10 de junio de 2017
10.06.2017

Joan Genovés

10.06.2017 | 00:36
Joan Genovés

El próximo día 27, Joan Genovés ingresará en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, como Académico de Honor, acto en el que clausurará las actividades del presente curso.

Genovés es en la actualidad uno de los pintores españoles que gozan de un mayor prestigio y proyección internacional, de tal suerte, que su obra se encuentra en los principales museos contemporáneos. Pero en su caso, ha obtenido un privilegio mayor, si cabe, puesto que su pintura: El abrazo (1976), -ubicada en el Palacio de las Cortes-, se ha constituido en el símbolo de la Transición Española. Joan Genovés nació y estudió en Valencia, perteneciendo a aquella generación que arrancó en los 50.

La sensación percibida por los alumnos de Bellas Artes en la segunda mitad de los años cuarenta era que la estética aprendida en la escuela debía ser superada. Teniendo en cuenta que a la finalización de la Guerra Civil (1939), siguió la conflagración mundial (1939-45), y que en 1946 se produjo la condena del régimen español en la Asamblea General de la ONU, el aislamiento informativo que sufrieron los jóvenes de aquel tiempo fue total, al menos hasta noviembre del 50, momento en el que se iniciará el regreso de las embajadas. Una situación que experimentará un cambio en el periodo inmediatamente posterior, cuando en 1951 se produce el nombramiento de Joaquín Ruiz Jiménez al frente del Ministerio de Educación.

Como quiera que durante aquellos años las enseñanzas tenían una doble vertiente, técnica y teórica, en la que el peso lo representaba la pintura tradicional y el luminismo que emanaba del sorollismo, era lógico que, frente a esta concepción limitada, se dirigiesen los deseos de mutación y de cambio. El primer colectivo de estudiantes que se creó en Valencia, con el ánimo de intercambiar experiencias y de proyectarse –aunque de modo muy limitado- fue el Grupo Z en 1947, cuyo principal exponente sería Manolo Gil (1925-1957) que, tras la comentada apertura política, fue becado en Roma y en Londres, para pintar, ya de regreso, los frescos del Ateneo Mercantil entre 1952 y 1953. La disolución de aquel grupo (1950) coincidió con la creación de otro, constituido por la siguiente generación académica: Los Siete, cuyas muestras tuvieron lugar en la adaptación diaria de una tienda familiar en Colón 38. La primera colectiva la realizaron el 26 de enero de 1950 (Vicente Castellano, Fillol Roig, Gómez García, Lloréns Riera, Masiá Sellés y Joan Genovés), posicionándose desde el eclecticismo y la tolerancia, con temas de paisaje, figura y naturalezas muertas, acompañados de un breve texto de José Gassent. Con los años se experimentaron sustituciones, incorporándose Joaquín Michavila y Eusebio Sempere, entre otros.

Las exposiciones de Los Siete tuvieron muy buena acogida, tanto por la crítica como por el público, pero Joan Genovés tuvo que marchar a Madrid, becado, aunque durante un tiempo aún remitió cuadros para sus muestras. Fue una época en la que se inicia en España un gran debate en el campo de las artes, incluido el de la legitimación de la pintura no-figurativa, y en la que también surgen en otros puntos (Almería, Zaragoza, Santillana del Mar) colectivos con propuestas y manifiestos teóricos. Entre los más significados, cabe destacar, a Dau al Set (1948-1954), en Cataluña; y en Madrid, el grupo El Paso (1957-1960) inclinado hacia expresionismo abstracto, que tras ser incluido en el pabellón español de la Bienal de Venecia del 1958 (Canogar, Feito, Millares y Saura), adquirió un gran éxito internacional.

En la capital, fundó Genovés, el Grupo Hondo (1961-1964) junto con Jardiel, Mignoni y Orellana, conformando una nueva figuración expresiva.
Debemos recordar que, durante aquellos años, el conocimiento en España del Pop-art anglo-americano, fue de una gran utilidad para la creación de trabajos reivindicativos frente a la dictadura. Genovés había adquirido un importante compromiso político, y progresivamente, fue tomando un especial interés por incluir en sus cuadros la opresión, el desamparo, y la importancia significante de la dispersión de las multitudes. Es seleccionado para formar parte del pabellón de España en la Bienal de Venecia del 62 y en la del 64. En aquella época, el régimen tenía calculado el riesgo de exponer a autores críticos frente a su propia existencia, calibrando la imagen positiva que esta actitud -de aparente apertura- proporcionaba de cara al exterior. Así, Antoni Tàpies representó a nuestro país en las bienales de 1956 y 1958, y Eduardo Chillida pudo obtener el Premio Internacional de Escultura en la de 1958. El éxito de Genovés en la Bienal del 64 supuso su definitivo reconocimiento internacional, y el ofrecimiento de permanecer en exclusiva en la famosa galería Marlborough, la más importante del mundo, siguiendo una impecable trayectoria.

Ahora, hace ya tiempo que la obra de Joan Genovés abandonó el activismo político aunque sin dejación de la búsqueda permanente de la libertad, expresando un reactivado humanismo en el que se nos presenta la muchedumbre y la disgregación como una evocación interior de la que participamos todos. No sabemos quién, o qué es, lo que nos persigue; ni tampoco, si nos hallamos ante una extraña barrera; o inmersos, por el contrario, en un laberinto urbano entrevisto en un mal sueño. Lo bien cierto es, que sus cuadros nos hacen reflexionar sobre nuestra propia ubicación en un escenario complejo del que somos cómplices sin podernos sustraer a sus influjos. Una puerta abierta para el encuentro con la filosofía y la antropología social de nuestra época.

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