del 29 de julio de 1480, cuando desde las murallas de Otranto se avistó una flota compuesta por 90 galeras, 15 mahonas y 48 galeotas con 18.000 soldados a bordo. Los guiaba el bajá Agometh y estaban a las órdenes de Mehmet II, el sultán que dirigía a los turcos otomanos y que soñaba con hacer con Roma lo que su pueblo ya había hecho con Bizancio tres décadas antes en la otra orilla del mar: conquistarla y someterla al islam.

Después de dos semanas de resistencia, 800 otrantinos que no se rendían ni querían convertirse a la fe islámica „pescadores, artesanos, agricultores„ fueron decapitados sobre una piedra que todavía se conserva en la catedral. El sur de la actual Italia, entonces dominio pleno de la Corona de Aragón, corría peligro. Hasta el papa Sixto IV quería huir hacia Aviñón. La cristiandad estaba en aprietos. Pero el rey de Nápoles, Fernando de Aragón „hijo bastardo del Magnànim„ envió a su primogénito Alfonso de Aragón, el duque de Calabria, con la misión de reconquistar Otranto. Ese objetivo lo consiguió el 13 de septiembre de 1481 con la derrota de los otomanos. Trece años después, el nieto del Magnànim ascendería al trono napolitano como Alfonso II de Aragón.

El vecino con memoria
El recuerdo de la Corona de Aragón en esta tierra alejada de Cataluña, Aragón, Valencia o Baleares no sólo pervive en las piedras y los libros. Asaltado por el periodista en mitad del puente que comunica la ciudadela fortificada con el resto de la ciudad, Massimo Merola desmonta la idea preconcebida en quien preguntaba. «¿Si sé quién era Alfonso de Aragón? Claro, era el administrador español que tuvimos y que reconquistó la ciudad que habían tomado los musulmanes», responde con seguridad y sin hacer la distinción oportuna entre «español» y «de la Corona de Aragón». Sin embargo, este buen hombre que después invita a un refresco en la plaza del pueblo y que no se cansa de pedir la «necesaria revolución», prefiere subrayar que, a pesar de aquella convulsión histórica, «Otranto no ha perdido nunca su carácter de acogida. Incluso poníamos pan y leche a las puertas de las casas para los inmigrantes albaneses que llegaban de noche a la ciudad sin nada que comer».

Así es la Puglia, un tacón geográfico falcado entre Oriente y Occidente y bañado por dos culturas. Una cuña de tierra con 850 kilómetros de costa por la que no paran de asomar olivos centenarios por la ventanilla del avión antes de aterrizar en el aeropuerto de Bari. «Mira quina escampà d´oliveres!», exclama un llaurador de la Ribera que ha venido acompañado por otros 16 agricultores valencianos dispuestos a recorrer la Puglia y conocer cultivos de la zona, especialmente el albaricoque.

La escampà es, exactamente, de 51 millones de olivos. Parece una exageración sobre el papel, pero in situ se antoja del todo creíble al ver la repetición inacabable de troncos nudosos y retorcidos con mil formas caprichosas que saludan al viajero desde el borde de las carreteras y en mares verdes interminables. Muchos de ellos son olivos centenarios, o milenarios, en los que caben hasta cuatro personas en el interior del tronco, como en éste de la ciudad de Ostuni.

No extraña, pues, la veneración que aquí sienten por el aceite con denominación de origen. Es sentarse a la mesa y, si hay un gourmet local como es el caso, asistir al ritual del olio: se escancia en un vaso, se calienta la base del recipiente con la palma de la mano, se aspira su olor como haría un sumiller con el mejor vino, y luego se sirve en el plato y se cata con pan. Toda una liturgia para una región que produce el 40 % del aceite italiano y el 15 % de la producción mundial.

El conde espabilado
El territorio de la Puglia también cuenta hoy con ciudades turísticas como la cuidada y señorial Lecce, de 95.000 habitantes. Conocida como «la Florencia del Sur» por la exuberancia barroca de sus monumentos, resulta tan admirable contemplar su típica piedra amarilla con la que levantaron palacios e iglesias como adentrarse en la misa de las siete de la tarde en la impresionante basílica de la Santa Croce y comprobar que los turistas superan a los 16 feligreses que asisten al oficio.

El turismo intenso se completa en ciudades como la marinera Ostuni, una especie de Altea blanca con aires bizantinos situada en un alto para vigilar la llegada de los turcos, o Alberobello, la ciudad que cuenta con 1.300 casas con techos cónicos de piedra en seco, sin argamasa, llamados trulli. Servían, según la leyenda, para que el conde feudal Giangirolamo Acquaviva de Aragón tuviera aquí a una comunidad de siervos, sin el conocimiento del rey, para escaquearse del pago de impuestos a la corona que había de cumplir toda población. Con ese fin, el conde necesitaba poder desmontar las casas con ocasión de las visitas reales de inspección. Quitaban los techos móviles para dar la impresión de que allí no vivía nadie y, pasado el peligro, volvían a cubrir aquellas casas que hoy son Patrimonio de la Humanidad y junto a las cuales todos los turistas se quieren retratar.

Más desconocido para los turistas-relámpago es la riqueza cultural del Salento, el sur de la región de la Puglia. Más que los vestigios de la Corona de Aragón, aquí palpita el pasado de la Magna Grecia que un día fueron. Y no sólo por las iglesias de cruz griega que se resistieron durante siglos a las de cruz latina, sino también por el griko, ese dialecto del griego medieval bizantino surgido en el siglo IX que pervive de forma residual en nueve pueblos de la región y donde sólo lo conocen algunos mayores.

Tras ser abandonado por los ricos en beneficio del latín, el griko ha pervivido gracias al pueblo llano. Gente como Carlota, Pantaleo, Donato y Antonio, de la localidad de Martignano, quienes hacen una exhibición de este idioma en peligro antes de regalar una bolsa de habas, un ramo de camomila y un puñado de sonrisas. Hasta aquí, hasta la Magna Grecia que habla griko y baila al son de la tarantella, llegó la Corona de Aragón. Aunque no lo sepan estos cuatro amables puglieses y pese a que la bruma de la Historia lo haya borrado de la memoria valenciana.

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