Ibarretxe y los catalanes

Matías Vallés

27.09.2013 | 05:30

El mayor error al afrontar un problema político consiste en sobrevalorarlo „Gibraltar„ o infravalorarlo „Cataluña„. Por supuesto, se inflan las cuestiones de fácil resolución y se menosprecian las envenenadas. El lenguaje es un arma del conflicto, más acerada que la lengua. En especial cuando compiten las invenciones de dos tradiciones, la catalana y española. Los análisis de contenidos de texto propiciados por internet distinguirán inequívocamente la utilización del léxico en casos paralelos. Durante la última ofensiva soberanista vasca, el discurso se centraba en el plan Ibarretxe. En el desplante actual, se habla con mayor asiduidad de Cataluña y los catalanes. 
A menudo, la generalización pretende una inculpación masiva, un defecto de fabricación en serie en uno de los vértices de la península. Sin embargo, el efecto bumerán convierte a la pulsión independentista catalana en un movimiento arraigado socialmente, lo cual aumenta su potencia. No se analiza el desvarío singular de un gobernante, como se hacía quirúrgicamente al asignar el diabólico plan al entonces díscolo lehendakari. Sólo en casos extremos se ampliaba el foco al PNV, aunque con guante de terciopelo por tratarse de un socio flexible para las conveniencias parlamentarias. La atribución colectiva a Cataluña aumenta la magnitud del fenómeno. Por ejemplo, cuando José Manuel Barreiro, el gris portavoz del PP en el Senado, sentencia que «una autonomía no puede venir a cambiar el marco del Estado». La gradación se rebajaría con un personalizado «Mas no puede cambiar el marco del Estado».
Aunque a menudo se pretende evitar al interlocutor, Cataluña „respetando la generalización en curso„ afirma que tiene un problema con la España actual. El lector de cualquier geografía puede elaborar la hipótesis sobre el listado de la segunda nacionalidad que le gustaría aceptar, en el caso de que se le ofreciera el pasaporte. Especularmente, puede imaginar si la adscripción española figuraría hoy entre las favoritas para habitantes de países de su entorno, guiándose quizás por el reciente fallo del COI. También sirven como referencia los españolísimos campeones deportivos que se censan en paraísos extranjeros y fiscales. Es posible que a continuación cueste menos sorprenderse de que un porcentaje reseñable de catalanes prefieran jugar al fútbol o conformar una cadena humana vistiendo la camiseta de Catar.
En el fondo se asiste a una dickensiana discordia en dos ciudades, un Madrid-Barça donde el resto del Estado se remite a la categoría de geografías adyacentes. En este duelo metafutbolístico y por tanto incruento, basta ver cómo evoluciona el número de seguidores de ambos equipos, de acuerdo con los títulos y figuras respectivas. Nadie se escandaliza de la propensión al triunfo que caracteriza a las sucesivas hornadas de forofos futbolísticos. Vista la promiscuidad en el mundo del balón, no debería preocupar tanto la inclinación a favor de un Estado propio de los jóvenes catalanes, sino que ese deseo se haya multiplicado por cuatro entre los encuestados mayores de cincuenta años, cuando se supone que la edad ha reposado las pasiones. 
El independentismo sobrevenido no puede menospreciarse como un alarde de frivolidad. Ortega dictamina en La rebelión de las masas que «la existencia de una nación es un plebiscito cotidiano», apropiándose de un concepto de Renan. La alineación corresponde a un esfuerzo de seducción permanente, en el que ninguno de los bandos puede cantar una victoria definitiva. En cambio, no está claro que el miedo por sí solo disuada a quienes han accedido temporalmente a una opción, por mucho que sea un perdedor nato como Almunia quien agite el espantajo de los proscritos.
Por supuesto, los independentistas tampoco pueden presumir de un pronunciamiento definitivo, pese a los dos 11S que han asombrado al mundo. La independencia pierde fuelle a pasos agigantados en Escocia, precisamente desde el momento en que se autorizó el referéndum. Claro que Paul Preston, un historiador respetado en ambas orillas y que se expresa en castellano y catalán, acaba de afirmar que el anticatalanismo de Madrid es mucho más sangrante que el antiescocesismo de Londres. En fin, los catalanes más peligrosos rechazan el nacionalismo y sólo desean independencia. Es el audaz gambito de Xavier Rubert de Ventós, el parlamentario socialista que es hoy el filósofo de la Diada.

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