10 de agosto de 2018
10.08.2018
EL PRIMER GRAN INCENDIO | EL REGRESO A LAS VIVIENDAS ARRASADAS POR EL FUEGO

"Salimos llorando y entramos llorando"

Los vecinos de las urbanizaciones afectadas por las llamas en Gandia vuelven a sus casas para comprobar los daños en medio de un panorama desolador - El incendio queda estabilizado tras arrasar 3.270 hectáreas de siete municipios

10.08.2018 | 04:15
Los vecinos desalojados de Pinet vuelven a sus casas
"Salimos llorando y entramos llorando"

Posiblemente, nunca antes se habían juntado tantos sentimientos en un mismo lugar. Tristeza, rabia, impotencia, alegría, incertidumbre, tensión, alivio, resignación, incomprensión o indignación se concentraban a la entrada de las urbanizaciones Montesol, Monte Pino y Las Cumbres, las tres zonas de Marxuquera, en Gandia, donde más de 40 viviendas se han visto afectadas por el incendio forestal que ayer se dio por estabilizado (hoy podría declararse controlado) tras arrasar 3.271 hectáreas en siete municipios de la Vall d'Albaida y la Safor: Llutxent, (1.210 ha), Gandia (965,1) Pinet (827,4) Ador (179,3), Barx ( 71,9) Quatretonda (14,5 ) y Ròtova (1,7).

Los protagonistas de esta gran amalgama de reacciones eran los propietarios de las casas de esa zona. Los bomberos permitieron ayer el acceso de los vecinos, acompañados por la Policía Local, para recoger enseres o, simplemente, comprobar el estado en que se encontraba la vivienda. En definitiva, poner fin a la incertidumbre que vivían desde que el pasado martes por la noche fueron desalojados. Sergio Moreno subió con su hija. Esta, derrumbada, no pudo contener las lágrimas nada más bajar del coche de la policía con el que habían accedido a la zona. Uno frente al otro sin hablarse. Él cabizbajo y portando un plato de cerámica que guardaba como recuerdo de los 50 años del trinquete «El Zurdo», de Gandia. «Es lo único que he podido salvar, está todo deshecho», explicaba a Levante-EMV. Su vivienda, que se encuentra en Montesol, se ha mantenido en pie, pero está muy dañada por dentro. Se trata de una casa familiar, no primera residencia. «Es el sitio donde nos encontramos todos para comidas, cenas o celebraciones», indicaba este gandiense.

Yolanda Suárez bajaba del vehículo compungida por lo que acababa de ver. «Es una penita. Está todo arrasado», señalaba. Aunque el fuego no afectó directamente a la edificación «todo el entorno está quemado, es un desastre», repetía. La mujer, que se encontraba junto a sus hijas, se mostraba «cansada de ir de un sitio para otro». No tiene en la ciudad otra casa en la que dormir y se vale de la ayuda que está prestando el ayuntamiento a las personas que están como ella.

Gabriel Fernández, otro vecino, aliviado, indicaba que «la vivienda está bien». Cree que se salvó «porque tiene forma de 'L' y eso ha protegido la casa», indicaba. «Puedo dar gracias a Dios, porque el entorno está todo arrasado».
Esteban Peiró mostraba a este periódico imágenes en las que se veía su vivienda con las persianas de las ventanas derretidas. «Parece que por dentro no está quemada». En su caso tendrá que esperar a hoy para poder comprobarlo porque tenía un turno alto y el operativo se detuvo al caer la noche ante la falta de electricidad en la zona.

A las 16.30 horas de ayer, el Ayuntamiento de Gandia ponía en marcha el dispositivo para acompañar a los vecinos hasta sus viviendas. Antes de acceder se les mostraba una fotografía de sus casas. Lo hacían siempre ante psicólogos de la Cruz Roja para tratar de sobrellevar la reacción al ver las duras imágenes. Tras inscribirse en un registro se les asignaba un número y les iban llamando por orden. Tres coches de la Policía Local accedían a las urbanizaciones desde la rotonda de entrada a Marxuquera. Solo accedía una persona por coche, siempre acompañada por psicólogos.
En principio iban a ser tres en cada viaje pero los propios profesionales recomendaron que solo fuera una para evitar mezclar situaciones de gente que lo había perdido todo con aquellas cuyas viviendas no estuvieran tan afectadas. Con el paso de los minutos se pudo comprobar que tres coches no eran suficientes, así que se sumaron otros tres. Incluso se pudo ver a concejales del Gobierno local acompañando a vecinos con sus propios vehículos.

Una larga espera

La espera para los afectados no fue sencilla. Llevaban dos días fuera de casa, durmiendo en lugares distintos y muchos de ellos sin poder cambiarse ni de ropa. Saltó la tensión. Dos vecinas se disputaban subir primero. Una argumentaba que necesitaba medicación urgente para su madre y otra ropa para trabajar al día siguiente. No fue más allá. Algunos se quejaban de la lentitud del sistema y otros lamentaban no haber podido acceder antes.

Durante la mañana de ayer ya pudieron volver a sus casas los vecinos de la urbanización Ermita, también en Marxuquera, y La Drova, en Barx, a las que no llegó el fuego. Pero los primeros en regresar fueron los vecinos de Pinet. En torno a las 12.30 horas una caravana de coches se agolpaba en la carretera de acceso al pueblo desde Llutxent. Los residentes, que el martes por la noche fueron evacuados con lo puesto, retornaron después de 30 horas a un pueblo desierto que en nada se parecía al que habían dejado atrás: la vistosa panorámica del pulmón verde que daba la bienvenida a la localidad ha quedado reducida a cenizas.

La alegría entre los pineters era contenida por el regusto agridulce que deja la catastrófica huella del fuego en las inmediaciones. Por un lado, la titánica labor de los medios de extinción consiguió salvar de las llamas todas las casas del núcleo urbano, las instalaciones municipales y las múltiples granjas de animales de la zona. Por otro, el monte que envuelve como un manto este pequeño pueblo de menos de 150 habitantes donde tres de sus cuartas partes han quedado desoladas se ha convertido en un paisaje lunar. «Salimos llorando y entramos llorando. Lo importante es que lo podemos contar y que el fuego se ha quedado a dos palmos de las casas, pero nos queda la tristeza de ver cómo ha quedado nuestro paraje y todo el alrededor», señala Rosa, una de las vecinas afectadas.

José Ramón Morant comprobó ayer, al llegar a su vivienda, que el fuego se había quedado a apenas unos metros de la puerta. «Bufó el viento, nos acorraló y tuvimos que salir por piernas y 'a pelo', sin coger nada. Ha faltado nada para que las casas se fueran a pique», indica. «Pasamos mucho miedo y una impotencia total de ver cómo se quemaba todo. El paraje de El Surar era divino y ya no queda nada. Es una pena enorme», incide Margarita Canet, propietaria de dos granjas.

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