23 de agosto de 2015
23.08.2015

Homenaje al último alfarero

Potries abre el Museu-Cassoleria d'Àngel Domínguez, vivienda y taller de la última familia que se dedicó en el pueblo a fabricar objetos de cerámica

24.08.2015 | 09:13
Homenaje al último alfarero

Tradiciones. Potries ha constituido a lo largo de los siglos un centro de producción cerámica y alfarera, de hecho el propio topónimo tiene su origen y significado en este oficio artesanal. La defunción del último alfarero en activo, Ángel Domínguez, en 1986, supuso el punto y final de una actividad con una tradición milenaria. El ayuntamiento da un paso más en recuperar este legado con la apertura de una casa-museo.

«Nuestros padres estarían muy orgullosos de este museo, al final ha merecido la pena». Àngel (74 años), Amparo (69), y Juan (80) están satisfechos de cómo ha quedado el Museu-Cassoleria d'Àngel Domínguez, abierto en Potries el pasado lunes, día 17, en plenas fiestas del pueblo. Se trata de una casa-museo que rinde homenaje a su padre, Ángel Domínguez Ortolá, el último alfarero en activo de un municipio con una tradición milenaria en fabricar productos cerámicos, no en vano sus habitantes son conocidos coloquialmente como cassolers.

Pero el museo, por extensión, también recuerda la labor de las numerosas familias que se dedicaron a este oficio artesanal, como los Aznar, Tarrazó, Canet o Fuster. «Entre finales de siglo XIX y principios del XX hay 18 centros alfareros en plena producción en Potries, y en 2009 asistimos al desmantelamiento de la última industria dedicada a fabricar materiales cerámicos para la construcción», se apunta en el libro Potries, un poble terrisser, editado por el ayuntamiento.

Las fábricas de loza o «cacharrerías» de Potries eran famosas en todas las comarcas centrales, tenían incluso un sello de calidad, y en su producción y comercialización participaban todos los miembros de la familia.

Los Domínguez ya aparecen dedicados al oficio con su cassoleria al menos desde 1838, año en que apareció una matrícula industrial. La casa, en cuanto a técnica constructiva y distribución, es similar a los edificios de su entorno. Está en la calle del Cup, en el nucleo antiguo, donde se situaron la mayoría de las alfarerías. Igual que el sector junto a la calle Terrisseria, suponían los límites externos del casco viejo, debido al carácter contaminante de esta industria.

De hecho, se cree que el ensanche de la calle del Cup, con una pequeña plaza triangular, responde precisamente a las necesidades de estos artesanos de tener amplios espacios para los procesos de secado, además de poder acumular materias primas como la leña o la tierra.

La casa-taller consta de dos plantas. La baja, a dos manos, tiene un amplio pasillo central, a la medida para que pasara un carro. La primera y la segunda crujía conforman la vivienda de la familia alfarera, mientras que la tercera planta y la superior, junto con el patio y las cubiertas, se dedicaban a la actividad artesanal. La cambra, o desván, era el lugar donde seguían secándose las piezas, por lo que debía estar totalmente a oscuras para que el sol no afectara al barniz, y además con un suelo de cemento para que no traspasara la humedad.

Ángel Domínguez Ortolá, el último terrissaire de Potries, falleció en enero de 1986 con 82 años. Su mujer, Amparo Martí, había muerto un par de meses antes, en noviembre 1985, a los 81 años. A partir de entonces la casa quedó en desuso y ninguno de sus hijos continuó un oficio que ya por aquél entonces agonizaba. Hasta sus respectivas jubilaciones, Ángel trabajó en un taller mecánico de Gandia, Amparo en la naranja y ya desde que se casó como ama de casa; y Juan ayudó en una panadería y fue collidor.

El primero que vio la posibilidad de convertir esta casa en un museo para perpetuar así la memoria de los alfareros locales fue quien en aquella época era alcalde, el socialista José Aznar, y el ayuntamiento ofreció a la familia comprársela. Al principio los hijos eran reticentes, porque no querían perder la propiedad del inmueble, pero finalmente se llegó a un acuerdo de compraventa por 2,5 millones de las antiguas pesetas.

Sin embargo, hasta rehabilitarla y adaptarla como museo, trasladando allí la colección de piezas cerámicas, han tenido que pasar más de treinta años.

Ángel y Amparo coinciden en que era un trabajo «muy duro y pesado, que requería mucho esfuerzo físico y muchas horas» y a finales de los ochenta los precios de la venta no compensaban todo los que se invertía en la fabricación artesanal de las piezas y su distribución. Además, la revolución de los recipientes de plástico para uso doméstico acabó poniendo la puntilla a la actividad.

Ahora, reconvertida en un museo con notas costumbristas y con sabor a una época que ya no volverá, Ángel se muestra extrañado por el trasiego de visitantes y porque lo que un día fue su casa ahora despierte el interés de los turistas.

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