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Nadie puede ayudarnos mejor que nosotros mismos

Editorial

 05:30  

Basta ya de esperar, como quien implora desde el desierto el maná, a lo que diga el Banco Central Europeo o el comisario de turno de de Bruselas. Basta ya de anhelar que afloje la canciller de hierro o que mueva otra vez los labios Mario Draghi, a cuyas palabras algunos atribuyen poderes taumatúrgicos. La redención iba a llegar el jueves en una reunión de las grandes cabezas económicas europeas y seguimos como estábamos, quizá más cerca de otro rescate, porque no hay días milagrosos, ni pócimas extraordinarias, ni salvaestados. La solución a estos males vendrá de nosotros mismos, del empeño que pongamos por cambiar para poder exigir a los demás seriedad, compromiso y hasta solidaridad si hace falta.

No brota la esperanza, no surgen en Europa medidas contundentes y unitarias para atajar la crisis por una gigantesca desconfianza cimentada en prejuicios y distorsiones de imágenes como esta. Nunca fuimos ricos, vivimos de prestado con créditos baratos. Nos hipotecamos hasta las cejas para alimentar una administración elefantiásica e insaciable por las veleidades de políticos «naïf» que inculcaron la cultura del «gratis total» o se empeñaron en deslumbrar al mundo con sus ensoñaciones. Cedimos nuestros mercados y nos endeudamos con quienes ahora amenazan con «embargarnos».

La realidad es que nadie está obligado a regalarnos alegremente su dinero por militar en el mismo club, pero los vecinos del Sur no son tan manirrotos e indolentes como temen los aplicados del Norte. Unos y otros sólo tienen parte de razón. La voluntad reformista caló aquí por obligación, cuando la presión externa de los entusiastas del don de la austeridad resultó ineludible. Hemos hecho concesiones, aunque bastantes de ellas no eran las más necesarias, pero la prima de riesgo que está a punto de asfixiar España nunca podrá controlarse sin que los germanos asuman la responsabilidad que les corresponde. Si el euro salta por los aires será un desastre hasta para Angela Merkel.
Lo decepcionante en esta sucesión de recortes por entregas es que nadie da la sensación de tener claro, ni Alemania, hacia qué abrigo navega la nave. En vez de seguridad y certezas, de estímulos para resistir con moral el esfuerzo, esta actitud desconcertante inspira indignación. Un monumental cabreo comprensible viendo volar los millones que despilfarran los malos gestores públicos o al juez Dívar pelear por su jugosa indemnización.

España no va bien, y a nosotros no nos sirve culpar a rebuscados enemigos ajenos. La crisis no ha hecho más que situarnos frente al espejo. La verdadera raíz del mal está en la falta de dinamismo de la economía española y también en cómo se negoció nuestra entrada en el Mercado Común. Dos décadas de millonarios fondos de cohesión y estructurales, allegados de Europa a cambio de reducir nuestro sistema productivo y de convertirnos en clientes ávidos de productos del exterior, no han sido suficientes para poner en pie un modelo alternativo solvente que genere crecimiento sólido y empleo de calidad.

Tan imperiosa como la recuperación económica es una regeneración cívica. Paraíso de los privilegios y de atenazadores corporativismos culturales, sindicales, políticos y patronales, estamos menos adelantados de lo que creemos. Cambios de intensidad sísmica sacuden el mundo. Si no nos ponemos a correr, nos devorarán.

Que haya un altísimo porcentaje de titulados universitarios no significa que la educación funcione sino que ha degradado la exigencia en el esfuerzo. Por la investigación y el desarrollo sienten aversión hasta los empresarios, sus principales beneficiarios. La justicia, pilar democrático, renquea vetusta, ineficaz y muchas veces injusta. Y la política ha secuestrado y contaminado a la sociedad, con un Estado intrusivo cuya vocación es atosigar al individuo con normas y gravámenes antes que administrar su libertad. Los partidos han adquirido un poder desmesurado pero, atrevámonos a hacer autocrítica, no son más que el reflejo de la nación que los elige.

Del servidor público hay que esperar ejemplaridad. Pero los demás, muchas veces preferimos o aceptamos las facturas sin IVA, practicamos la economía sumergida, prolongamos indebidamente las bajas laborales y recurrimos con frecuencia a la picaresca en nuestra vida sin darnos cuenta de que perjudicamos a la colectividad. Asumir nuestra parte de culpa es admitir que también a nosotros nos corresponde ser activos en la solucion del problema.

Necesitamos un cambio social que fomente la aparición de empresarios que arriesguen y mayor comprensión social para su función. Estímulo y apoyo a los buenos trabajadores y nula permisividad con los incumplidores. Cambiar tanta burocracia estéril por una fecunda formación y educación. Aumentar la innovación y acabar con los enchufes al poder establecido. Disminuir subvenciones e impuestos y ganar libertad. Menos políticos, mejor preparados, más honrados y que sean más respetuosos con los ciudadanos que les eligen y a los que tienen que servir sin engaños. La supervivencia depende de lo que seamos capaces de hacer con nuestros propios medios. Tenemos que empezar por cambiar nosotros mismos para cambiar la sociedad. Podemos y vamos a conseguirlo.

  Viñetas de Raúl Salazar

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  El humor gráfico de Ortifus

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