Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Relatos del verano

Insurrección (IV)

Insurrección (IV)

Insurrección (IV)

Fascinada por la lucidez del viejo, y antes de despedirse, acompañó a su abuelo a la habitación. Sobre la mesita de noche, la joven volvió a colocar las fotos como a él le gustaba. Los androides de la limpieza lo ordenaban todo sin atender a ningún criterio de estética, racionalidad o lógica decorativa. Advirtió el retrato de sus bisabuelos con su padre en brazos cuando era un bebé, una vieja imagen en blanco y negro del anciano y su mujer, besándose, riéndose, las fotos de sus perros, y, junto a una de ellas, un retrato de juventud del padre de Alma, el hijo de aquel viejo entrañable que olvidaba la cosas.

-Mi niño -suspiró el hombre al detenerse en la fotografía de su único hijo.

- Azteka vuelve, en España lo adoran, su rap triunfa -sonrió la chica.

-Normal.

- La semana que viene vendrá a verte, como siempre. A ver si estás como hoy.

Alma acomodó al viejo en la cama. La manta y las sábanas a la altura del pecho, la almohada casi enroscada a lo ancho de la nuca, el cobertor derramándose alrededor del colchón. El hombre la observaba con ojillos de adolescente y un mohín de amor infinito. La mujer se despojó de los guantes, apartó con suavidad la mascarilla y le besó en la mejilla, mientras una lágrima se deslizaba a través de sus pómulos hasta alcanzar el mentón y perderse cuello abajo. Durante un momento fugaz le pareció que él sonreía. Su mirada recorrió con detalle la habitación para recordar el lugar y la posición exacta de cada objeto y asegurarse de que debían continuar en el mismo sitio la próxima vez que viniera a visitar al anciano. Situó las gafas del hombre junto a la lámpara, sobre unos papeles avejentados y amarillentos. La mujer dedujo que debían de ser periódicos del siglo XX. Uno de los recortes era de julio de 1987 y llevaba la firma de su abuelo. Bajo aquel remero de papeles alineó un par de libros, El guardián entre el centeno, de Salinger, e Insurrección, un relato distópico obra del anciano.

Antes de abandonar la habitación, el hombre preguntó:

-Entonces, qué, ¿el Madrid otra vez campeón de Europa? Cabezazo de Sergio Ramos en un córner en el último minuto, seguro.

- Pues igual sí, abuelo -respondió la nieta desde el umbral de la puerta con todo el amor que le permitía expresar el nudo en la garganta que le atoraba. En ese mismo instante, el hilo musical llenó la habitación de los primeros acordes de Wild is the wind, de David Bowie.

-Bonita música, ¿es moderna? -preguntó.

Era la hora. El cerebro del hombre volvió a apagarse de nuevo.

Fin

Compartir el artículo

stats