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Jóvenes agricultores

¿Y si el campo es la salida?

Con un paro juvenil del 41% y una agricultura envejecida y sin relevo generacional a la vista, el campo se ofrece como una opción laboral para los jóvenes. Más de 300 valencianos estudian ciclos agrícolas de Formación Profesional. Quieren ser los nuevos «llauradors».

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Dos alumnos del ciclo de FP de Técnico en Explotaciones Agrícolas Intensivas, del IES de Nules, trabajan la tierra en su finca de prácticas.
Dos alumnos del ciclo de FP de Técnico en Explotaciones Agrícolas Intensivas, del IES de Nules, trabajan la tierra en su finca de prácticas.  Levante-EMV

PACO CERDÀ
VALENCIA
Dijo Cicerón que «la agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada al sencillo y la ocupación más digna para todo hombre libre». Nadie lo creería al ver los campos abandonados que entristecen el paisaje valenciano o los ridículos precios de jornales y cosechas. Atrás quedó la época en que el dinero sacado por la cosecha de seis hanegadas de tomate permitían comprar un piso y medio en Genovés —dato cierto—, o en que la explosión citrícola enriquecía zonas enteras del interior valenciano hasta llegar a aquel famoso y exagerado eje de la prosperidad que formaban París, Londres y Burriana. Pisar hoy el campo, en cambio, es sinónimo de lamentos. Pero a Maite Arnau eso le trae sin cuidado.
Tiene 28 años, es de Nules y quiere ser labradora. Su sueño es montar una pequeña explotación de agricultura ecológica, o quizá alternar el cultivo de fruta y verdura con el comercio de plantas. Para lograrlo, está estudiando un Grado Medio de FP en Explotaciones Agrícolas Intensivas. Sí, estudiando. Hace un siglo, casi en cada casa valenciana había un maestro agrícola. Pero hoy hace falta ir a clase para ser un buen labrador.
Maite está aprendiendo a serlo. En el instituto de Nules, este ciclo de formación profesional agraria de dos años de duración enseña a llevar las riendas de un campo de forma eminentemente práctica: analítica de suelo, de aguas, uso de maquinaria agrícola, plantación y cuidado de los productos hortícolas, frutales, de invernadero o viverísticos, estudio de las plagas y su combate pesticida, etc. También aprenden rudimentos empresariales y se les imbuye de mentalidad emprendedora para que después puedan crear su propia empresa agroalimentaria o sacar adelante una explotación agrícola.
Tal vez ahora sea un buen momento. La crisis económica ha vaciado fábricas y ha paralizado el pujante sector de la construcción que trajo los BMW a los veinteañeros del boom. Muchos jóvenes sin apenas formación académica, abocados al paro, han de recolocarse. Y el campo, según destaca Enric Navarro, responsable de Agricultura Ecológica de La Unió de Llauradors i Ramaders, «es una buena alternativa» para los jóvenes que estén dispuestos a formarse en los centros específicos de FP.
La huerta, en realidad, los necesita. El abandono de campos y la fractura en el relevo generacional está haciendo mella. Entre 1996 y 2006, la superficie agrícola de la Comunitat Valenciana era de 660.000 hectáreas. En 2007 bajó a 608.000, casi un 10% menos de terreno cultivado. El fenómeno se agrava con la edad de los labradores. Según datos de 2007, de los 131.185 agricultores de todas las explotaciones valencianas, el 57% de ellos superaba los 60 años. Sólo el 3% de labradores tenía menos de 34 años. Ahí está el corte generacional y, posiblemente, un futuro nicho de mercado para emprendedores.

La «mala fama» del campo
Sin embargo, no es fácil convencer de ello a los jóvenes. En la actualidad, sólo hay dos institutos en la Comunitat Valenciana que imparten ciclos profesionales de agricultura (Orihuela y Nules) y dos escuelas agrarias que la Diputación de Valencia tiene en Catarroja y Requena. En total, algo más de 300 alumnos valencianos reciben formación agrícola reglada en estos centros públicos.
Son pocos en comparación con otros oficios como mecánico, fontanero o electricista. Pero es que, por mucho que dijera Cicerón, todavía se arrastra el pesado lastre de que al campo va «quien no sirve para otra cosa». «Existe una presión social para que la gente joven no se dedique al campo», lamenta Enric Navarro, de La Unió. Así lo ha sufrido en su propia casa —sin tradición agrícola— Maite Arnau, la labradora de Nules. «A mi madre le parecía una locura y siempre me lo ha querido quitar de la cabeza porque el campo no es una profesión que ella quisiera para su hija. A ella le gustaría una oficina, un banco… Pero a mí no me gusta estar encerrada. Me gusta el aire y el campo. Y aunque esto sea un mundo de hombres muy cerrado, yo lo conseguiré», asegura Maite, que aparte del ciclo agrario también está acabando la carrera universitaria de Ingeniería Agrícola.
Su sueño quizá lo represente Ferran Greses. Tiene 26 años y se dedica a la agricultura ecológica: hortalizas, coles y legumbres que exporta al extranjero desde sus tierras familiares de Carpesa (pedanía de Valencia) y Alboraia. Él tuvo claro que quería seguir los pasos de su padre. Pero con un valor añadido: la agricultura ecológica. «No arrojas pesticidas ni herbicidas y lo haces todo a mano: plantar, labrar, rascar… Aunque sea más pesado, eso enriquece el producto, lo distingue y lo hace de mayor calidad», explica Ferran.

Objetivo: producto diferenciado
Profesionalización y especialización. Por ahí pasa el futuro de los jóvenes labradores, según opina Vicent Borràs, director de la veterana Escuela de Capataces Agrícolas de Catarroja. Aunque muestra su preocupación porque «estamos perdiendo la cultura agronómica que nos caracterizaba como pueblo sin que nadie se manifeste ni diga nada, como sí ocurre con las casas del Cabanyal», Borràs cree que sí hay futuro en la agricultura. Con dos premisas: «Elaborar un producto diferenciado del entorno, porque no tiene sentido hacer lo mismo que Marruecos nos vende más baratos, y practicar la venta directa, sin intermediarios, como cada vez más se hace en Europa».
Es bueno matizar que estos ciclos agrarios de FP no forman a collidors o tractoristas. No. Preparan a profesionales integrales del campo. Si tienen tierras, las podrán llevar sin necesidad de pagar un jornal de más. Si no las tienen, podrán entrar en una cooperativa agrícola como técnico de campo, encargado de almacén o responsable de tienda. También pueden asumir la responsabilidad de llevar una finca. O constituir una empresa agroalimentaria o de jardinería y sacarla adelante. Otras dos salidas, cada vez más pujantes, son las de capataz para la administración pública y responsable de programas de agricultura en cooperación internacional en los países del Tercer Mundo.
Una salida de éstas le espera a Vicent Llidó, de 17 años y natural de Artana (Castelló). Nieto, que no hijo, de agricultor, Vicent acabará el próximo año el ciclo medio de Explotaciones Agrarias Intensivas. Este curso, en una excusión a la huerta, recuerda el lamento de un labrador entrado ya en edad. «Nos dijo que en el campo no había sustitutos y que la gente joven no quería seguir». Sin embargo, él está empeñado en tomar pronto las riendas de sus olivos y naranjos en Artana y Betxí y dedicarse a la agricultura. ¿Es ésta una de las salidas a la crisis para los jóvenes? Tal vez sea una salida difícil y costosa. Pero, como también dijo el sabio Cicerón, «cuanto mayor es la dificultad, mayor es la gloria».


Sólo 4 centros públicos de FP agrícola y ninguno en las comarcas centrales
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La poca rentabilidad que a priori se le atribuye a la agricultura y el gran sacrificio que requiere —y que cualquier temporal arrasa sin contemplación— ha contribuido a alejar a los jóvenes del campo. Sin embargo, el pinchazo de otros sectores como la construcción y los servicios puede hacer replantear estos prejuicios e inconvenientes. Quizá ha llegado la hora de que los jóvenes vuelvan al campo y no sólo como mano de obra no cualificada. Para ello, no obstante, es indispensable la formación profesional no universitaria. Y en la Comunitat Valenciana, según denuncia La Unió, la formación agraria no goza de buena salud.
Sólo dos institutos en Nules y Orihuela imparten ciclos de agricultura, dependientes de la Conselleria de Educación. Aparte está la Escuela de Capataces Agrícolas de Catarroja —que ha formado a más de 3.000 técnicos agrarios desde 1956— y la Escuela de Viticultura y Enología de Requena, ambas pertenecientes a la Diputación de Valencia. Los estudios de jardinería, forestales y gestión de recursos naturales y paisajísticos sí que se imparten en centros públicos de Segorbe, Cheste, Callosa d´En Sarrià y Buñol. También funcionan escuelas agrarias, aunque no son centros públicos, en Llombai (la Ribera), Beniarjó (la Safor) y Jacarilla (el Baix Segura).
Según denuncia el responsable de Agricultura Ecológica de La Unió, Enric Navarro, «las comarcas centrales quedan absolutamente olvidadas por lo que respecta a la Formación Profesional agraria. Zonas tan agrícolas como la Ribera, la Vall d´Albaida, la Costera, el Comtat, l´Alcoià, la Safor o la Marina Alta no tienen ni un ciclo público de agricultura, ni de forestales ni de jardinería, que conforman la familia agraria de la formación profesional». De hecho, lamenta Enric Navarro con acusaciones de «desidia» a la Generalitat, «la nueva titulación de Producción Agroecológica sólo se impartirá el próximo curso en Catarroja y Nules». El sindicalista apuesta por que Agricultura tome las riendas de la enseñanza agraria con un proyecto tan sólido como en Cataluña, donde funcionan 14 escuelas de capacitación agraria tuteladas por la Generalitat y muchas otras iniciativas como la Escola Agrària de Manresa o la Escola de Pagesos i Pastors del Pirineu. El objetivo es favorecer el relevo generacional en el campo. ¿Se producirá ese relevo en la Comunitat Valenciana? «Yo quiero pensar que sí —augura Enric Navarro—, y que será una mezcla de hijos de labradores, urbanitas formados y los inmigrantes, que están más apegados a la tierra».

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