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Liliana Cordova: "La xenofobia tiene la función de crear chivos expiatorios"

Presidenta de la Red de Judíos Antisionistas

La activista judía, Liliana Cordova, en Benimaclet. | GERMAN CABALLERO

«¿No me vais a dar el pésame? Por lo de Maradona, digo». El fallecimiento del futbolista es la broma con la que se abre la conversación mientras Liliana Cordova posa en el barrio de Benimaclet donde vive desde hace un año. Liliana Cordova Kaczerginski tiene acento argentino, nacionalidad francesa, es hija de lituano-polacos y representa a una asociación judía en defensa de Palestina.

«Soy una mujer vecina de Benimaclet, judía, hija y nieta de represaliados de los nazis durante el genocidio de hace 80 años en Europa» fue la manera de presentarse a sí misma en un pleno del Ayuntamiento de València para condenar las manifestaciones con símbolos fascistas el 12 de octubre.

La globalización en ella es más que un fenómeno mundial, está en su ADN y quizás de ahí venga su lucha contra el odio, la intolerancia y el racismo.

Sus padres son supervivientes de lo que en su casa llamaban «la destrucción», el genocidio judío de la II Guerra Mundial a cargo de los nazis. Su padre sobrevivió en el guetto de Vilna, Lituania, participó en la resistencia en Polonia contra el III Reich e intervino en la liberación de la capital lituana en 1944. Su madre, polaca, tuvo que estar refugiada en Uzbekistán, hasta que se reencontraron en Polonia. Antes de su nacimiento, sus padres se mudaron a Francia. «Pero yo no era francesa, era simplemente refugiada», dice

Aquella victoria no ha supuesto el fin de los discursos de odio ni de la extrema derecha. «Mi padre nunca creyó en el romanticismo de que la derrota nazi significaba el final, sabía que era una batalla que se iba a seguir librando y que siempre iba a haber conatos de esa extrema derecha», cuenta Liliana Cordova.

Su infancia, adolescencia y primera juventud la pasó en Argentina, de ahí su acento; de ahí que siga diciendo que Buenos Aires es una de las ciudades «con más vida del mundo». Cuenta que creció estudiando en la escuela judía en la que se defendía con ahínco el Estado de Israel. A los 21 años se mudó a Jerusalén donde estudió literatura hebrea y latinoamericana porque hasta en su formación Liliana consigue unir las culturas que le han ido formando y moldeando a lo largo de su vida.

Sin embargo, su viaje a Israel la cambió. «Empecé a conocer y a visitar poblados palestinos y aquello era un shock muy grande, era otro mundo, en muchos casos no tenían ni tendido eléctrico, era una gran diferencia con Argentina, aquello era el cuarto mundo por lo menos», recuerda. Pasó 14 años en Israel donde hasta consiguió la nacionalidad, pero se marchó a Francia rechazando «la política de ocupación sobre Palestina»: «Fui pensando que era un movimiento de liberación nacional y me fui porque era un colonialismo de asentamientos que continúa».

Xenofobia y antisemitismo

De vuelta a Francia, fue una de las promotoras de la Red Internacional Judía Antisionista, que pide el boicot a Israel. ¿Un oxímoron? «No, hay para quienes todo lo propalestino es antisemita, por eso no les gustamos, nos dicen que tenemos autoodio», reivindica con motivo del día de solidaridad con Palestina. «Les molestamos, pero ser judío no tiene por qué significar querer un estado único para los judíos, eso es basarse en la idea racista de que el resto del mundo no nos va a aceptar», afirma.

Tras su jubilación como profesora se mudó a Madrid y la dificultad de pagar un piso la trajo a València. Desde aquí alerta de «una cosmovisión ‘trumpiana’ xenófoba que crece en Europa y EEUU con una ultraderecha que dice ampararse en la libertad».

«El discurso de odio está muy centrado en el inmigrante, es el parámetro de toda la extrema derecha mundial porque la xenofobia tiene la función de chivo expiatorio. Cuando hay crisis es una manera de dar cuerpo al espíritu nacional», señala mientras advierte: «Si no tenemos una mirada universalista, no podremos frenarlo».

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