Estrategas, ignorantes y conversos

02.11.2014 | 04:15

Volvemos a las andadas. La lengua, la cultura, los nombres y las señas de identidad reabren un nuevo frente entre los valencianos. Ahora se sacan de la chistera un observatorio cultural teñido de intolerancia y van por el aire la Acadèmia Valenciana de la Llengua(AVL) y el Consell Valencià de Cultura(CVC). De paso arremeten con las universidades públicas por reconocer la unidad de la lengua en sus estatutos. No es la primera vez que empujan al president Alberto Fabra al precipicio sin paracaídas. A cuenta de la nueva edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, donde se sigue diciendo que el valenciano es una variante de la lengua catalana, la consellera de Cultura y Educación, María José Catalá, ha recriminado, sin efecto, a la institución hispana que vela por el rigor en la aplicación de los vocablos. La lengua es la misma aunque reciba distinto nombre en virtud de su riqueza y de sus particularismos. Es fuerte tener que dar tantas vueltas a la noria para concluir en lo evidente. En fechas recientes, la AVL ha tenido que soportar las tarascadas de quienes confunden las conclusiones científicas con sus conveniencias electorales. Desde los tiempos del despierto Eduardo Zaplana, no se había arreciado tanto, hasta dejar desasistida a la academia valenciana mientras no claudique ante las exigencias de los que mandan. Eso se llama extorsión.
Más espeluznante todavía es que se recrudezcan los anatemas sobre la utilización de la denominación País Valencià para identificar al territorio que coincide con la Comunitat Valenciana. Quien difunde estas insensateces, máxime si disfruta de un cargo en la Generalitat Valenciana, tiene la obligación de saber que la institución a la que sirve tiene sus raíces en la constitución del Consell del País Valencià el 10 de abril de 1978 en el Reial Monestir del Puig de Santa Maria. Los allí firmantes, representantes democráticos del pueblo valenciano, conscientes de la responsabilidad y trascendencia del momento, expresaron solemnemente su firme compromiso y decidida voluntad de servir con fidelidad total y entrega plena al País Valencià.

Es posible que ahora vean la conveniencia de renegar. Conversos y traidores los ha habido siempre. Hubo muchos valencianos que se creyeron aquella aventura que se inició en 1978 con los primeros pasos del preautonómico Consell del País Valencià que presidió Josep Lluís Albiñana, ahora postergado e ignorado. Un puñado de ciudadanos voluntaristas compartimos nuestra actividad profesional con la dedicación necesaria para que aquel Consell, que iniciaba su andadura, pudiera funcionar en los despachos cedidos por Joaquín Maldonado Almenar. Algunos de aquellos pioneros siguen siendo funcionarios y otros regresamos a nuestro quehacer primordial una vez cumplida la misión. ¿Vendrán a satanizarnos por esa contribución desinteresada o nos robarán la memoria de los servicios prestados al País Valencià, que nunca han tenido la bonhomía de reconocer? ¿La medalla de bronce que tengo en mi poder, con la numeración 22, que muestra en el anverso: «Consell del País Valencià-1978» y en el reverso: «El nostre poble és franc i lliure», es fruto de un mal sueño o ellos pueden esgrimir mayor legitimidad?

El president de la Generalitat tiene asesores que vivieron estos sucesos „José Luís Torró, sapiens„y que habrían de evitarle nuevos traspiés. Pronto, en noviembre, se cumplirá un año desde aquel lamentable encuentro que se pretendió en torno a la llamada sociedad civil, en el edificio Veles e Vents del Puerto de Valencia. Frustrado intento para relanzar la Comunitat Valenciana hacia no se sabe dónde. Nunca se logrará la reagrupación de los valencianos por el esfuerzo común, desde una visión partidista y sectaria del poder y de quienes lo detentan. Joan Fuster, en unos apuntes sobre la Inquisición en 1985, ya reflexionaba: «Potser la vella polèmica sobre la incidència de la Inquisició en el món de la cultura no arribarà a apagar-se mai, o mai del tot, si més no. Sempre hi haurà una "inquisició" a punt».

La insidia sobre la lengua de los valencianos es recurrente. Teodoro Llorente ya dijo, en el siglo XIX, que el catalán después de cruzar el Ebro se convertía en lengua valenciana y Martín Domínguez en 1960 también se refirió a la «unitat substancial de la llengua que es parla al Principat, les Balears, València, el Roselló, la Cerdanya, l´Alguer de Serdenya i Andorra». Volver a resucitar los lamentables episodios y discrepancias que nos enfrentaron estérilmente en base a la ignorancia y a la mala fe de quienes avivaron aquella hoguera, nos retrotrae a los momentos más miserables de la historia reciente. Utilizar las descalificaciones y la retranca abyecta de retirar financiación o subvenciones para quienes no sigan los dictados de los que usan el poder como un bien patrimonial exclusivo, son represalias propias de los sistemas totalitarios y de quienes se han quedado definitivamente sin argumentos.

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