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Historia de las fiestas josefinas

El impuesto que acabó con las Fallas

Un arbitrio de 60 pesetas obligó a los falleros a tirar la toalla en 1886 y la ciudad quedó desierta de monumentos

Falla en la plaza de la Pelota, de Valencia, en 1897

Falla en la plaza de la Pelota, de Valencia, en 1897 levante-emv

­El viernes los falleros recuperaron parte del resuello. El Ministerio de Hacienda daba un respiro a la fiesta y reducía el IVA „fijado en un 21 % en septiembre de 2012„ al 10 % y lo equiparaba así al que soporta parte de la cultura, como escultores, galeristas o marchantes. Sin embargo, el IVA no es el primer impuesto que quita el sueño a los falleros. La historia de la fiesta deja constancia de que allá por 1883 los falleros comenzaban a soportar impuestos que ahogaban su trabajo, hasta el punto de que en 1886 los tributos dejaron Valencia desierta de ninots.

El 1883 un arbitrio de 30 pesetas gravaba la fiesta. Faltaban pocos días para el día grande de San José y ni un solo fallero había pedido permiso para plantar su monumento. Casi in extremis, el día 15, comenzaron a llegar solicitudes al ayuntamiento. Ese año, tan solo se plantaron cuatro fallas.

Un año después, en 1884, el ayuntamiento continuaba impasible: o se pagaban las 30 pesetas de impuestos o no había falla. Otras cuatro solitarias fallas se quemaron aquel año. Una de ellas, por cierto, la que se contabiliza como la primera de Na Jordana. La presión económica siguió creciendo en 1885 y el ayuntamiento subió el impuesto a las 60 pesetas. Solo una falla de atrevió a plantar cara en la calle Cervantes. Todo se alineó ese año: mal humor ante el impuesto, un ajusticiamiento a garrote vil un inocente el día 18 y el mal tiempo.

Al año siguiente, en 1886, ninguna falla se vio en la ciudad. El impuesto de 60 pesetas que mantenía el ayuntamiento era inasumible para unos festeros que en aquella época eran gente muy modesta económicamente. La prensa de primeros de marzo de aquel año tenía noticias de que alguna falla se plantaría si el ayuntamiento dispensaba el arbitrio. En dos años, el impuesto consiguió matar las Fallas. «¡Son muy valencianos nuestros regidores!», decían los falleros entonces, como recogía El Mercantil Valenciano. Ante el desierto, el Ayuntamiento reculó el año siguiente y en 1887 rebajó el impuesto a 10 pesetas. El resultado fue la plantà de 29 monumentos.

La guerra de Cuba

Sin embargo, en la historia de las Fallas del siglo XIX hubo otro año aciago: 1896. En aquel año la Guerra de Cuba era una espina muy dolorosa clavada en el corazón del pueblo y todo giraba en torno a ella. La caldera política hervía a todo vapor y trágicos altercados en la ciudad hacían presagiar lo peor a los falleros, que seguían trabajando en sus monumentos. El 8 de marzo de 1896 Valencia entraba en estado de guerra. Finalmente, el 15 de marzo de 1896 el bando del capitán general anunciaba la prohibición de la celebración de las Fallas. Un año después, Valencia recuperó la normalidad y en 1897 la ciudad contó 11 monumentos.

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