El espejo de la muerte

Agustín Zaragozá

01.11.2013 | 05:30

Cómo vivimos la muerte? Plantearse una cuestión de tal calibre no parece asunto menor. Cada uno se acerca, evita, interpreta o siente la muerte „como su vida„ a partir de la educación que recibe. El silencio que habita alrededor del tema de la muerte sigue siendo cómplice de la incapacidad del ser humano para asumirla como la contrapartida de la vida. Que se eludan ciertas responsabilidades intelectuales „amén de educativas„ ejemplifica la enfermiza irresponsabilidad social, así como el miedo irracional a lo desconocido. Meditar sobre el morir depende al final de la idiosincrasia, el azar o la casuística.
Los tabús impiden evolucionar nuestra existencia. Sirva de ejemplo la sexualidad, tema casi inexistente en el currículo educativo si no fuera por la caricatura que presentan los discursitos científicos de supuesta neutralidad. Pero, ¿y de la muerte, qué? La siempre insociable sociabilidad mantiene costumbres para honrar a sus muertos, si bien es cierto que éstas no van más allá del boato, la estética, la parafernalia. En la escuela urge abordar otros asuntos: la fotosíntesis o las raíces cuadradas cobran mayor valor que esas inquietudes esotéricas propias de chamanes, psicólogos o filósofos. Se sabe que en ciertas escuelas malogradamente residuales los niños comparten el luto con los suyos: las emociones, el dolor sentido ante la pérdida de un ser querido o una mascota, la incertidumbre ante lo desconocido, la impotencia ante la finitud humana, etcétera.
Y es que, aunque muchos no se enteren, aproximarse a la muerte exige como paso previo un dominio de las emociones. ¿Qué papel ocupan éstas en el ámbito educativo? Sólo es posible digerir las inevitables tormentas emocionales conociéndonos a nosotros mismos, narrando e interpretando aquello que sentimos, conceptualizando las sensaciones que escapan a la lógica de la razón. Hay una parcela del saber educativo que escapa a toda racionalidad. ¡La educación sin experimentación es masoquismo intelectual! Aquí es donde radica el mayor problema de la escuela, incapaz de preparar a sus alumnos para las vicisitudes de la vida. O de la muerte, claro.
Séneca decía que «la muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos un favor». La muerte se dice de muchas maneras. Es impensable sentar cátedra ante un fenómeno así, tan complejo, tan personal, tan enigmático. Sólo será posible una educación liberadora cuando los docentes rompan las cadenas de sus estados mentales tóxicos. Una educación que aparta su mirada de la muerte, como de la vida, anda corta de miras. Quizás debamos plantearnos si, más allá de la cosmética, un asunto a considerar sea el de incorporar la muerte en el campo educativo. Ni Halloween, ni flores, ni huesitos de santo. Educar para morir. Una sociedad debe reconocerse en el espejo de la muerte.



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