12 de noviembre de 2017
12.11.2017

El aire que respiramos

12.11.2017 | 04:15

Hace unos días, este mismo diario promovía un concurso titulado 'El aire que respiro' pidiendo a niños, niñas y adolescentes un dibujo o un breve relato sobre cómo es para ellos el aire que respiran y qué pueden hacer para mejorarlo.

Las condiciones ambientales de la ciudad de València ponen de manifiesto un déficit de transparencia que nuestra democracia debe superar. Es necesario que tanto las decisiones públicas en materia medioambiental como sus consecuencias puedan someterse al control y escrutinio público. No somos realmente conscientes de cuál es el impacto de la contaminación atmosférica sobre nuestra salud y nuestra calidad de vida, responsable de reducir nuestra esperanza de vida, provocar enfermedades y miles de muertes prematuras cada año. La alerta proviene de la Organización Mundial de la Salud OMS y de la Agencia Europea de Medio Ambiente, corroborada por numerosos estudios sobre la materia.
En València, ante la falta de información pública accesible, colectivos ciudadanos de muy diversa índole se están organizando de forma voluntaria para recopilar datos y trabajar por la concienciación. Los estudios de la plataforma cívica 'València per l´aire' evidencian el incumplimiento continuo de la normativa nacional y de los umbrales de calidad del aire establecidos por la OMS, cuestionando la representatividad de los datos oficiales de las estaciones de la red de vigilancia existente en la ciudad.

Una de las conclusiones básicas observadas -por otra parte obvias- es que la contaminación atmosférica depende básicamente del tráfico motorizado de la zona o barrio: gases contaminantes como el dióxido y el monóxido de carbono, el óxido de nitrógeno, además de las partículas originadas por el desgaste de los frenos, los neumáticos o el embrague. En el caso de los motores diesel, según advierte el CSIC, la contaminación supera ampliamente a los de gasolina. Una circunstancia conocida, pero que solo es noticia cuando obliga a tomar medidas urgentes, como está ocurriendo en Madrid, donde la restricción del tráfico ha tenido que imponerse, olvidando que en esta como en otras fuentes de contaminación, no hay dosis bajas que se puedan despreciar.

Por ello, grandes ciudades, como París, se han sumado a limitar la circulación de vehículos en casos extremos con medidas puntuales de tráfico alterno o la gratuidad del transporte público. Medidas insuficientes, aunque sirvan para reconocer la existencia de un problema de Salud Pública. Hasta Estados Unidos, el paraíso del automóvil, ya en el año 1963 promovió la primera ley que exigía cumplir unos estándares para emisiones a la atmósfera, inicialmente sobre todo contaminantes de la industria. Esa ley, conocida como 'Clean Air Act' empezó a exigir en los años 70 medidas de reducción del tráfico para las áreas urbanas con el objetivo de mejorar la calidad del aire.

¿Cuándo tendremos ciudades saludables y más amables? La clave está en humanizar la ciudad, reduciendo principalmente el número de vehículos en las calles, reconquistando espacio público para las personas y potenciando el verde, que actúa como agente purificador. En nuestras manos está contribuir moviéndonos de una manera más sostenible, pero en las administraciones recae la responsabilidad de dirigir el cambio real. La información y concienciación son fundamentales, también la implicación de todos los sectores afectados: urbanismo, movilidad y salud pública.

Para ello, es preciso integrar las actuaciones de todas las administraciones implicadas en la gestión del medio ambiente, y resulta básica la construcción de espacios comprometidos desde lo colectivo para aportar transparencia, participación y un esfuerzo sostenido en el tiempo.
Hay que abordar cambios urgentes, ya no tenemos tiempo, nuestras ciudades no resisten más nuestras prácticas destructivas. Nos hemos acostumbrado a vivir en entornos ambientalmente duros, nos hemos acostumbrado a unas ciudades que han abandonado el cuidado, aunque la organización de unos pocos vecinos es capaz de accionar la palanca del cambio. Cada vez más colectivos y personas están dispuestas a trabajar desde una perspectiva integral e integradora. Es el momento de darle la vuelta, es el momento de tomar el control de nuestras ciudades, de nuestras vidas.

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