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Calidad, estilo y multitud

Como todas las Navidades, y como el turrón, las figuritas, el consumo desaforado y los mejores deseos, volvió El Mesías al Palau de la Música. En esta ocasión, el popular oratorio compuesto por Händel en 1741 se ha hecho sentir en una versión en la que, por encima incluso de la bien reconocida calidad de los coristas e instrumentistas del Gabrieli Consort, se impuso el energético, vitalista y sólido hacer de su fundador, el inglés Paul McCresh (1960), que planteó una versión luminosa cargada de excelencia, frescura y estilo.

Sin partitura ni el más mínimo artificio, con una naturalidad basada en el saber y en el conocimiento de una obra que casi le vio nacer, McCresh concertó las tres partes del oratorio con soltura de maestro de la vieja escuela, sin que esta autoridad implicara en absoluto una versión romantizada o a la antigua. No: su Mesías es apasionadamente historicista, pero sin que ello conlleve un ápice de frialdad o artificiosidad. La articulación de las cuerdas, el fraseo, el bien controlado vibrato, los tempi, las dinámicas? todo fue auténtico y espontáneo. Magistral, como un moderno Celibidache de la música barroca.

Y no era fácil el reto que ante sí tenía el gran Paul McCresh. Además de sus virtuosos del Gabrieli Consort -conjunto que creó en 1982- alrededor de él cientos de coristas «participativos» y no profesionales le miraban con extrema atención para que les marcara las entradas y el cómo hacer en cada momento. Todos ellos miembros de varios grupos corales valencianos o de los cientos de voluntarios que se han animado un año más a participar como coprotagonistas de este ya veterano Mesías participativo. La solera de la tradición vocal valenciana lució con nitidez y sano orgullo en una interpretación coral asombrosamente homogénea y solvente. ¡Bravo a tutti quanti!

Impactaba la inmensa sonoridad que invadía el espacioso volumen acústico de la Sala Iturbi del Palau de la Música. Ni una resonancia, ni un eco, ni un forte fuera de lugar. Ni siquiera en el momento por todos esperado, el Aleluya que cierra la segunda parte, se produjo la más mínima saturación sonora. Tal es el dominio y saber hacer de un maestro, que en su ámbito, se sitúa entre los más consistentes y valiosos de la actualidad. El equilibrio perfecto y difícil entre el reducido grupo de instrumentistas y las centurias vocales fue otro de los milagros obrados por el saber de Paul Mccresh, apoyado, obviamente, en la categoría de sus músicos, que se podría simbolizar en la formidable intervención del trompeta en el aria para bajo «The trumpet shall sound».

Del cuarteto de voces solistas, falló la mitad. Apenas unos instantes antes del comienzo se anunció por megafonía que dos de los cuatro cantantes que aparecían en el programa de mano eran suplantados por la mezzosoprano australiana Caitlin Hulcup (que ya cantó, en 2012, en el Palau de les Arts, el papel de Doña Elvira, de Don Giovanni, bajo la dirección de Zubin Mehta) y el bajo galés Gary Griffiths, que iba a actuar en lugar del muy esperado y veterano Neal Davies, quien precisamente era uno de los máximos alicientes de este mutado Mesías, en el que, además, la original y anunciada voz de contratenor fue mutada a la de una mezzosoprano.

En tan accidentado cuarteto apenas destacaron el tenor Thomas Walker y el delgado hacer de la soprano Soraya Mafi, una pequeñita voz de soprano kikirikí ágil en agudos, discreta en el registro medio e imposible en el grave. La Hulcup salvó su parte con más oficio que beneficio, mientras que el bajo sustituto no fue ni sombra de lo que hubiera sido Neal Davies. Pero este Mesías quedará en la memoria del melómano por la excepcional versión planteada por McCresh y el no menos sobresaliente modo en que, sin vulnerar un ápice el estilo, concertó y resolvió tan multitudinaria versión.

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