22 de agosto de 2017
22.08.2017

Alerta: llega el mirón 2.0

22.08.2017 | 01:00
Alerta: llega el mirón 2.0

Cada vez es más fácil vulnerar la intimidad de una persona, y la de una mujer ya ni digamos, por eso de que tienen más flancos débiles y su vestuario, sobre todo en verano, pone las cosas fáciles. Aparte, es cada vez más sencillo porque con las nuevas tecnologías todo se vuelve más accesible y, por tanto, más peligrosas sus consecuencias.

Tratar de ver la ropa interior de las chicas, o algo más, debajo de la falda es viejo, la típica gamberrada de verano de la infancia: los niños se ponían un espejo en la puntera de sus playeros y se iban a la calle a hablar con las niñas e intentar divisar algo con tan rudimentario método. Uno se convertía en el rey de la pandilla si había tenido éxito (siempre debía llevar un testigo para dar fe de ello) o no le quedaba más remedio que soportar las burlas de los demás por haber fracasado. Eso si no acababa con un puntapié o un coscorrón de la no tan ingenua cría. Y ahí terminaba la cosa.

El problema está cuando la gamberrada torna en algo más serio, el mirón ya está entradito en años y sus fines son menos inocentes que fardar luego delante de los amigos de haber espiado a la guapa del pueblo. Es aquí donde surge la figura del «upskirter», por lo visto al alza en los últimos tiempos, y que tiene en el verano su principal época de caza. El upskirter practica el upskirting. En resumen: un mirón que se dedica a bucear bajo las faldas. Va armado con un teléfono capaz de tomar imágenes a velocidad del rayo o grabar entre las telas de una chica. Luego, el premio es algo más que las inocentes felicitaciones de los colegas: lo habitual, la masiva difusión de las fotos o vídeos en la red.

La cuestión va a más y ha cobrado relevancia después de la lucha de una joven británica para que se visualice tal práctica y se convierta en delito. Ella ha empezado la campaña contra los también llamados ´mirones 2.0´ después de haber sido víctima de uno en un concierto, el pasado julio, en Londres. Lo pilló en plena faena, según ha contado, y tras arrebatarle el móvil y descubrir lo que había hecho, acudió ipso facto a la policía. Si primero se horrorizó al descubrir fotos de su entrepierna en el teléfono de un hombre al que no conocía, luego se quedó estupefacta cuando los agentes le dijeron que no había nada que hacer. Era un sitio público y, ahí va lo mejor, ella llevaba bragas, las imágenes «no eran explícitas» y no se veía «nada íntimo». Otra cosa hubiera pasado de haber dejado la lencería en casa: entonces ahí se podría hablar de «voyeurismo» o agresión a la intimidad. La joven británica no se quedó parada, difundió su historia y ha logrado que el caso se haya reabierto y se inicie un debate en torno a los fines y consecuencias de una práctica que en Reino Unido no es, de momento, punible.

Algo bien distinto sucede en Nueva York, donde los upskirters proliferan como setas en el metro, aunque ahora no lo tienen tan fácil. Aparte de haber recomendaciones a las mujeres por parte del fiscal para que anden ojo avizor por si se les acerca alguno, la práctica se considera grave y llega a implicar hasta cuatro años de cárcel, amén de quedar fichado en los archivos policiales, tal y como trascendió hace más de un año en la prensa.

En España, de momento, no se ha planteado la situación, o al menos no ha trascendido caso alguno capaz de abrir el debate. Pero se avecina. Mientras tanto, habrá que andarse con cuidado, no sólo con el tren inferior sino también con el escote, el trasero y todo lo que algún descerebrado armado con un teléfono móvil sienta necesidad de fotografiar por la calle para luego utilizarlo de forma ruin y perversa. El problema lo tiene él, no la víctima.

¿Alguien se imagina a Tom Ewell grabando entre las vaporosas faldas de Marilyn Monroe cuando ésta pasa por encima de la boca del metro en La tentación vive arriba, una de las imágenes más recordadas y celebradas del cine de Hollywood? Era 1955, hace más de medio siglo. No había móviles, no. Pero el sentido común, el saber comportarse en sociedad, la educación y las buenas maneras son las mismas. Al menos, deberían serlo. Y para los que no entiendan de ello, con las leyes tendrían que topar.

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