14 de abril de 2016
14.04.2016

Panamá

14.04.2016 | 04:15

Al principio fue sólo una noticia como tantas otras, de vigoroso aroma escandalizante y muy intenso poder de difusión; estructurada y con cuerpo, eso sí, pero no más efervescente que cualquier otro caldo medianamente cuidado. Al poco tiempo empezó a expandirse con fuerza y tomó dimensiones asombrosas: los periódicos llegaban a los quioscos chorreando información de Panamá, los aparatos de radio rezumaban apellidos relacionados con papeles de aquel país, las televisiones traían los informativos hechos una sopa de referencias a Panamá e internet venía con los contenidos en infusión panameña. Panamá era un manantial de nombres, un Perú de riquezas, un Potosí de listados, una Commonwealth del dinero negro, un panal de oportunidades en el que todos libaban o habían libado. Cada día se anunciaban descubrimientos, hallazgos insospechados, conexiones inverosímiles; tantas que uno, en su ingenuidad, empezó a cobijar la esperanza de que un día u otro su nombre apareciera en alguna lista, documento, escritura, paquete de bonos, carpeta de acciones o legajo de simples participaciones; que la reconstrucción judicial de ciertos papelorios destruidos a toda prisa en la oficina de alguna empresa pantalla descubriese, revuelto entre muchos otros, el nombre de uno; que inesperadamente pasara uno a formar parte del interminable inventario de afortunados. Consulté a mis abogados, que se pusieron a efectuar las pesquisas necesarias, pero nada: yo no tenía ni había tenido nunca nada en Panamá. Ni yo ni nadie de mi entorno; y eso porque, al parecer, en la caterva de nombres que llenan los papeles filtrados a la prensa mundial desde un despacho panameño no hay ni un pobre: todo son ricos; todo son prebostes o exprebostes, petardistas o expetardistas, faranduleros o exfaranduleros. Ahora entiendo el enojo popular; ahora comprendo el interés mediático; ahora puedo explicarme tanto revuelo: los pobres no podemos fundar sociedades opacas, ni abrir cuentas en el extranjero, ni tener testaferros. Panamá, como los enchufes o los momios, es un artículo de lujo para pudientes.

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