20 de marzo de 2017
20.03.2017

Adiós al gran ideólogo del rock'n'roll

Chuck Berry revolucionó la música popular con su ritmo infeccioso y letras que describían una nueva forma de vida

20.03.2017 | 04:15
Adiós al gran ideólogo del rock´n´roll

Icono de la música. Chuck Berry murió el pasado sábado a los 90 años, poco después de anunciar para este año la publicación de su primer disco en estudio desde 1979. En 1955 grabó «Maybellene», la primera de una serie de canciones cuya música y letras sirvieron de guía para la música popular contemporánea. «De ponerle otro nombre al rock habría que llamarlo Chuck Berry», dijo John Lennon.

Toda revolución requiere de una imagen que la represente y de una ideología que la sustente. En la revolución del rock, la imagen la aportó Elvis y el ideólogo se llamó Chuck Berry. Atiendan si no: «Ave, Ave, rock'n'roll, líbrame de los viejos tiempos». O aquel himno incendiario que deja «A las barricadas» a la altura del Cantajuegos y que termina con un «Arrolla a Beethoven y dale las noticias a Tchaikowsky». Letras como estas acompañadas por guitarras como puñales marcaron el camino a cientos de miles de jovencitos. Lo curioso es que la antorcha la encendió un hombre que ya tenía casi 30 años cuando creó su primer clásico, que dormía en su coche durante las giras porque era tacaño hasta decir basta y que siempre tuvo cara de uno de esos viejos que al principio te caen bien porque llevan gorrita de marinero, pero que en el fondo son gruñones, rastreros y desconfiados.

Charles Edward Anderson Berry nació en 1926 en San Luis. Era negro y adoraba el blues de Elmore James o Muddy Waters, pero también el jazz untuoso de Nat King Cole, los standards de Sinatra o el country más comercial. En la biografía de su niñez no hay campos de algodón ni pianolas desafinadas en un burdel. Su padre, diácono baptista, y su madre, profesora, le dieron una buena educación y una base literaria que después emergió en las letras de las canciones que le hicieron célebre. Tras una adolescencia un tanto rebelde (en 1944 cumplió tres años por robo en un reformatorio) y tras aprender a tocar la guitarra de manos de un barbero vecino suyo, en 1952 debutó al frente de un trio que actuaba en los clubs de su ciudad. Ahí aprendió dos cosas. La primera, que los gustos populares no tienen pigmentación («primero me abucheaban –recordaba de cuando tocaba hillbilly ante el público negr–. Decían: ¿quién es este paleto? Al final, estaban bailando esa misma música de la que se habían burlado poco antes»). La segunda cosa que aprendió fue el lema que le guió el resto de su vida: «aquí se compone lo que dicte el dólar».

En 1954 viajó a Chicago donde encontró a su ídolo Muddy Waters y le pidió consejo para grabar un disco. Muddy le dio las señas de la Chess Records, la disquera que estaba revolucionando el mundo de la música a base de hormigonar el blues del Delta. Chuck pensó que les convencería tocando la música de sus ancestros, pero lo que buscaban los hermanos Chess era otra cosa. En su presentación incluyó un viejo tema country («Ida Lee») que dejó impresionados a los productores. Lo grabaron, le cambiaron el nombre («Maybellene») y Chuck dio su primer puñetazo. Si uno se fija, el camino recorrido por Chuck para triunfar se parece mucho al del otro héroe de esta revolución. Elvis irrumpió porque su compañía de discos buscaba a un blanco que cantase como un negro. Y Chuck lo hizo porque su compañía quería a un negro que cantase como un blanco. Si les hacía falta otro argumento contra el racismo, aquí lo tienen.

En «Maybellene» están ya todos los ingredientes de la esencia de Chuck. Como escribe Bob Stanley, «sus canciones eran brillantes, cromadas, muy rápidas y supermodernas, el equivalente sonoro de los alerones puntiagudos de los Cadillacs». Mientras sus compañeros de la Chess grababan blues para los hermanos que habían dejado los campos polvorientos y se ganaban la vida en la ciudad, Chuck cantaba para los adolescentes blancos que intentaban sobrevivir al tedio pensando en bailes, coches, sexo y rock'n'roll. Los himnos y los discazos se sucedían de forma vertiginosa sin variar la fórmula, ni casi los acordes: «Roll Over Beethoven», «School Day», «Carol», «Back in the USA», «Johnny B. Goode», y, por supuesto, «Rock and Roll Music», menos de tres minutos para describir un estado de ánimo mundial.

Años en la carretera

Vino la fama y la decadencia. Ya se sabe que el final de los años 50 fue fatal para los pioneros: Buddy Holly murió en un accidente de aviación, Elvis se alistó en el ejército, Little Richard tuvo una epifanía y se metió a predicador€ ¿Y qué hizo Chuck para cagarla? Pues cruzar una frontera estatal con una adolescente menor de edad en el asiento del copiloto. Cuando salió de la cárcel año y medio después, compuso «No particular place to go», una canción que va, atención, de una chica encerrada en el coche de un cantante de rock. El mundo del rock había cambiado pero no pasaba nada porque la revolución que había iniciado con esas canciones de poco más de dos minutos, esos fraseos de guitarra inconfundibles, ese ritmo selvático y esas estampas costumbristas que nadie supo escribir como él, ya estaba en marcha. Una nueva generación de músicos tenía a Berry como luz y guía. Beach Boys, Rolling, Beatles o Kinks versionaban sus canciones y así pudo volver a los escenarios como un ídolo. Chuck siguió componiendo, grabando y actuando, e incluso en los 70 público unos cuantos discos que en nada desmerecen a las grabaciones de sus inicios. Disfrutó en vida del merecidísimo estatus de leyenda y siguió siendo ese viejo gruñón y desconfiado que encendió la antorcha de la última gran revolución adolescente.

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