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La semilla de la primavera okupa

El movimiento subsistió con altibajos tras intensificarse los desalojos

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Cuando el movimiento okupa llegó a València

Poco antes de abrazar el punk comercial, de congregar a multitudes en estadios y de vender 90 millones de discos, los californianos Greenday actuaron sin pena ni gloria por 300 pesetas ante una treintena de personas en un centro social okupado de València. Era su segundo concierto en España, llegaron en furgoneta y les tuvieron que prestar ropa para salir al escenario. Aquel fue solo uno más de los cerca de 250 recitales que durante un lustro hicieron retumbar las paredes del Kasal Popular de la calle Flora, auténtico germen y emblema del movimiento okupa de los 90 de cuyo nacimiento se cumplen hoy 30 años.

La fachada del Kasal Popular de la calle Flora. | EFE

Fue un 30 de abril de 1991 cuando un pasacalle contra los desalojos en el barrio del Carmen -organizado a modo de maniobra de distracción para la Policía- desembocó en la okupación de una antigua fábrica abandonada de tejidos de seda de 1.000 m² en las inmediaciones de Viveros.

Protesta de okupas contra los desalojos en los años 90. José Aleixandre

Allí acabaron cerca de 200 personas. El primer «kasal» autogestionado había surgido dos años antes en la calle Palma, pero apenas duró año y medio. Si hubo un proyecto icónico en aquella época fue el del barrio Trinidad, cuya efervescencia hizo florecer una eclosión de espacios okupados, al menos una docena hasta el cambio de siglo, en barrios como la Malva-rosa, la Saïdia, Russafa, el Carme o el Cabanyal.

«El leitmotiv era recuperar espacios abandonados para reutilizarlos, rehabilitarlos, plantear actividades alternativas y transformadoras y reunir a colectivos», sostiene Francisco Collado, escritor que ha radiografiado la historia de las corrientes okupas y libertarias locales.

El Kasal Flora sobresalió por su potencia organizativa y como altavoz de una contracultura que abarcaba fanzines, revistas, exposiciones, representaciones artísticas y un circuito musical en el que recalaban grupos procedentes de otros países y que sirvió de plataforma para un puñado de conjuntos autóctonos.

«Se convirtió en un centro neurálgico de los movimientos alternativos en València que ponía en evidencia que era posible otra manera de vivir al margen del sistema, con autogestión y apoyo mutuo», evoca Xavi Sarrià, escritor, músico y fundador de Obrint Pas, banda que también dio sus primeros pasos en el Kasal Flora. «Fue un espacio clave para muchísimos jóvenes de la época. Un oasis de reflexión y lucha, una casa para multitud de asambleas y organizaciones en un momento de auge del neoliberalismo», ahonda.

Collado pone el foco en cómo muchas de las propuestas e incluso la forma de funcionar asamblearia del movimiento han ido arraigando en determinados discursos políticos y en ciertos sectores de la sociedad, como una década más tarde se vería en el 15M o en la corriente antidesahucios. En un momento de crisis y paro galopante, ideas como la lucha contra el patriarcado, el feminismo, el veganismo, la precariedad juvenil, la protección de la huerta o la falta de viviendas se discutían en las asambleas okupas. «Para muchos era una escuela de política y de diálogo a la que se iba a aprender».

El efecto de los desalojos

En Flora, los okupas comprendieron que había que abrirse a los vecinos: compartían espacio con una Falla y se implicaron en la lucha contra la heroína. Pero hubo momentos de crisis y bajón, entre las amenazas constantes de desalojo, las leyes cada vez más punitivas y las agresiones de grupos neonazis. En diciembre de 1993 fue asesinado a las puertas del Kasal Davide Ribalta, poco después de la muerte de Guillem Agulló.

En 1996, una intervención policial tras una denuncia de la propiedad puso fin a cinco años de okupación del complejo, que se convertiría en residencia de mayores. En el desalojo estuvo el ultraderechista José Luis Roberto, acompañado por vigilantes de su empresa de seguridad. A partir de aquel momento, los desahucios se intensificaron. También las protestas en las calles.

Pero la fama del Kasal Flora traspasó las fronteras de la ciudad y del tiempo. En plena eclosión de la Ruta del Bakalao, el espacio se convirtió en un hervidero musical que ofreció a decenas de grupos alternativos la oportunidad de autoproducir su música a través del sello Soroll. «Las canciones llegaban a países de todo el mundo. En un momento en el que no había Internet, aquello tenía mucho mérito», cuenta Jorge Vila, bajista de la banda Total Death, que grabó allí su maqueta y lleva 33 años en activo. «Con 20 años, lo veíamos como una vanguardia de pensamiento y la única vía para dar voz a mensajes combativos», suscribe Javier Caballero, que hizo lo propio con el grupo Aberrunto.

Aunque en València ha habido otras experiencias más o menos estables como la Pilona, Mayhem y l’Horta, en la actualidad solo sobrevive este último centro social. «El movimiento está en una fase de meseta. Numéricamente y en difusión social, el punto es más o menos el mismo», reflexiona Collado. «En algunos sentidos, la sociedad era más abierta en los 90. Ahora es mayor el estigma y se meten en el mismo saco actitudes que no pueden llamarse okupas», apostilla Caballero.

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