04 de febrero de 2016
04.02.2016

Sobre el sistema Camps

04.02.2016 | 04:15

En una democracia representativa, la representación perfecta implica que el voto de todos tiene el mismo peso, aunque desgraciadamente no parece haber consenso en que este requisito sea justo y deseable. La forma objetiva de tender a la representación perfecta y, además, tratar por igual todos los votos independientemente de su dispersión o concentración territorial, requiere ajustar tres teclas: a) España circunscripción única, b) umbral electoral 0,285714 % (porcentaje de 1 diputado respecto de 350) c) máxima proporcionalidad del sistema de conversión votos escaños.

La identificación de la circunscripción con la jurisdicción del órgano representativo elegido ya está en nuestras leyes electorales el municipio en las municipales y el territorio autonómico en tres autonomías. Cuanto más se tritura el censo en circunscripciones menores se hurta mayor representación a las minorías para entregarla a las mayorías. Con circunscripción única en las recientes generales, PP y PSOE tendrían alrededor de 104 y 80 escaños, por debajo de sus 123 y 90. Habitualmente sobrerrepresentados, tal vez por ello nunca cuestionan el sistema electoral. ¿Nunca? Desde los populares, Francisco Camps abandera un sistema mayoritario con el que el PP hubiese obtenido, el 20-D, 212 diputados (Levante-EMV 19/01/2016), pasando del 18% al 104% de sobrerrepresentación.

En su estudio, Camps divide el censo en 350 circunscripciones con un escaño por cada una y con un candidato por cada formación. Un partido gana el escaño, el resto a casa aunque Camps, entrevistado en 13TV el 17/01/2016 introduce confusión en la audiencia al afirmar «...alguien gana, gobierna, el que pierde a la oposición». El sistema se aleja tanto de la representación perfecta, que permitiría un parlamento monocolor del partido que obtuviese el escaño en las 350 circunscripciones. La representación de millones de votantes de otras opciones que podrían sumar más que los votantes del supuesto partido único habría desaparecido. La realidad no es tan extrema y en los países con sistemas mayoritarios nunca se llega a tal situación. Pero sí que son países en los que impera el bipartidismo, en los que terceras o cuartas opciones tienden a ser expulsadas del parlamento. Camps los califica de democracias potentes. Tal vez se refiere a su influencia en el mundo, porque en cuanto a representatividad más bien se comportan como democracias excluyentes. Camps usa el argumento de la estabilidad pero ahoga la voz de formaciones no mayoritarias con la probable decepción y desapego de sus votantes.

La representación perfecta conlleva mayor pluralidad, y si los partidos (todos ellos) creen en la idéntica validez del voto de cada ciudadano, deberían mostrar que la diversidad permite formar gobiernos estables, que pueden acordar programas de concurrencia aportando y cediendo más o menos en función de su cuota de representación. La composición del parlamento que salió del 20-D posibilita ejercer ya esa dinámica, esperemos que sepan ponerla en práctica. Para el futuro, dudo que ciertos partidos acepten un sistema de representación perfecta. Su distorsión tiene tintes de ventajismo y, además, otras consecuencias: votantes presionados a cambiar contra sus preferencias (utilidad) y ciudadanos inducidos a ausentarse contra sus deseos (inhibición), una pena.

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