El Valencia puede desaparecer

23.09.2013 | 02:04

Julián García Candau

Aviso para barcos pesqueros y navegación de cabotaje: El Valencia Club de Fútbol puede desaparecer. Es error gravísimo considerar que su crisis es deportiva. El problema del club es societario. Los goles y los puntos son importantes y sufriendo derrotas los males se pueden acrecentar, pero lo auténticamente preocupante es la debilidad en la dirección de la entidad. El Valencia no está a salvo.
Contra Manolo Llorente se argumentó, entre otras cosas, que era hombre de Bancaja. Era razonable que la entidad bancaria pusiera al mando del club, del que era y es máximo acreedor, a un hombre de su confianza. Al menos, con Llorente los conflictos económicos se iban superando y cuando muchos de quienes gritan en Mestalla no acudieron a la ampliación de capital, encontró la fórmula para seguir huyendo hacia adelante.
A los actuales responsables (?) del club los eligió no el acreedor sino los políticos. Amadeo Salvo y Aurelio Martínez son hombres catapultados por el Consell y el Ayuntamiento. La primera medida de quienes les han llevado al palco ha sido renunciar al aval con lo que los han dejado con el trasero al aire y sin prestigio político tras el abandono de los suyos.
El señor Salvo se ha retratado, y viajado, y de acuerdo con ciertas doctrinas políticas actuales, está incumpliendo todas y cada una de las promesas. Predicó la valencianización del equipo y no prorrogó el contrato de Albelda. Éste, además de garantizar los pasillos de seguridad, lo que no hace ninguno de los actuales miembros de la plantilla, tenía autoridad moral en el vestuario. No creo que el señor Salvo pueda afirmar que él tiene un capitán con mando en plaza. Pretender que Ever Banega sea la referencia del equipo es un insulto a la inteligencia de los socios del club.
Llorente tenía la conformidad de Valverde para continuar en el equipo, pero tras la primera conversación con Salvo consideró que lo mejor era alejarse. Soldado no era un valencianista con auténtico pedigrí, pero quería seguir en el club. Tras sus conversaciones con el presidente pensó que lo mejor, anímica y económicamente, era partir. La frase preferida de los disidentes fue afirmar que no creían en el proyecto de Salvo y parece que estaban en lo cierto.
El actual presidente plantea el futuro ad calendas graecas. Se llena la boca hablando de los neonatos fenómenos de Paterna. Allí, para darse imagen de valencianista con historia le ha dedicado la Ciudad Deportiva a Antonio Puchades. Bien poca cosa para quien impulsó la gran ampliación del viejo Mestalla. En definitiva ha sido pura imitación del Madrid que le puso a la suya el nombre de Alfredo Di Stéfano. Los fenómenos de Paterna son tiempos de incertidumbre y lo que el club requiere ahora son realidades.
El club ha gastado 180.000 euros en una auditoria que no ha añadido nada a lo que sabíamos. Valencianizar el club ha entendido el señor Salvo que con-sistía en pintar el graderío con un mur-ciélago, gasto también innecesario.
Llorente gestionó con Rodrigo Rato el acuerdo salvador con Bankia. Se lo cargó el Banco Central Europeo porque la entidad bancaria fue nacionalizada. Ahora, los nuevos dirigentes siguen sin llegar a pactos concretos con los que salvar el grave problema actual. Recurrir a cargar sobre la herencia recibida es mensaje que huele a naftalina y claro trufo.
El Valencia necesita cirugía urgente y si bien Vicente Boluda no puede ser santo de devoción de ningún aficionado valenciano al fútbol, es antivalencianista y falso granota, si dijo una frase con trellat. Hay que vender al primero que llegue con dineros, que se haga cargo de las deudas, que las refinancie y que acabe el nuevo estadio. En Valencia todavía es posible una solución. Incluso prescindiendo del comprador foráneo, operación de la que se han beneficiado, y para bien, grandes clubes europeos, que no se la han cogido con papel de fumar. En casa aún hay gentes con capacidad económica y buenos deseos para solventar lo más urgente de la crisis. Al margen de la sentencia sobre el aval, tal vez los actuales dirigentes no tienen capacidad para ser el banderín de enganche que urge para romper con esa frase tópica de que el futuro es más oscuro e incierto que el reinado de Witiza.

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