17 de junio de 2016
17.06.2016
EL ANÁLISIS

Vivir y malvivir del petróleo

17.06.2016 | 04:15
Vivir y malvivir del petróleo

Energía barata. El desplome de los precios del petróleo pone en apuros a algunos de los países que viven gracias a su exportación. Pero la situación parece que se prolongará al menos por el momento por los intereses geoestratégicos de algunos de los principales productores, que necesitan imperiosamente mantener su nivel de ingresos aun a costa de mantener la actual producción y saturar más los mercados.

El petróleo puede ser un maná pero depender de él puede ser una maldición según se mire y se use. Los casos extremos son Noruega y Venezuela. El desplome de su precio, que en un año ha bajado de 130 dólares por barril a unos 50 dólares ahora (llegó a 27 en enero) está creando problemas a muchos países que viven casi exclusivamente de la exportación de hidrocarburos. Las razones de fondo de este desplome de los precios tienen que ver con la crisis económica mundial que ha hecho bajar el consumo, particularmente en Europa donde un invierno más cálido de lo normal ha agravado el problema; con la desaceleración de la economía china; con los problemas que todo eso ha causado en los países emergentes, donde el valor de las materas primas ha bajado un 55 % en los dos últimos años; con el fuerte aumento de la producción norteamericana, y con la entrada en el mercado de crudos más caros procedentes de fracking, de arenas bituminosas del Canadá y de aguas profundas, sobre todo en las costas de Brasil y del Caribe, cuya explotación, mucho más cara, hicieron rentables los altos precios del pasado. Ahora sobran unos dos millones de barriles/día en el mercado y eso explica que su precio se haya hundido.

Esta caída está creando infinidad de problemas a muchos países productores, incluida la misma Arabia Saudí, el mayor exportador mundial, que acaba de anunciar un ambicioso plan para hacer su economía menos dependiente del petróleo en un plazo de 15 años, creando un gigantesco fondo de dos billones de dólares para diversificar su economía. Veremos si lo consigue y no se encuentra con obstáculos institucionales (conservadurismo religioso) y de puro capital humano. Y mientras eso sucede, Riad, que gasta cien mil millones de dólares anuales en compensar la reducción de ingresos, ha decidido no recortar la producción para empujar los precios hacia arriba, como otros países productores le piden que haga. Al contrario, el nuevo ministro de Energía, Al Fadil, es partidario de producir aún más para que los precios bajos expulsen del mercado a los crudos más caros, al tiempo que hacen menos atractivas las inversiones a largo plazo que esta industria necesita.
El repunte de los últimos meses parece darle la razón, como se acaba de constatar en la última reunión de la OPEP, celebrada a primeros de mes en Viena. A lo que de ningún modo está dispuesta Riad es a perder cuota de mercado por recortar su producción mientras no lo hagan también sus más directos rivales, Irak e Irán, que no están por la labor sino que, antes al contrario, están también aumentado su producción porque ambos necesitan vender como sea. Irak para mantener en pie una estructura estatal que hace agua por todos lados y para financiar la guerra contra el Estado Islámico que ocupa buena parte de su territorio. E Irán porque el presidente Rohani necesita demostrar que el acuerdo nuclear de junio del año pasado es bueno para el país y se traduce en una mejora del nivel de vida de los iraníes. Por eso, de enero a abril ha aumentado su producción en 400.000 barriles diarios y quiere seguir subiendo. 

Como consecuencia, otros países productores como Rusia, Argelia, Angola, Nigeria, México o Brasil están teniendo que apretarse seriamente el cinturón con ajustes presupuestarios, aumento de impuestos, recortes en subvenciones... con el coste social que implican esas medidas y las amenazas que comportan para su propia estabilidad interna. Pero el país que peor lo está pasando es Venezuela porque su situación económica es desesperada debido a la ineficaz gestión económica hecha por Chaves y Maduro en nombre de la llamada Revolución Socialista Bolivariana. Caracas ingresó entre 2004 y 2014 la cantidad de 750.000 millones de dólares por venta de petróleo y se lo ha gastado todo, no le queda casi nada pues sus reservas de divisas se estiman hoy en tan solo 17.000 millones y está quemándolas a razón de mil millones mensuales para mantener las políticas sociales que son el sustento del régimen. A la revolución se le acaba la gasolina y nunca mejor dicho.
En Venezuela, el PIB ha caído un 20 %, hay recortes de electricidad, la administración solo trabaja dos días a la semana, faltan todo tipo de bienes de consumo y de medicamentos, la inflación sobrepasará este año el 700 % y padece la mayor criminalidad del mundo. No hay quién de más. Las cosas se complican aún más por el encarcelamiento de opositores, la censura, la negativa del gobierno a adoptar medidas económicas sensatas y a negociar con los partidos que ganaron las últimas elecciones, cuyas iniciativas legislativas tumba una tras otra con el apoyo de un Tribunal Supremo servil, con lo que cierra la puerta a una salida pactada.

Hoy no se descarta que Venezuela suspenda de pagos e, incluso, que se produzca un golpe de estado interno en el que Maduro sería sacrificado por los suyos, deseosos de no ser arrastrados en la caída y de no perder las riquezas obtenidas estos últimos años. Igual que podrían intervenir los militares si los problemas sociales se desbordan y ponen seriamente en riesgo el orden público. Pero esto son solo rumores. Lo que es seguro es que la Revolución Bolivariana solo lleva camino de acabar mal o de acabar peor. Y el bajo precio del petróleo pone otro clavo en su ataúd.

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