25 de agosto de 2015
25.08.2015
Luto en el ring

"El boxeo me dio vida"

Sandra Añares, que sabía que su vida iba a ser corta, fue una pionera del boxeo femenino valenciano

25.08.2015 | 10:46
Con el ex campeón del mundo Javier Castillejo.

Afrontaba lo irremediable de su enfermedad con naturalidad. «Se te va comiendo el pulmón y llega un momento que no da más de sí» comentaba mientras bebía agua de forma compulsiva. Aún así, en su expresión se notaba su espíritu combativo. Sandra Añares deja un legado de fuerza de voluntad indómita.

Más aún que los tatuajes que lucía en el cuerpo. Sandra Añares seguía erre que erre, mostrando los prospectos de la Federación Española de Fibrosis Quística que la había ayudado y para la que quería recaudar fondos en una velada celebrada hace ahora un año. En aquel momento, el boxeo mostró su cara amiga, la que hace a los rivales en el cuadrilátero amigos tras el tañido de la campana. Allí pudo recaudar unos cientos de euros (recibió un gigantesco talón nuevamente en la cama del hospital, pues recayó al poco tiempo) y recibió la visita, entre otros, del ex campeón del mundo Javier Castillejo. El pasado fin de semana, la fibrosis quística se llevó el último asalto de su vida. Ella sabía desde que nació que su vida iba a ser corta, pero lo afrontaba con entereza. Con la misma que explicaba cómo había visto morir a otras chicas con las que compartía tratamiento.

Su fallecimiento el pasado fin de semana ha hecho que muchos oyeran hablar de ella por primera vez. Pero, como dice el presidente de la Federación Valenciana, Leopoldo Bonías, «quedará en la historia como una pionera. Cuando ella empezó a hacer guantes no lo hacía nadie o prácticamente nadie en la Comunitat Valenciana. Ahora tenemos tres chicas en Elche que han sido medallistas en campeonato de España y tenemos a Eva María Naranjo, que ha dado el salto al profesionalismo. Ella llegó antes que nadie». Cuando apareció en escena, el boxeo femenino era una rareza, con su punto de morbo de ver a dos señoras liándose a mamporros, algo que, a estas alturas, empieza a verse con mucha más normalidad.

Y también su historia reconcilia con el noble arte. Ella mismo lo recordaba. «Había probado el taekwondo, el kickboxing... pero necesitaba algo que no fuera golpear con las piernas. Y en cada pelea me veía enfrentándome a mi propia enfermedad. Gracias a los años que estuve entrenando conseguí parar los efectos de la enfermedad. La rehabilitación era el entrenamiento. Tantas cosas que se dicen del boxeo y a mi lo único que me ha dado es vida».

Su carrera se interrumpió hace ocho años, cuando se quedó embarazada y después ya no tuvo fuerza para volver «y es algo de lo que me arrepiento muchísimo» rememoraba hace ahora un año. Su hija no ha heredado la enfermedad, algo que a ella la llenaba de alivio.

Su última velada había sido en 2007, cuando se marchó a pelear a Vitoria acompañada de su amigo Fernando «El Diablo» Luz y Julio Alberto Barsena, „ese que ahora purga en la carcel por dejar ciego a un profesor al arrojarle ácido por encargo y además, equivocarse de víctima„. Fernando Luz estuvo en el entierro. Estuvo la familia del boxeo. Francisco Tamarit, el gurú del boxeo de Sedaví, que guió sus pasos como amateur; Julio María, el comentarista que, todas las madrugadas de velada expande a los cuatro vientos sus crónicas; Sento Martínez, el entrenador de las promesas del boxeo valenciano; José Ramón Parra, el entrenador del Ru&Ar... apenas dos días antes de irse fue a visitarla Alberto Alcaraz «El Cobra». «Me dijo „comenta Bonías„ que estuvo hablando con ella pero que cada diez o quince minutos se dormía. Los últimos meses han sido muy dolorosos».

La visita del Tigre
Gonzalo Campos, miembro de la federación española, recordaba cómo el pasado abril fue a verla acompañada por Roberto Santos, el «Tigre de Benidorm», horas después de que éste ganara el título de la Unión Europea. «Viajamos desde Benidorm a Valencia nerviosos y deseando llegar para conocer a Sandra y entregarle el chandal de la selección nacional que el presidente de la federación española me había encargado entregarle en nombre de todo el boxeo español, y algunos regalos que Roberto llevaba para ella. Al llegar al hospital, nos esperaba en la puerta Amelia, su mamá, y subimos a conocerla. Sandra estaba en la cama y cuando vio a Roberto le cambió la cara. «Ha venido a verme el tigre», decía. Roberto portaba el cinturón recién conseguido y Sandra enseguida lo tomo entre sus manos y lo besó haciéndolo suyo. Nos dijo que le habíamos regalado uno de los mejores días de su vida». Ahora queda el recuerdo de una lucha tenaz por la vida. Y hubo pelea.

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