Testimonios

El organista de Nagasaki y la colegiala de Hiroshima piden no olvidar el horror

Supervivientes del ataque atómico de 1945 reclaman en València la abolición de las armas nucleares

16.05.2017 | 08:31
Tanaka Toshiko, superviviente de Hiroshima; Mise Seiichiro, de Nagasaki; y Sunahara Yukiko, hija de superviviente de Hiroshima, ayer.

Las pequeñas manos de Mise Seiichiro tocaban el órgano aquella mañana del 9 de agosto de 1945. Tenía diez años y estaba imitando con el teclado musical el estruendo de los bombarderos americanos B-29 que surcaban el cielo de Nagasaki. Su abuela, que preparaba el almuerzo, regañó a su nieto. Le ordenó que dejara de tocar porque los vecinos podían confundir el sonido con el vuelo enemigo. Mise obedeció. Retiró las manos del teclado. Y muy poco después, a las 11.02 de la mañana, todo cambió.

A 3,6 kilómetros de la casa de Mise Seiichiro cayó la bomba atómica. La llamada « Fat Man». Han pasado 72 años del día más luctuoso para Nagasaki. El señor Seiichiro ya no tiene edad para jugar con el órgano. Ahora, en vez de acariciar teclas, sus manos van sacando de una bolsa blanca horripilantes fotografías en blanco y negro. Las enseña con vehemencia. Cuerpos abrasados, calaveras en el patio de su escuela, la nube de humo con forma de hongo que dominó el cielo de Nagasaki.

Él sobrevivió a la masacre. Es lo que se llama un hibakusha: los supervivientes de los bombardeos nucleares a civiles de Hiroshima y Nagasaki. Y en el marco de una gira por 22 países, ayer visitó València, junto con otros dos supervivientes y con miembros de la segunda generación de bombardeados, para relatar aquel horror. Para que nadie olvide la capacidad devastadora de la energía atómica. Y para conseguir que la ONU prohíba las armas nucleares. Tanto las Corts como el Ayuntamiento de València firmaron ayer su petición de la mano de Enric Morera y Joan Ribó.

Su andar ágil, sus saludos reverenciales con inclinación de cabeza y torso, su corta estatura. Todo llama la atención, pero menos que su mirada y su gesto serio. Cuenta que no quiere que nadie olvide. Que no olvide el enorme resplandor blanco de la bola de fuego que rompió todos los cristales de su casa antes de que su madre y su abuela empezaran a gritar los nombres de los pequeños. Que nadie olvide el intenso olor a quemado que dejó la explosión, ni tampoco se olviden los gritos de los heridos que clamaban «matadme, matadme» ante el sufrimiento de las quemaduras. «Quiero que los americanos vean esto. Pero a ellos no les interesa. Los que quieren mantener las armas nucleares no quieren verlo», cuenta Mise Seiichiro a Levante-EMV mientras muestra las fotografías.

Quien tampoco quiere verlas es Tanaka Toshiko. Tenía seis años y se dirigía a la escuela en la mañana del lunes 6 de agosto de 1945 en la que, a solo 2,3 kilómetros de distancia, el Enola Gay soltó la bomba atómica. La primera, la llamada «Little Boy».

Tanaka se cubrió la cara con su brazo derecho y sufrió quemaduras en su cabeza, en un brazo y en el lado izquierdo del cuello. Superó la fiebre alta y los episodios de inconsciencia de aquella noche. Pero sobrevivió. Y no todo cicatrizó del mismo modo. «No quiero ver esas fotografías porque me recuerdan lo vivido», esgrime. Y lo vivido fue un horror: una temperatura que alcanzó el millón de grados centígrados; 246.000 muertes estimadas (166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki) por la devastación y la radiación hasta finales de ese año; un gran trauma nacional.

La microhistoria oculta

Pero detrás de la gran historia se ocultan pequeñas historias desconocidas. Como el estigma que ha perseguido a los hibakusha en las décadas posteriores. El miedo a que ese pasado radiactivo fuera contagioso. Para casarse o para encontrar trabajo. A Mise Seiichiro le ocurrió. Los padres de su esposa estaban preocupados por esa cuestión. Por ello, cuenta que tenía tanto miedo del fruto de su radiación que, al nacer su primer hijo, lo primero que miró fue si su cuerpo sufría malformaciones. Y no.

Sunahara Yukiko, que ya integra la segunda generación de supervivientes de Hiroshima, relata un caso que permite entender el estigma. «Cuando mi hermano iba a casarse, mi madre preparó los resultados de un completo chequeo sanitario para poder demostrar que estaba bien de salud», cuenta. Después de los cientos de miles de muertos, recordaba ayer el señor Seiichiro, «hemos vivido con los problemas de la salud y también aguantado las miradas y los prejuicios. Ahora nuestros hijos están viviendo el miedo por ser la segunda generación de hibakusha», añade.

Por todo el horror visto, vivido y recordado en un cuerpo tan menudo, y actuando como portavoz de los supervivientes de las bombas atómicas, Mise Seiichiro pidió ayer en el Ayuntamiento de València que los países acuerden la prohibición de las armas nucleares. «La tensión internacional se ha intensificado. Y no podremos construir un mundo en paz usando armas nucleares». Desde un atril del ayuntamiento, pidió «que no vuelva a producirse la tragedia otra vez». «Recibimos este planeta de manos de nuestros ancestros y debemos cuidarlo para pasarlo a la siguiente generación», dijo el señor Seiichiro, que una mañana de agosto tocó en su órgano la melodía más triste de Nagasaki.

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