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Tribuna

El golpe con premonición

El golpe con premonición

El golpe con premonición

El 29 de enero de 1981 viví en la redacción de El País en Madrid, de la que formaba parte, uno de esos días inolvidables en la memoria de un periodista. A media tarde TVE y RNE habían emitido un mensaje del presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, anunciando su dimisión. Hubo que rehacer el periódico y todos nos pusimos frenéticamente al trabajo. A la mañana siguiente, Joaquín Prieto, un compañero especialmente dotado para el análisis político, me explicaba que la única salida a la situación era un golpe de Estado. Yo tenía entonces 28 años y me resistía a creerlo. Había sufrido la dictadura de Franco, pero la euforia de la nueva democracia me hacía pensar que era imposible una vuelta atrás. Sin embargo, el críptico discurso de Suárez, que 40 años después sigue siendo objeto de hermenéutica política, apuntaba la premonición del golpe: «Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España». En el enrarecido ambiente político que precedió la dimisión se venía hablando del llamado golpe de timón, un golpe de Estado suave consistente en la formación de un Gobierno de concentración presidido por un militar, al que ya se ponía el nombre del general Alfonso Armada.

Menos de un mes después, el viernes 20 de febrero, el entonces adjunto a la dirección, Augusto Delkáder, me dijo que el lunes siguiente, día 23, debía marchar a València para hacerme cargo de la delegación del periódico. Yo conocía por entonces València solo de visita. El lunes llegué a casa de mi hermano Gaspar, en Benimaclet. Estaba instalándome y ordenando mis cosas mientras escuchaba por la radio la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno cuando a las 18.24 pude oír en directo los disparos y las voces del grupo de guardias civiles dirigidos por el entonces teniente coronel Antonio Tejero. Una hora después la radio difundía el célebre bando del capitán general de la III Región Militar con sede en València, Jaime Milans del Bosch, que suspendía los derechos constitucionales, asumía todo el poder al declarar el estado de excepción y decretaba un toque de queda de nueve de la noche a siete de la mañana. Intenté conectar con partidos políticos e instituciones, pero nadie me cogió el teléfono.

Las emisoras de radio se limitaban a repetir el bando y TVE, cuyas instalaciones en Prado del Rey habían sido ocupadas por militares golpistas, tampoco informaba de la situación. El pánico cundió entre la población, de manera que las líneas telefónicas se colapsaron y había que esperar varios minutos desde que se descolgaba el teléfono hasta que sonaba la señal para marcar. Un enorme atasco colapsó el centro de Valencia, a lo que contribuyó la aparición en las calles de los carros de combate de la División Motorizada Maestrazgo. Las imágenes de los tanques en las calles se convirtieron en uno de los símbolos de la jornada, junto con la figura de Tejero de uniforme, tocado de tricornio y empuñando la pistola reglamentaria, en la tribuna de oradores del Congreso.

En la medida en que las líneas telefónicas lo permitían, yo iba transmitiendo la situación. La conocía a través de amigos de mi hermano y del entonces redactor-jefe de Diario de Valencia, Tomás Martínez. Tres tanques se habían situado en la que se llamaba plaza del País Valenciano, presidida por la estatua ecuestre de Franco, obra de José Capuz, y apuntaban con sus cañones al ayuntamiento, presidido por el socialista Ricard Pérez Casado. Otro carro de combate apuntaba en la plaza del Temple al palacio del mismo nombre, sede del Gobierno Civil, que dirigía José María Fernández del Río, de la UCD.

La aparición del rey Juan Carlos en TVE a la 1.14 de la madrugada, en uniforme de capitán general del Ejército de Tierra, puso fin a un angustioso silencio al condenar la intentona y pedir a los golpistas que depusiesen su actitud. Capitanía General no había anulado el bando pero las tropas habían emprendido la retira da. Poco después Tomás Martínez envió a dos redactores y un fotógrafo para llevarme a la redacción del periódico, dirigido entonces por Juan José Pérez Benlloch. Eran Miguel Ángel Villena, Josep Torrent y Javier Peiró, a bordo de un Seat 850. Por el camino no vimos vehículos militares. La marcha atrás de Milans no se confirmó finalmente hasta las cinco de la mañana, con un nuevo bando que la inventiva popular bautizó como el contrabando.

Tras dormir unas horas, me dirigí por la mañana a la Capitanía General, con la intención de recoger las declaraciones del indudable protagonista de la jornada en Valencia. Entré al cuerpo de guardia y dije al cabo que quería entrevistar al capitán general. Me pidió la credencial y desapareció. Después de 20 minutos que me parecieron eternos, volvió para decirme que Milans del Bosch estaba muy ocupado y lamentablemente no podía atenderme.

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