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Las elecciones de los indecisos

Las elecciones de los indecisos

Sentar a seis indecisos, seis ciudadanos corrientes en torno a la mesa de un bar anodino, es un ejercicio de realismo político tan crudo y revelador como constatar el fracaso de los partidos, el verdadero grado de desconexión entre una parte importante de la sociedad y sus representantes. Votarán, sí, porque se sienten parte de una democracia y no quieren borrarse, pero creen que son las formaciones quienes les han borrado a ellos.

En este superdomingo electoral, una cita histórica que por primera vez reúne generales y autonómicas en un mismo proceso, el elevado porcentaje de indecisos refleja una sociedad a disgusto. Quizá también una ciudadanía que no quiere que la etiqueten y oculta su voto.

«Creo que la indecisión se debe a que hay más opciones que antes. También a que hay demasiado populismo por todas partes y los problemas importantes no se afrontan. Todo se plantea con mensajes de odio, del miedo a lo que va a hacer el otro», apunta Fernando Macías, de 44 años.

Este antiguo creativo informático vivió en primera persona el impacto de la crisis. Tras años «dando tumbos», encontró refugio en el taxi. Las dudas de este autónomo, que reconoce haber votado a Podemos en el pasado, explican la complejidad a la que se enfrenta hoy cualquier ciudadano: «Estoy indeciso pero dentro de uno de los bloques. Por estrambótico que parezca, me gustan cosas que dice Vox y que dice Podemos, pero en conjunto no hay ninguna opción de la que diga: me quedo con esta».

En efecto, el 28A supone un reto para el votante. «Asistimos a una situación anómala en el mercado electoral español y valenciano: la tendencia que parecía extraordinaria en 2015 se consolida y dibuja un sistema de partidos, al menos a medio plazo, complejo, fragmentado y polarizado», explica Aída Vizcaíno, profesora de Ciencia Política de la Universitat de València.

La consultora añade algunas claves: «La fragmentación de la derecha, inédita en la democracia española, unida a la mayor distancia ideológica entre partidos, afecta directamente a la decisión del voto. Una elección que debe tomarse sobre la complejidad programática, la diversidad ideológica, el lodazal mediático (debates, redes sociales, etc.) y el componente afectivo-emotivo, siempre presente en la decisión electoral».

Las elecciones de los indecisos

Superada la «comodidad» del bipartidismo, el número estimado de electores indecisos se situaba antes de la campaña en torno al 40 % según el CIS, una cifra elevadísima para la tradición electoral española. Hace una década, en 2008, el mismo sondeo situaba la indecisión diez puntos por debajo. Son el objeto de deseo de los partidos, como ha quedado acreditado en el último tramo de la campaña.

Lorena Pérez, de 39 años, es la voz del desencanto. La crisis no le pasó factura (es comercial de material dental y el sector resistió), pero sí abrió un abismo de desconfianza que no se ha cerrado una década después. Se desconectó. «Empecé a aburrirme y eso se ha ido instalando más en mí. No hay ningún partido que haga una propuesta y la cumpla. Es una guerra de todos contra todos pero nadie va a cumplir lo que está diciendo y seguirán acusándose. No tengo interés. Lo único que no contemplo es no ir a votar. Seguramente vote en blanco», desliza.

El reproche, en realidad, lo comparte todo este panel de ciudadanos normales, acelerado quizá por las cuatro horas de ruido en los debates de los candidatos a las generales de esta semana. «Todo lo que dicen es buenísimo. Si miras el programa de todos, es divino. Confío en la capacidad de los políticos pero depende de que pueda llevar a cabo las propuestas. Ahí se da uno cuenta de que no quieren el bien del pueblo, sino sobresalir y nada más. Si se propone una cosa buena en el Parlamento pero por el hecho de que no la he propuesto yo, me pongo en contra€ Eso es lo que no nos gusta», lamenta Julia Soler, pensionista de 73 años tras una vida dedicada a la artesanía en una firma de cerería junto a su hermana Amparo, también «molesta» por que los políticos pasen el día «sacando los trapos sucios de lo que han hecho otros antes».

«Para construir tienes que dialogar y escuchar al de al lado», receta Carlota de Dios, comunicadora y médico de 59 años. «Es mejor integrar la diversidad que enriquece. Es lo que está faltando en el ámbito político: nos pasamos la vida construyendo y destruyendo. No porque lo haga otro está mal hecho. Se puede mejorar lo que otro hizo, no empezar de cero cada vez. Eso es una ineficiencia de recursos importante», apunta la profesional, integrante de la asociación de empresarias EVAP.

La distancia con los candidatos es común a todos. «Parece que tenemos líderes hombres, jóvenes, enérgicos, un perfil más propio de la necesidad de salir de la crisis, pero tal vez parte de la ciudadanía ya está en otro plano y demanda diálogo y escucha, bajada de revoluciones. No hay mujeres y tampoco hay perfiles maduros. Es llamativo porque la política siempre ha estado relacionada con la experiencia vital», aventura la profesora Vizcaíno como explicación de esta desconfianza.

Jóvenes, en «modo revolucionario»

La más joven de la mesa arroja algo de luz sobre la agitación con la que la franja de nuevos votantes afronta este escenario fragmentado y polarizado. De hecho, es entre los menores de 24 años, según el CIS, donde se sitúa el mayor porcentaje de incerteza: el 56,6 %.

«Mi entorno está en modo revolucionario. Tengo amigos que van a votar tanto a Podemos como a Vox», explica Sonia Puchades, una ingeniera química de 24 años que, tras despertar en la realidad de un mercado de salarios de 600 euros está probando suerte como opositora a policía nacional.

En su corta experiencia, Sonia ha votado a Podemos y, en un gesto que parece haber calado entre muchos jóvenes, se plantea ahora apoyar a los animalistas del Pacma casi como protesta contra el sistema: «Sé perfectamente que no tiene una política social o económica, un programa de gobierno», dice.

Y ¿qué ven en la calle? ¿cómo vive su entorno el 28A? Puchades habla de «ansiedad», «nervios», «odio» en el ambiente. De nuevo se culpa a la clase dirigente de que esa dialéctica electoral esté calando en la sociedad: «Es un error que están cometiendo los políticos en esta campaña, creen que utilizando el miedo van a movilizar el voto hacia ellos, e igual les sale la jugada al revés», apunta Carlota de Dios. «El problema que veo es que los políticos lo están politizando todo, lo están llevando al blanco o negro. No te dejan estar en el gris, no hay centro en España», señala Fernando Macías.

En una mesa de mayoría femenina, sale con naturalidad el debate en torno a la mujer, que también ha polarizado la campaña. «Me parece espantosa la instrumentalización de la mujer en el ámbito político. Me están usando una vez más. Somos gente que se está batiendo el cobre y no me siento representada cuando hablan como si no fuéramos personas que tienen capacidad para hacer», concluye De Dios.

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