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El desencanto hacia las políticas europeas provoca la caída de la participación

Entre las primeras elecciones de 1987 y las últimas de 2014, la participación cae 27 puntos - Los expertos lo achacan a la inacción de la UE durante la crisis

La última macroencuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas reveló que solo el 5,8% de los españoles seguían «con mucho interés» las noticias relacionadas con las elecciones europeas. El grueso de los encuestados, el 42%, siguen la actualidad con «poco interés».

Quedan solo dos semanas para que España vote en sus octavas urnas europeas. Desde 1987, la primera vez que el país votó a sus representantes en el europarlamento, la participación en la Comunitat Valenciana ha caído en un 27 %. La magia del europeísmo ha dado paso a la desafección.

Tanto es así que los españoles no atinan a conocer quiénes serán sus representantes en el parlamento. De los seis candidatos por los que el CIS preguntó, el ministro Josep Borrell y el candidato por ERC en prisión, Oriol Junqueras, son los únicos que más de la mitad de los entrevistados conocen. A la popular Maria Eugenia Rodríguez Palop y al candidato de Cs, Luis Garicano, no los conoce el 70 % de los entrevistados.

Aun así, la participación en la Comunitat Valenciana se ha mantenido a lo largo de 27 años (desde 1987 a 2014) en números más positivos que los resultados cosechados en Andalucía, muy por debajo de la participación valenciana. También bate a Cataluña, excepto en 2014, y se mantiene al mismo nivel de interés electoral que la Comunidad de Madrid. En esta cita, la participación podría aumentar no más de un 5 % según la politóloga de la Universitat de València, Rosa Roig.

Con estos mimbres, los valencianos votarán el 26 de mayo la configuración de la cámara europea junto a sus ayuntamientos. Por primera vez, en los dos niveles, se espera que entre la extrema derecha española junto al resto de partidos del país.

Para Roig, la irrupción de Vox es una consecuencia directa del perfil adquirido por la Unión Europea: está compuesta por instituciones burocráticas, no políticas. Dicho de otra manera, «Europa tiene que ser un proyecto político, no monetario», y en el proceso de construcción se dio de lado la dimensión social. Esto se traduce, por ejemplo, en la falta de homologación en legislación laboral de un país a otro, o a nivel educativo, con la discrepancia entre los títulos universitarios.

La crisis fue un punto de inflexión para el desencanto: la Unión Europea no respondió a sus ciudadanos, afirma Roig, que ve cómo el Brexit es un «toque de atención» a los tecnócratas de Bruselas. La unificación en términos económicos ha sido más ágil que la social porque, sencillamente, «no ha habido interés», ralentizado por Alemania y su «obsesión» con la inflación y el déficit que llevó a situar allí el Banco Central Europeo. «Paradójicamente, fueron el primer país en saltarse los límites que aprobó Bruselas», sostiene.

La profesora de Sociología y Ciencias Políticas Aída Vizcaíno se refiere a esta cuestión: los asuntos que los europarlamentarios dirimen son demasiado complejos para captar el interés de los ciudadanos. Eso, sumado a la «inacción» de los partidos políticos donde, en ocasiones, han destinado a sus mandatarios. «Se ha concebido como un cementerio de elefantes», concluye Vizcaíno.

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