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El escalofrío eterno

E stos días se cumplen 40 años de la publicación del segundo y último disco de Joy Division, Closer, y del single que lo adelantaba, «Love will tear us apart». El cantante de la banda, Ian Curtis, no vio en la calle ninguno de ellos: se ahorcó en su casa el 18 de mayo de 1980 sumido en una depresión. El resto de la banda se reformó y pasó a llamarse New Order, cosechando una larga carrera de éxitos con los que, a base de rock electrónico y estribillos brillantes han pasado a la historia. Ian, por su parte, se convirtió en leyenda.

Aquel chico tímido y epiléptico, torturado por la culpa, infiel a su mujer, que dejó huérfana a una niña con su suicidio, ayudó a construir sin saberlo lo que después se conoció como escena independiente. Una manera de hacer música impregnada de amateurismo, pero también de pasión. De producir discos en los que primara el riesgo y la originalidad. Buscando una personalidad propia, sin importar si eso limitaba las ventas o el éxito masivo. Su discográfica, Factory, salvaguardaba la virtud y la libertad creativa de sus músicos, sin las exigencias de las grandes multinacionales, renunciando en muchos casos a los beneficios.

A finales de los setenta, el Reino Unido atravesaba una tremenda crisis social y económica a la que parte de la juventud se enfrentó con la sencilla y ruidosa rabia del punk que, en casos como el de los Clash, venía acompañada de un feroz mensaje izquierdista. Otros utilizaron la limpieza melódica y los estribillos cristalinos de clara inspiración retro para evadirse de la realidad. Al mismo tiempo, gente como Curtis y sus secuaces se cobijaban bajo las negras nubes que arrojaban la experimentación de Bowie y su trilogía berlinesa, el nihilismo de Iggy Pop, el encanto tecnológico del krautrock alemán o los ritmos robóticos de Kraftwerk.

De esa tormenta comenzaron a llover canciones. «Love will tear us apart» es una de las mejores y más hermosas que nadie compuso jamás. Un himno. Sin embargo, su sonoridad poco o nada tiene que ver con Closer, en cuya portada aparece, como sórdido presagio, una tumba italiana. Sin tener la coherencia sónica de su primer largo, Unknown pleasures, en su segundo elepé habita una música áspera, incómoda y chirriante, pero a la vez rítmica. En sus canciones graves y solemnes, Ian canta como si oficiara tétricamente una misa, con la garganta anegada de angustia, recitando poesía preñada de veneno existencial y desolación. Intentando escapar de su insoportable humanidad, de una vida con demasiado dolor y muy pocas satisfacciones. Luego, la soga y la eternidad.

Con el paso de los años llegaron las biografías, las películas, los documentales y el mercantilismo. Y quizá por todo ello, cierto desapego o revisión a la baja de su obra y su figura. Acusaciones de ser ahora un tostón cuando antes molaba, o de que escribía desde una perspectiva marcadamente cisheterosexual. No estoy de acuerdo con esas críticas, me parecen injustas. Será porque de todos los discos que tengo, Closer es de los pocos que me siguen provocando escalofríos.

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